Esto no son los Latin Grammy

Los Grammy Latinos que ha acogido Sevilla esta misma semana han servido para potenciar la imagen de la ciudad. Otra cosa es que lo haya conseguido, porque volvemos a cargar con el cartel de que aquí siempre estamos de fiesta. Que una celebración tan importante cuente con el altavoz de Univisión —una cadena cuya cuarta parte de audiencia ya quisieran tener las de aquí— tenga a unos presentadores que opinan que «si fueras a Bilbao dicen que es donde están todas las empresas y la gente trabajando todo el día. Aquí todo el mundo está de fiesta el día entero y lo pasan de maravilla» y que tenga eco en el mundo entero es algo que no vimos venir. Olé por el mensaje que se le transmite al mundo entero desde Univisión, empresarios incluidos.

Pero más allá de este tipo de calificativos —no estaremos de fiesta todo el día, pero las procesiones se nos están yendo de las manos—, vamos a centrarnos en lo que más ha dado de qué hablar en la fiesta por excelencia de la música latina y a qué puede equipararse con nuestras celebraciones. Por ejemplo, el desfile por la alfombra roja. Que en unos premios de la música cuenten en su haber con un photocall por donde pasan Victoria Federica o Paz Padilla es equiparable al fotógrafo que se cree periodista o al que se abre una cuenta en Instagram y por postear cuatro imágenes hablando del pasado de las cofradías se erige como historiador del arte —que los tenemos a patadas—.

¿Qué pintaban allí semejantes personajes? ¿Y Sergio Ramos? Como el que le llevaba los trajes al que aparecía en la extinta Sevilla TV para que este no cargara con ellos una vez finalizado el programa. ¿Lo recuerdan? Estampas que para el deleite que acabaron desapareciendo. En los Latin Grammy vimos a aquellos famosos que están a dos velas, pero no sacaron los táperes como hacen algunos miembros de juntas de gobierno cuando van a la feria de abril. ¡Menos mal!

 Pero, sin duda, lo que más llamó la atención fueron los estilismos de los invitados. Uno, que ya tiene unos años —lo que quiere decir que ya ha visto prácticamente de todo—, en pocas ocasiones vislumbró una alfombra roja más hortera. Y si hablamos de horteradas, en el mundo de las cofradías lo vemos continuamente. Esa carrera oficial con los asistentes a sus palcos privilegiados luciendo a sus señoras maniquíes ¡qué poco abren la boca! Esas medias de rejilla como si fueran redondos de ternera… ¿Y las de flecos que parecen lámparas de restaurantes chinos? Uno no está para dar lecciones, pero, ¿podrían las hermandades dar recomendaciones a quienes están en sus filas?

Si hay una alfombra en Sevilla esa es la del Corpus. Antaño iba lo más granado. Una pasarela antiquísima, que no necesita patrocinadores, en una jornada esplendorosa de jueves que sin saberlo se cargan aquellos y aquellas que desfilan con cada ropaje que ni podrían lucirlo las imágenes secundarias que dejaron de ser procesionadas. Aquello no hay quien se lo ponga. Acérquense una mañana de jueves y van a ver el desvarío en el que se convierte el centro de la ciudad por los estilismos de algunos personajes. ¡Qué pena que no haya un decálogo para prohibir semejantes atuendos extravagantes! Dicho esto, y retomando la pregunta anterior, ¿no pueden las cofradías decir “hasta aquí hemos llegado”?

Los tiempos cambian, pensamos que evolucionamos, pero cada vez vestimos con menos ropa, como nuestros antepasados del Neolítico. ¿Qué procesión es aquella donde los ojos van a la polémica en vez de centrarse en lo realmente importante? ¿Dónde están los que hacen un repaso a la cofradía antes de emprender la estación de penitencia para que viéramos unas cuantas Pandoras en aquella cofradía de negro? Es tan sencillo como dejar fuera a quien no acepte las normas. ¡Esto no son los Latin Grammy!