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Sevilla

Fernando Vaquero crea para Osuna una impresionante obra concebida en torno a la simbología de los Siete Dolores de María

La Casa de la Cultura de Osuna ha sido el escenario en la antesala del comienzo de la Cuaresma en el que ha sido desvelado la nueva e impactante obra de Fernando Vaquero, cuya infinita creatividad se ha puesto una vez más al servicio de las cofradías por obra y gracia de su personalísima manera de entender la cartelería cofrade y que fue puesta de manifiesto con su inolvidable cartel anunciador para la Semana Santa de Sevilla que concitó el aplauso unánime del universo cofrade.

Un Fernando Vaquero que lo ha vuelto a lograr, concibiendo para la ciudad de Osuna una nueva maravilla protagonizada por Nuestra Madre y Señora de los Dolores, sin lugar a dudas una de las dolorosas más singulares y bellas de la provincia de Sevilla, realizada a finales del siglo XVII o principios del XVIII y atribuida a José de Mora, cuya hermandad celebra este año su tercer centenario. Una «obra maestra» que atesora un caudal prácticamente inabarcable de devoción popular y un auténtico referente iconográfico de la imaginería. Motivo por el cual, Fernando Vaquero la ha escogido para servir cauce a través del cual trasmitir el mensaje que siempre emana de sus obras, cargadas de una profunda simbología.

Profundizando en esta simbología, Vaquero ha recordado que «la Hermandad de Nuestra Madre y Señora de los Dolores es una hermandad Servita. La orden servita es una orden medieval, fundada en Italia por siete hombres, conocidos en la literatura cristiana como los siete santos fundadores quienes pertenecían a una especie de cofradía dedicada a la veneración de la Virgen María. En el documento más antiguo de la historia de esta Orden, conocido como la “Leyenda de los Orígenes” se fija como fecha de fundación el 15 de Agosto de 1233. Cuenta la leyenda que dicha noche los siete hombres se encontraban celebrando la vigilia de la Asunción de Nuestra Señora, cuando se les presentó la Santísima Virgen y les comunicó su deseo de que fundasen una Orden para venerar sus Dolores y estar al servicio de los más necesitados.»

Un número, el siete, con un elevado contenido y extremadamente simbólico que se repite en la iconografía de la Virgen de los Dolores a través de los siete dolores de la Virgen que se representan con un corazón atravesado por siete puñales, uno por cada dolor que padeció la Virgen Maria, de ahí que las Virgenes servitas suelan llamarse Virgen de los Dolores. «Siete puñales, siete hombres, siete dolores; Esta es la idea central sobre a que gira la concepción del espectacular cartel de Vaquero.

El autor ha representado a aquellos «siete hombres, canonizados posteriormente por Leon XIII, en forma de ángeles. Ángeles que rodean a la Virgen formando entre todos una ráfaga como la que saca Ella el Viernes Santo, ángeles que portan cada uno una pesada carga: un dolor de la vida de la Virgen, de ahí sus rostros dolientes». «Los siete dolores de la Virgen -explica Vaquero – comienzan con el conocido como “La espada de Simeón” del que nos habla Lucas en su Evangelio, en el que se narra la escena de la presentación del Niño en el templo. María y José en aquel acto de presentación entregan el Niño al anciano Simeón y éste al verlo eleva a Dios un himno de alabanza diciendo: “ya pueden terminar mis días, porque mis ojos han visto tu salvación, la luz ha llegado a Israel” María y José quedaron admirados por esas palabras, Simeón entonces, dirigiendose a ellos les dijo: “Este Niño ha sido destinado para ser caída y resurrección de muchos en Israel, y será signo de contradicción”. Por ultimo Simeón miró directamente a María diciendole: “Y a ti, una espada de dolor te atravesará el alma”, profetizando con esta frase la Pasión de Cristo.

Una espada de dolor de Simeón que se situa en la parte superior del cartel, que porta el primero de los ángeles atravesando de dolor el corazón y el alma de María. Un alma representada en esta ocasión por la palabra Osuna que Vaquero ha colocado en el interior del cuerpo de la Madre como representación de su alma. Un dolor que ha sido resaltado en la obra porque «engloba perfectamente a la Semana Santa; la profecía de Simeón fué el anuncio de lo que estaba por llegar en la Vida de Jesus y María. Por eso el autor la ha colocado encima de la palabra Semana Santa, ya que el cartel es también el anuncio de lo que está por llegar.

«Tras ese primer dolor – explica Fernando Vaquero – se precipitaron otros seis en la vida de María: La huida a Egipto, que se puede ver en el extraordinario zócalo de la capilla sacramental de Nuestra Madre y Señora de los Dolores; La pérdida de Jesús en el Templo, que se materializa el Domingo de Ramos con el Niño perdido; El Encuentro de María con Jesús, del que podemos meditar cada mañana de Viernes Santo en la Colegiata cuando Madre e Hijo se encuentran; La Crucifixión de Jesús, un dolor que nos estremece cuando contemplamos al Cristo de la Vera Cruz, al de la Misericordia o al de la Paz; el Descendimiento de la Cruz, el cual vemos cada Viernes Santo en la Quinta Angustia; y el Entierro de Jesús que cierra la Semana Santa ursonense. Los Siete Dolores se encuentran arropados por un fondo negro, un negro que recuerda no solo la túnica que visten los nazarenos de la hermandad de los Dolores en señal de duelo sino también el color del hábito servita». Toda una catequesis cargada de una profunda simbología, por obra y gracia de este genial artista.

Finalmente, el autor ha querido detenerse en Ella, motivo central de la impresionante obra. Una Virgen que «no lleva corona, ni manto bordado permitiendo al espectador recrearse en las dulces ondulaciones de su maravilloso y en su particular trabajo de estofado». Vaquero ha dotado a la escena de una «luz cenital que baña los misteriosos ojos entrecerrados de Nuestra Madre y Señora de los Dolores, cuyas pestañas proyectan una sombra sobre los pómulos acentuando así la sensación melancólica y el misticismo, invitando al espectador a recogerse y meditar sobre esos siete dolores». «Sombra provocada por la luz en su rostro que remarca de especial manera los signos faciales dando la sensación de un rostro envejecido por un dolor desgarrador. De entre las sombras parece adivinarse ese grácil hoyuelo de la barbilla que José de Mora plasmó con sobrecogedora maestria», ha subrayado Vaquero.

«La espada de dolor, los brazos de los ángeles, los puñales; todo conduce a un mismo punto: el corazón. Un corazón que es de plata todo el año pero que cada Viernes Santo se transforma en un bellísimo corazón dorado que late al unísono junto a todos los cofrades de Osuna», ha concluido Vaquero, que ha dedicado esta obra a quien «ha traído a mi vida la ilusión que una vez creí perdida, las ganas de vivir, de crear y cada mañana me regala el mayor de los tesoros: su sonrisa», su hija Julia, que ha sido la inspiración de este cartel. Un valor añadido más para certificar, de manera fehaciente, que estamos ante uno de los carteles más importantes de cuantos han sido concebidos este año a lo largo de toda la geografía cofrade.

 

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