Fernando Vaquero firma un cartel magnífico e impresionante para anunciar la Romería del Rocío de Valencina en su décimo aniversario como filial

Una obra de alto valor simbólico presentada en la Parroquia de la Estrella

La localidad sevillana de Valencina de la Concepción ha acogido en la tarde de este jueves la presentación de la última creación del artista Fernando Vaquero, un cartel que anuncia la Romería de la Hermandad del Rocío y que es, sin ambages, una auténtica joya de incalculable valor artístico y devocional. La obra, dada a conocer en la Parroquia de la Estrella, se inscribe en el contexto del décimo aniversario del nombramiento de la corporación como hermandad filial, circunstancia que otorga a la pieza una especial carga conmemorativa.

El cartel, titulado “Diez años de luz”, está realizado en óleo sobre lino y presenta unas dimensiones de 116 x 65 centímetros, constituyéndose como una propuesta estética de extraordinaria potencia visual y profundidad conceptual, en la que el autor despliega un lenguaje pictórico de notable intensidad simbólica.

Una creación que trasciende lo pictórico para adentrarse en lo emocional

El propio artista ha querido subrayar que su obra nace desde la vivencia interior más que desde la mera representación formal, al afirmar que “hay momentos que no se pintan, sino que se sienten”, situando así la obra en un plano que trasciende lo estrictamente artístico para adentrarse en el terreno de lo experiencial y lo espiritual.

En el eje compositivo del cartel se sitúa el paso del río, concebido no solo como un elemento físico, sino como una metáfora cargada de significado, donde la carreta avanza aparentemente sola, aunque en realidad se presenta como portadora de una memoria colectiva invisible, integrada por nombres, promesas y vivencias que acompañan silenciosamente el caminar.

Los bueyes, representados con firmeza en su tránsito por la corriente, simbolizan la determinación y la certeza del peregrino, mientras que cada pisada en el agua genera un estallido de gotas que el autor eleva a categoría simbólica: fragmentos que encarnan las cargas, temores y penas que se desprenden en el camino, liberándose en un instante de suspensión.

La luz como elemento transformador y eje del discurso artístico

Uno de los aspectos más destacados de la obra radica en el tratamiento de la luz, que adquiere un protagonismo esencial al incidir sobre las gotas elevadas, transformándolas en destellos suspendidos, en los que el agua parece transmutarse en vida, memoria y belleza efímera.

En palabras del propio Vaquero, estas partículas luminosas representan la posibilidad de que incluso aquello que nace del esfuerzo, del barro o del peso existencial, pueda elevarse y adquirir una dimensión trascendente, sugiriendo que el dolor y la carga pueden transformarse bajo la acción de una luz que dignifica y redime.

El río, en este sentido, deja de ser un mero obstáculo físico para convertirse en un espacio de tránsito espiritual que devuelve transformado aquello que en él se deposita, en un proceso de purificación que se materializa en la imagen de esas gotas iluminadas.

El vacío como espacio para la memoria colectiva

De manera deliberada, el artista ha optado por omitir la presencia humana en la escena, dejando vacío el espacio que correspondería a los peregrinos, en un gesto de profundo calado simbólico que invita a la identificación personal del espectador.

Ese vacío se convierte así en un lugar abierto a la memoria, donde cada observador puede proyectar a quienes le acompañan en su propio camino, ya sea en el presente o en el recuerdo, configurando una obra que se completa en la experiencia íntima de quien la contempla.

La estrella y el peso de la memoria devocional

Entre los elementos simbólicos incorporados al cartel destaca la presencia de una estrella, alusión directa a la advocación de la Virgen que da nombre a la parroquia donde ha sido presentada la obra, y que se erige como guía silenciosa y constante en el camino de la hermandad.

Esta estrella adquiere, además, un significado personal para el autor, quien ha vinculado su presencia a la memoria de figuras especialmente relevantes, estableciendo un puente entre la creación artística y la devoción arraigada en la identidad del pueblo.

Un cartel concebido como cumplimiento de una promesa

La obra incorpora igualmente una dimensión profundamente íntima al constituir el cumplimiento de una promesa personal del artista, vinculada al recuerdo de Juan del Bosch, figura a la que el cartel queda dedicado.

Vaquero ha evocado en su intervención un compromiso adquirido años atrás, que hoy se materializa en esta creación, concebida desde la emoción, la gratitud y el reconocimiento hacia una persona cuya huella permanece viva en la memoria colectiva de Valencina.

Diez años de camino reflejados en una imagen

Más allá de su valor artístico, el cartel se erige como un testimonio visual de una década de historia, en la que la hermandad ha consolidado su identidad como filial, acumulando experiencias, promesas cumplidas y vivencias compartidas.

El río Quema, representado en la obra, no se limita a una referencia puntual, sino que simboliza el conjunto de los caminos recorridos durante estos diez años, integrando en su corriente tanto a quienes iniciaron la andadura como a quienes se han ido incorporando con el paso del tiempo.

De este modo, la carreta que cruza el río no solo avanza en el espacio, sino también en el tiempo, mientras cada gota iluminada parece contener un fragmento de esa historia colectiva, proyectando hacia el futuro un camino que, tras una década de recorrido, continúa abierto.

En definitiva, nos encontramos ante una obra sencillamente deslumbrante, de una belleza plástica incuestionable y una profundidad simbólica extraordinaria, que no solo anuncia una romería, sino que eleva el cartelismo rociero a una dimensión superior, confirmando a Fernando Vaquero como un autor capaz de convertir la pintura en emoción, memoria y verdad.