Quien haya ido a Sevilla el Jueves Santo y La Madrugá se habrá podido cruzar con algunos hombres vestidos de romanos. Unos romanos vestidos a la imagen que el genio Juan Manuel Ojeda tenía en su cabeza. Unos romanos que no son los malos de la historia, unos romanos que llevan la Esperanza a todos los rincones durante los 365 días, pero esos días en especial.
Tras la recogida del Teniente y del Capitán recorren un largo itinerario entre los que se encuentra el Hospital, las hermandades del Gran Poder y los Gitanos. Sin embargo, hay un momento mágico, sublime, el momento en que estos hombres bueno, a pesar de llevar coraza, casco y lanza, se postran ante Jesús Sacramentada en la casa de Sor Ángela.
Es una paradoja que aquellos que crucificaron al Señor se postren ante Él como pleitesía y devoción, pero así son los Armaos de la Macarena, fieles centinelas del Señor de la Sentencia. Defensores de la Esperanza en la Resurrección del Señor que recibió el más injusto castigo.
Sólo basta contemplar esta hermosa imagen para darse cuenta de la nobleza de los hermanos que integran esta formación, por eso me siento profundamente orgullosa que mi hija, con apenas 22 meses me diga que ella va a salir en la Hermandad de armao con su media lengua (aunque ya entenderá que no puede) porque son guardianes de la más bella tradición macarena y centinelas del amor más puro y sincero a Jesús.






