La vara del pertiguero, Opinión

Fragante flor del Carmelo

«He sentido vivo celo por Yahveh, Dios de los ejércitos», exclamó Elías en el Horeb (1 Re 19,10a). Y eso ocurrió después de que demostrará en el mismo Carmelo, ante el pueblo de Israel, que solo había un único Dios. Elías era el último profeta del Señor, el último que quedaba vivo después de que los otros fueran perseguidos y asesinados. Y Elías, ardiendo en celos por amor a Dios, no dudó en cumplir con su deber cuando fue preciso: confío en Dios y, aun cuando tuvo miedo, supo recomponerse y mantenerse firme.

El carisma del Carmelo es fundamental para la vida de la Iglesia, cuyas obras por medio de la Santísima Virgen han sido abundantes. Aún hoy, la devoción a la Virgen del Carmen sigue despertando pasiones y entusiasmos, su simbología se mantiene perenne en la cultura diaria y su espíritu de oración impulsa los anhelos personales de multitud de creyentes. Y es que Nuestra Señora actúa como fiel intercesora de aquellos que llevan devotamente su escapulario, otorgado a los carmelitas hace siglos y que hoy portan multitudes de fieles a lo largo y ancho del orbe.

María es la fragante flor del Carmelo, es decir, del «Jardín de Dios». Este es el significado de aquel monte que se yergue en el actual Israel y que se ha convertido en lugar teofánico por voluntad divina. Es un lugar de contemplación, de anacoretismo, donde nos encontramos en la soledad del bullicio de la vida y podemos escuchar las palabras del creador en el silencio sonoro de la naturaleza. En las grutas del Carmelo vivió Elías, como otros tantos monjes lo hicieron con posterioridad al seguir su ejemplo. Allí hallaron la paz del mundo y oraron, como sin duda oró María: solos, aparentemente ausentes del mundo, pero implicados en la dinámica del Reino. Guardaban sus cosas en el corazón, como la Virgen hizo, alimentándose no solo del pan ofertado por el mundo, sino de la palabra que sale de la boca de Dios.

El espíritu del Carmelo es arder en ese amor incondicional al Señor, en esa confianza ciega rendida ante aquel que nunca falla. Por eso María y el Carmelo están tan unidos: el «fiat» de María cuando se le apareció el ángel Gabriel es, sin duda alguna, el modelo de entrega a Dios de todo cristiano. Y los carmelitas, que no les va en zaga aquello de entregarse a Dios «viviendo sin vivir» en ellos —como diría santa Teresa—, repiten ese sí incondicional no solo de palabra, sino también mediante la honrosa veneración a María, quien abre el camino del encuentro de Jesús.

«He sentido vivo celo por Yahveh, Dios de los ejércitos». Este es el lema del Carmelo, un grito de fe muy necesario en nuestros días. Al igual que Elías, nosotros, los cristianos, hemos de demostrarle al mundo que, por mucho que grite a sus nuevos dioses e ídolos, solo en Cristo puede encontrar la paz del Reino. El modo de hacerlo es sencillo: dando testimonio de la verdad no solo con la fe, sino mediante las obras. Pero, para que las obras sean fructíferas, hay que arder antes en ese amor al Señor, hay que dejarse llevar por su mano como hizo Nuestra Señora, llamada del Carmen por bondad de la orden y para salud nuestra. Mañana su imagen tomará las calles, levantará el fervor de sus fieles. Sin duda, también convertirá los corazones de muchos, que entenderán por fin el auténtico mensaje de su advocación. Mañana tal vez, la fragante flor del Carmelo hará de todo pueblo y ciudad un pequeño monte donde ese ardiente amor a Dios será latente.