Una inusitada polémica, aplaudida desde determinados foros cercanos al poder y recibida como fuertes dosis de indignación entre el común de los mortales, está acompañando en las vísperas de la procesión Magna que se celebrará en la ciudad de Sevilla el próximo 8 de diciembre. Una polémica que está enrareciendo el ambiente, ya de por sí viciado en las últimas semanas, alrededor de una procesión magna que poco a poco está mutando desde lo que debería ser una fiesta de la religiosidad popular sevillana a un hartazgo, cuando no un rechazo, entre un importante sector de la Sevilla cofrade.
Además de las continuas llamadas al alarmismo que están provocando el desasosiego, e incluso el miedo, en el sentir generalizado de algunos sectores cofrades, hasta el punto de renunciar a su participación en esta histórica celebración, en las últimas horas las calles de Sevilla se han llenado de unas ridículas líneas rojas, orientadas a «delimitar la zona que debe quedar libre para garantizar el paso de las procesiones con seguridad», según ha afirmado el canal municipal de emergencias del Ayuntamiento de Sevilla. Un mensaje acompañado de una seria amenaza, exhortando al público a situarse tras las líneas, advirtiendo de que el público que se encuentra ocupando la zona reservada será desalojado hacia adelante por el dispositivo de seguridad con suficiente antelación a la llegada de las procesiones.
Una señalización, absoluta y completamente ajena a la idiosincrasia de las cofradías sevillanas y de la peculiar forma de vivir la religiosidad popular en la ciudad de la Giralda, la ciudad que siempre presumió de saber gestionar la bulla, la ciudad en la que la madre de Dios siempre caminó rodeada de miles de fieles, que ha irritado a propios y extraños. Una iniciativa recibida con enfado e hilaridad, trufadas de gruesos calificativos proferidos por muchos cofrades que ponen de manifiesto la incomprensión y la vergüenza que deriva de una ocurrencia perpetrada por una organización, cada vez más alejada de la esencia cofrade, que parece empeñada en cargarse la naturalidad que debe acompañar a cualquier evento de estas características.
Ni las procesiones son cabalgatas ni el pueblo debe estar enclaustrado para presenciarlas. Las cofradías son del pueblo y al pueblo se deben. Quien no comprenda esta máxima bien haría en cambiar de aires y dedicarse a otra cosa. Esperemos que la grandeza de Sevilla se imponga y devuelva la racionalidad a una Magna que a algunos parece habérsele ido definitivamente de las manos.





