Esta obra, recuperada para la Sala de los Toreros del Museo de la Macarena, fue utilizada por la Virgen de la Esperanza y más tarde pasaría a formar parte del ajuar de la Virgen del Rosario
Sobradamente conocida es la vinculación existente entre el mundo de la tauromaquia y el universo cofrade, como manifestaciones artísticas que son, que se materializa en miles de episodios que son prueba fehaciente del nexo común entre dos conglomerados en los que la mezcolanza entre la música y la estética propician el perfecto caldo de cultivo para que la emoción, la tradición y el sentimiento confluyan para concebir momentos únicos e irrepetibles.

Una relación que se alimenta también de miles de piezas patrimoniales que forman parte del ajuar de decenas de imágenes devocionales y tienen su origen en trajes de torear o capotes de paseo o que han sido financiadas, a lo largo de las décadas, por matadores de toros. Y es que el ajuar de las distintas corporaciones que configuran el universo cofrade, se nutre de ofrendas dotadas de componentes de diversa índole, que oscilan desde el evidente valor patrimonial que atesoran al aspecto devocional y sentimental que en ocasiones se erige en mucho más capital si cabe y son muchas las ocasiones en las que estas ofrendas tienen su origen en el arte que se desarrolla en la arena de las plazas de toros.
Uno de los últimos ejemplos de esta relación imperecedera ha sido protagonizado por la hermandad de la Macarena que acaba de presentar en la Basílica la restauración realizada por José Antonio Grande de León de la saya confeccionada con un traje de torear, donado a principios del siglo XX por el diestro Ignacio Sánchez Mejías. Actualmente esta saya luce en la sala de los toreros del tesoro de la Hermandad, ya que hace muchos años que no se le pone a la Virgen, debido al lamentable estado de conservación que presentaba.
En el estado de conservación de la saya, se han encontrado importantes y preocupantes deterioros, que eran apreciables a simple vista y que hacían necesaria su restauración y pasado a nuevo raso: suciedad generalizada y oxidación del bordado, pérdida en un alto porcentaje del soporte textil, en este caso raso turquesa, que estaba totalmente pasado, roto, descolorido y manchado por toda la superficie de la obra. Muchas piezas necesitaban ser repasadas, ya que presentaban multitud de hilos saltados y se apreciaba con un exhaustivo estudio visual un deterioro generalizado. Además, las medidas de la obra eran muy cortas para la imagen de la Virgen tanto en la saya, las mangas, los manguitos y el pecherín.
El proceso de restauración ha sido completamente conservacionista, siguiendo fielmente los criterios de restauración, consistiendo en la aspiración, micro aspiración, limpieza exhaustiva de todas las piezas y repaso general de los todos los bordados de la obra, conservando el tejido original del traje de luces y cambiando el del fondo por uno nuevo de raso de color azul turquesa, ya que el que había no era el original y estaba totalmente roto y deslucido. En la intervención, todas las etapas y procedimientos empleados han respetado la obra en su totalidad, utilizando para ello las más escrupulosas pautas de restauración y materiales de primera calidad, recuperando una obra histórica en la Hermandad, mejorando notablemente su estado actual y su conservación en el futuro.
Ignacio Sánchez Mejías (Sevilla, 6 de junio de 1891-Manzanares, Ciudad Real, 13 de agosto de 1934) fue un torero español. Cuñado del mítico torero Joselito «El Gallo», su figura trascendió con mucho el ámbito taurino, ya que fue también aficionado a la literatura y escritor, lo que le convirtió en uno de los personajes más populares de la cultura de España durante el primer tercio del siglo XX. Al morir como consecuencia de una cornada, fue homenajeado por varios poetas de la Generación del 27, en particular por Federico García Lorca en su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.
Nació en Sevilla, en el seno de una familia acomodada, donde su padre ejercía de médico. Siendo un adolescente escapó de casa en busca de aventuras, viajando como polizón en un barco que se dirigía a México. Ese afán aventurero le hizo abrazar la profesión taurina. En la década de 1910 formó parte de la cuadrilla de José Gómez «Joselito», su amigo de la infancia, con el que había emparentado en 1915 al casarse con Dolores, hermana del gran diestro sevillano. En los tres años siguientes se consagró en la cuadrilla de Joselito como el mejor banderillero español, con permiso de su cuñado Joselito, excepcional rehiletero. Los historiadores taurinos coinciden en señalar que la técnica de Joselito es la más perfecta que se ha conocido y el mejor torero de la vieja escuela. Y en esa escuela se formó, como matador de toros, Ignacio Sánchez Mejías.
En 1919 tomó la alternativa en Barcelona de manos de Joselito y con Juan Belmonte de testigo. La confirmó en Madrid al año siguiente. En 1920, alternando en un mano a mano con Joselito en Talavera de la Reina, fue testigo de la muerte de su cuñado en una cogida del toro Bailaor. El éxito de su toreo no se basó en su técnica o en su estilo, y menos compitiendo con los considerados como mejores toreros de la historia (Joselito y Belmonte), sino sobre todo por sus alardes temerarios: toreos de rodillas, recibir sentado en el estribo, banderillas por los adentros, etc. A mediados de la década de 1920, siendo figura del toreo, se cansó de los toros, se retiró y se dedicó a otras actividades. Extraordinariamente polifacético, Sánchez Mejías fue también actor de cine, jugador de polo, automovilista y escritor de obras de teatro




















