El prelado cordobés se despide de la diócesis tras casi quince años de pontificado con una celebración de ordenaciones diaconales marcada por la emoción, la gratitud y el aliento vocacional
En una jornada cargada de simbolismo y emoción, mons. Demetrio Fernández González puso punto final a su ministerio episcopal al frente de la diócesis de Córdoba. Lo hizo con una celebración profundamente significativa: la ordenación de cuatro nuevos diáconos, un gesto que resume el eje vertebrador de su pontificado —la promoción vocacional— y que sirvió como despedida solemne tras casi tres lustros de servicio pastoral.
“Todas las despedidas son tristes”, comenzó diciendo el ya obispo emérito, evocando la melancolía de la separación y comparándola con la ascensión de Cristo, quien “aunque se marchó, se quedó para siempre en la Eucaristía y en su Iglesia”.
El templo acogió una ceremonia enmarcada en el IV Domingo de Pascua, jornada dedicada al Buen Pastor y a la oración por las vocaciones, en la que Demetrio Fernández quiso dejar claro su legado: “Si tenemos sacerdotes, tendremos laicos y vida consagrada. Si no los hay, la Iglesia se apaga”.
Una despedida con vocación de futuro
Lejos de centrarse en sí mismo, monseñor Fernández convirtió su mensaje de despedida en un canto de esperanza, con un claro enfoque hacia el futuro de la Iglesia cordobesa. “Promoved las vocaciones sacerdotales, cuidadlas con esmero. Si una familia recibe un sacerdote como don, toda la Iglesia se enriquece”, afirmó con vehemencia.
El prelado también tuvo palabras de gratitud para los laicos, a quienes definió como “un tesoro precioso en la vida de nuestra Iglesia diocesana”; para los religiosos y religiosas, a quienes agradeció su entrega “en tantos campos de apostolado”; y para todos aquellos que, desde distintas vocaciones, “dan vida al cuerpo eclesial con su compromiso constante”.
El regalo de las ordenaciones
La fecha no fue casual. “Previendo que estas semanas marcarían el final de mi ministerio, programé con antelación esta ordenación”, explicó, visiblemente conmovido. Con los cuatro nuevos diáconos, son ya más de setenta los ordenados por sus manos episcopales, un dato que subraya la intensidad de su labor como pastor.
“Lo más grande que puede hacer un obispo es imponer las manos sobre los llamados por el Señor”, confesó. “Transmitir el poder recibido de Cristo y de los Apóstoles para que estos jóvenes lleven a los hombres la presencia de Cristo, especialmente en la Palabra, los sacramentos y la Eucaristía”.
Una bendición para la Iglesia de Córdoba
En un pasaje especialmente emotivo, el obispo recordó una dedicatoria recibida de su predecesor, don Gaspar, cuando este cumplió 90 años: “Benditas manos que hacen sacerdotes. Gracias, Sr. Obispo”. “Con eso me quedo”, subrayó Fernández, haciendo suyas aquellas palabras como colofón de una etapa marcada por la fecundidad vocacional.
Finalmente, en vísperas de la festividad de San Juan de Ávila, patrón del clero secular español y figura muy vinculada a Córdoba, pidió su intercesión “para que nunca falten en nuestra diócesis pastores santos que guíen al Pueblo de Dios con entrega y fidelidad”.
“Recibid mi afecto y mi bendición, ahora y siempre”, concluyó el mensaje de despedida de quien ya es, desde este momento, obispo emérito de Córdoba, pero cuya huella espiritual quedará grabada en la historia reciente de la Iglesia andaluza.





