La vara del pertiguero, 💙 Opinión

In memoriam

Decían los antiguos monjes: «Recuerda, hermano, que has de morir», frase que hoy nos suena tan tétrica que nos asusta. No obstante, su certeza es tal que, por mucho que nos escondamos ante su inexorable verdad o intentemos enterrarla en el día a día, nos acompaña para recordarnos la vanidad de la vida y lo realmente importante en ella. Acaba octubre y, antes de su despedida, nos brinda un recuerdo «In memoriam» para todos aquellos que se fueron a la casa del Padre, abriendo además las puertas de noviembre, el mes de los difuntos, el mes de Ánimas.

Ante la sacrosanta imagen crucífera del otrora conocido como Cristo de los Remedios y Benditas Ánimas del Purgatorio, el coro de la muy antigua y humilde hermandad homónima rendirá homenajes de réquiem a los fallecidos no solo de la cofradía, sino de todo tiempo y lugar, como antaño se hacía, aunque con especial alusión a las víctimas de esta pandemia que nos sigue azotando. La voz de los vivos hará justicia a la vida de los muertos, quienes o han alcanzado ya la gloria o la esperan deseosos. Estos últimos, miembros de la a veces olvidada Iglesia purgante, tendrán pues su propia representación frente al altar de San Lorenzo y serán acompañados por los ruegos de sus cofrades de Ánimas, quienes no los olvidan y rezan en favor de ellos, como antes otras tantas corporaciones han hecho a lo largo de la historia.

La oración «pro defunctis» será armonizada con música de Fauré, Vivaldi, Casciolini, Marzi, Webber, Bach, Frisina, Palestrina y Kodaly, junto con el rítmico patrón sonoro del gregoriano y la apoteosis artística que ese día estrenará la hermandad: el Miserere de Gregorio Allegri. Esta obra, que durante años fue guardada celosamente por la mismísima Santa Sede, se constituye como eje central de todo el concierto, mostrando en su coro final una magnifica armonía a nueve voces que resulta muy especial por la época en que fue escrita y por la belleza estética que transmite. Los días sucesivos, propios del Cristo de Ánimas, se celebrará el solemne quinario, que terminará con la presentación de los nuevos hermanos de la cofradía ante su Sagrado Titular. Mientras, desde la capilla y como viene siendo de honrosa costumbre, Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas, «abadesa del llanto» y «prelada de los lutos» según García Baena, acompañará en su veneración los actos devocionales y litúrgicos que en ese tiempo podremos conmemorar.

La hermandad del Remedio de Ánimas no necesita justificar en ningún punto su peculiar carisma ni precisa de mayor fama que la alcanzada durante cada estación de penitencia. Más allá de la vetusta tradición que ella misma defiende y muestra dignamente, palpita la importancia de la forma para dar sentido al fondo doctrinal que la sustenta. Es Barroco y Renacimiento, una mezcla propia de un pasado Siglo de Oro que hunde sus raíces en la costumbre espiritual hispánica de recordar la muerte para solemnizar la vida. Es una voz que pregona con san Juan de la Cruz la noche oscura del alma en la que, al llegar la alborada, descansa el Amado con la amada, el Creador con su criatura.

Así, es normal que el color negro que acompaña a la cofradía esté salpicado por el oro; pues si el primero nos recuerda la tajante tragedia de la muerte, el segundo nos reaviva con la esperanza de la gloria. Esto mismo se ve en su Santísimo Cristo, arropado por el sol y la luna ante la consumación del tiempo. Aunque el mundo ennegrecido creyó vencer con esa cruz, la Sacramental «Sangre del Cordero», como diría el Apocalipsis, hizo brotar la vida. ¿O acaso esa sangre no transformó los férreos clavos de las manos y los pies en lirios dorados? ¿No se convirtieron los ramajes de las espinas en hilos de oro con joyas incrustadas en su contorno? ¿No fue ese sufrimiento el que lo hizo descender a los Infiernos para conducir a los fieles hacia la Vida Eterna?

Se podrían decir muchas cosas sobre la hermandad, su fe y sus símbolos, pero es preferible experimentar su esencia antes que entrar en detalles técnicos y doctrinales. El día 31 de octubre será el concierto y, en los siguientes, continuará el quinario hasta el viernes día 5 de noviembre. Merece la pena acercarse a la parroquia por el simple hecho de contemplar el sobrecogedor altar que preside el ábside de San Lorenzo. Si además sumamos la dedicación que sus hermanos han tenido en preparar todos esos días de manera tan devota, quedan ya pocas excusas que nos impidan ir. Será una catequesis viva, donde las palabras se entretejerán con la música y el aroma del incienso penitencial de la corporación. Todo ello marcado a fuego por el escapulario carmelitano que sirve como sello reverencial de lo que espera más allá.

Mes de difuntos, mes de Ánimas, un mes que todo en sí equivale a un nuevo y extenso Lunes Santo. Quiero acabar este artículo haciendo mi propio homenaje a la hermandad y al Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas como otros tantos antes que yo hicieron en su tiempo, sirviéndome de esa belleza clásica que ofrece el soneto del Barroco español. Así, pues, solo queda decir: «Exaudi nos, Domine Animarum, et salva nos». Amén:

Bajo tan grande y singular cubierta

halla acomodo el eco del sonido,

donde se troca al roce en alarido

el penoso rumor de herida abierta.

La majestuosa industria queda alerta

y en los nervios descansa recogido,

cubriendo al Verbo eterno suspendido

en fiero trono de madera yerta.

Allí la madre en sus tristezas calma

el dolor ante el árbol sacrosanto

del cual tomó Lorenzo insigne palma.

Allí vacila el grito, vibra el llanto,

se agita el corazón y late el alma

entre remedios de oración y planto.

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