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Córdoba, El Cirineo, Opinión, Sevilla

Inquisidores

Sientan cátedra cada vez que sueltan la lengua. Su opinión es incuestionable, erigiéndose en los únicos seres humanos que gozan del privilegio de emitirla por designio divino. Y ocupan los dos extremos del espectro. Niñatos disfrazados de hooligans, ultras de una banda, de una hermandad o peor aún, de una cuadrilla, de un capataz, de un hermano mayor o una junta de gobierno. Individuos escondidos en el anonimato con un lenguaje violento que jamás debería ser asociado a nada que huela a incienso. Matones que insultan y despotrican a diestra y a siniestra contra cualquiera que ose dar una versión diferente a la suya o se atreva a opinar que la banda de sus amores no les parece tan buena como ellos piensan.

Y en el otro extremo, los iluminados. Presuntos sabios atrincherados tras un micrófono o la cabecera de un periódico, que se permiten el lujo de juzgar a personas que no conocen, opinar no sobre lo que se escribe sino sobre por qué se escribe y otorgarles un odio a terceros que presuponen de oídas y que jamás han intentado contrastar. Plumas de la verdad incuestionable que menosprecian en su infinita intolerancia a quien se atreve a cuestionar la gestión de aquellos a quienes consideran seres superiores sin detenerse ni un instante a recontar la larga lista de caídos en la cuneta ni a analizar que si muchos abandonan el barco, a lo mejor el capitán tiene parte de culpa. Pseudoperiodistas con carrera que prostituyen su capacidad de crítica por las esquinas del amiguismo más sonrojante. Totalitarios que exigen respeto mientras intentan intimidar a los que piensan diferente, ignorando que en democracia la opinión es libre y que nadie está en posesión de la verdad, ni siquiera ellos, por increíble que les parezca. Tengo una noticia para vosotros: El Universo Cofrade no es vuestro.

Se acabó el silencio, la conversión en evangelio de la verdad verdadera y el sometimiento a ciertos poderes fácticos. Satisfaga o no, la opinión cofrade se ha producido siempre, lo novedoso hoy no es el hecho sino el medio en que la crítica se realiza. Antes de ayer se hacía en la barra de una taberna cofrade o en una reunión de costaleros con una excusa de por medio. Ahora la opinión se traslada a las redes sociales, blogs y páginas cofrades. Y las docenas de receptores se ha transformado en dos o tres mil… veinte mil… cada día… y esto se convierte en algo insoportable para quien no tiene respeto alguno por las creencias de los demás. En el fondo, queridos amigos, el truco está en tener la humildad suficiente como para considerar que a lo mejor no se tiene razón en todo. Y para no menospreciar a los que piensan de un modo diferente al nuestro. Porque considerar que algo es blanco no implica necesariamente que lo sea, sino que alguien lo aprecia de este color y en ocasiones los sentidos se ven alterados por consideraciones accesorias a la emisión del propio juicio que se resumen en lo que a algunos nos gusta denominar subjetividad, ¡qué maravillosa palabra!.

Muchos temas están tan viciados en su origen o en su desarrollo que nadie se atreve a cuestionarlos en voz alta. Si se dice que el palio tal o cual se antoja impersonal, o que el modo en el que han vestido a una dolorosa parece manifiestamente mejorable, que el plan de la hermandades del Martes Santo era mucho mejor que el del Consejo o viceversa o que no gusta el sonido de determinada banda, automáticamente se es condenado a la hoguera pública, tachado de hereje o ignorante y expulsado del paraíso. Si se opina sobre cómo funciona una hermandad, la respuesta inmediata, es que obligatoriamente cualquier opinión sobre el asunto debe formularse en un cabildo y jamás en ningún otro foro público porque como todo el mundo sabe, el mismo Dios bajo una mañana del Cielo y añadió a sus Mandamientos el de “No opinarás sobre tu cofradía ni sobre cualquier otra en cualquier lugar que no sea el cabildo general de hermanos”. En cambio sí se puede decir alegremente “que un paso que por tamaño no ha sido pensado para entrar en la Catedral no puede ser adjetivado como cordobés…” y quedarse tan pancho.

“A mí no me acaba de convencer cómo suena esa banda. ¿A ti si?. Yo creo que el movimiento de aquellas bambalinas era manifiestamente mejorable. ¿Tú piensas lo contrario? Perfecto, tú tienes tu opinión y yo la mía; podemos debatir sobre ello… y ni siquiera llegar a un acuerdo, no es imprescindible”. ¿Tan difícil es?. ¿Qué es eso de exigir conocimientos de arte para decir lo que gusta o no?. ¿Dónde está el nivel mínimo para poder emitir una opinión?, ¿una licenciatura?, ¿una tesis?, ¿escribir dos o tres libros?, ¿gozar de la amistad de alguien con pedigrí?.

Mientras no asumamos todos que cuando alguien se expone a la opinión pública, está sometido a la crítica, sea un capataz, una formación musical, un periodista, un hermano mayor, un diputado mayor de gobierno o quien escribe en un blog, una web o lo que sea, no seremos capaces de avanzar. Crítica constructiva, desde luego, nadie tiene por qué soportar el ataque personal, ahí debe situarse el límite. Establecida esa frontera, con lo único que hay que ser intolerante es precisamente con la censura, con la actitud de todos aquellos que por amiguismo, por conservar el pesebre del que se alimentan o por cualquier otra motivación, pretendan callar bocas. Eso si que puede hacer un daño incalculable a nuestras cofradías y no expresar una opinión en libertad. Opinar, discutir, llegar a un acuerdo y avanzar. Esa es la clave del enriquecimiento y el progreso. Y escuchar, siempre escuchar. Porque como me enseñó un maestro hace mucho tiempo, “hasta de quien menos se espera puede aprenderse una gran lección”. No seamos tan soberbios como para endiosarnos en el altar de la perfección, ni minimicemos a quien nos rodea porque no emita su opinión rodeado de nubes de incienso.

Porque los que sobran en nuestra Semana Santa no son los que en el ejercicio de su independencia manifiestan lo que sienten y piensan sino los inquisidores que intentan perpetuar el pensamiento único. No olvidemos nunca que si un punto de vista es impuesto por la fuerza jamás podrá convertirse en Verdad. Y que, tomando prestado el concepto de un buen amigo, en la diversidad está la riqueza de esta bendita locura.

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