Juan Miguel Martín Mena conmemora el 125 aniversario del Gran Poder en Dos Hermanas con un cartel que entrelaza memoria histórica, devoción popular y creación artística

La celebración del 125 aniversario de la llegada de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder a Dos Hermanas adquiere una dimensión artística singular con la presentación del cartel conmemorativo realizado por Juan Miguel Martín Mena, titulado “Los hombres pasan, El Señor permanece”. La obra, concebida en técnica mixta sobre papel encolado a tabla y con unas dimensiones de 80 por 120 centímetros, constituye una propuesta visual que articula historia, fe y memoria colectiva en torno a la devoción centenaria al Señor.

El propio autor explica que su intención ha sido evocar el universo íntimo de las antiguas imágenes devocionales que han acompañado durante décadas la vida cotidiana de innumerables hogares. En ese sentido, describe la obra como una representación inspirada en aquellas “estampas que durante generaciones han habitado en los cajones de las casas, en las mesitas de noche, entre las páginas de un libro o detrás del cristal de un cuadro familiar”, pequeñas imágenes que —según señala— han servido para “acompañar la vida cotidiana y sostener una devoción silenciosa que pasa de unas manos a otras con el paso de los años”.

Una imagen concebida para atravesar el tiempo

A partir de esa evocación doméstica y devocional, Martín Mena desarrolla una composición que pretende reflejar la continuidad espiritual de una tradición arraigada durante más de un siglo. El artista resume el origen conceptual de la obra al afirmar que “la obra nace de esa idea: la de una imagen que atraviesa el tiempo”, un planteamiento que se materializa en una estructura visual cargada de símbolos.

La figura de Cristo aparece construida mediante fragmentos superpuestos, recurso plástico que alude a las diversas capas de historia que han configurado la devoción al Gran Poder en Dos Hermanas. El pintor explica que “papeles envejecidos, documentos, túnicas y veladuras se superponen formando un territorio de huellas, un lugar donde se acumulan las miradas y los gestos de quienes han sostenido esta devoción a lo largo del tiempo”.

Entre esos elementos se integran fragmentos de las túnicas históricas del Señor, mientras que el rostro y las manos adquieren una especial presencia en la composición. El artista subraya este contraste indicando que “frente a esos cambios, el rostro y las manos es lo único que permanece firme”, una afirmación que refuerza el simbolismo de permanencia que vertebra toda la obra.

El cartel incorpora además el documento firmado por el escultor que fue hallado en el interior de la imagen, un detalle que intensifica el vínculo entre historia material, memoria devocional y creación artística.

La devoción transmitida en lo cotidiano

A los pies de la figura se distinguen siluetas apenas definidas, presencias humanas que evocan la continuidad del pueblo devoto que ha acompañado al Señor a lo largo del tiempo. Martín Mena señala expresamente el papel que han desempeñado las mujeres en esa transmisión de la fe al afirmar que “en gran medida, han sido las mujeres quienes han sostenido y transmitido esta devoción en Dos Hermanas”.

El artista evoca escenas cotidianas profundamente arraigadas en la religiosidad popular, como “las silenciosas promesas que caminan tras el Señor en la Madrugá”, “las fotografías del Gran Poder en la cabecera del dormitorio”, “el hábito morado vestido cada día como expresión sencilla de fidelidad” o “las visitas a la capilla entre ‘mandao’ y ‘mandao’”.

Todos estos gestos, aparentemente sencillos, constituyen para el autor “gestos humildes, repetidos generación tras generación, que han terminado construyendo una memoria compartida”, expresión que sintetiza el carácter colectivo de la devoción.

Las figuras aparecen deliberadamente sin rasgos definidos, una decisión estética que el pintor justifica con una frase que resume el sentido coral de la obra: “sus identidades no importan. Importa lo que sostienen”.

La evolución iconográfica del Señor

La pintura también introduce una reflexión visual sobre la transformación histórica de la iconografía del Gran Poder. La silueta de la imagen presenta un leve desdoblamiento que sugiere los cambios experimentados con el paso del tiempo.

El propio artista lo explica indicando que “la silueta del Señor tampoco se presenta completamente fija”, ya que “se desdobla levemente, insinuando cómo la propia iconografía se transforma con los años: distintas cruces, distintas posturas de los brazos, distintas formas de vestir la imagen que han acompañado su historia”.

Desde el punto de vista técnico, la obra ha sido elaborada sobre papeles de algodón encolados a tabla, envejecidos mediante café y sal, sobre los que el autor ha aplicado grafito, aguadas y veladuras acrílicas, integrando además fragmentos de collage que reconstruyen progresivamente la figura del Señor.

En el conjunto pictórico, el color se concentra principalmente en el rostro y en una de las manos, convirtiendo estos elementos en el centro emocional de la composición y reforzando el impacto visual de la imagen.

Un gesto que simboliza continuidad

La serenidad de la escena se ve alterada por un detalle simbólico que introduce dinamismo en la composición. Según explica Martín Mena, “un pequeño gesto rompe finalmente la quietud de la estampa: el pie del Señor avanza ligeramente fuera del marco que contiene la imagen”.

Este recurso encierra un mensaje de continuidad histórica que el propio autor resume con claridad al afirmar: “Ese gesto introduce una idea sencilla: Estos 125 años forman parte de una historia que sigue caminando”.

Una visión contemporánea para una devoción centenaria

Con esta creación, Juan Miguel Martín Mena aporta una interpretación artística que se integra en la extensa tradición iconográfica dedicada al Gran Poder, ofreciendo una mirada contemporánea capaz de aunar memoria histórica, sensibilidad estética y emoción devocional.

La obra concebida para esta conmemoración no se limita a recordar una fecha señalada, sino que reafirma la vitalidad de una devoción profundamente arraigada, condensando en una sola imagen el significado de su propio título: “Los hombres pasan, El Señor permanece”.