Durante el mes de agosto, las imágenes de María Santísima de la Amargura Coronada y San Juan Evangelista, titulares de la Hermandad de la Amargura han sido trasladadas a la Capilla Sacramental, donde recibirán culto de forma extraordinaria. Este recinto, de profundo valor histórico y artístico, fue entre 1904 y 1959 el lugar de culto habitual de ambas imágenes, hasta que en 1960 pasaron a ocupar el altar mayor del templo.
Un espacio cargado de historia
La Capilla Sacramental, situada en la nave del Evangelio, conserva notables elementos de la antigua construcción mudéjar de la iglesia, entre ellos el intradós de la bóveda del primer tramo, una estructura de finales del siglo XIV o principios del XV que fue redecorada en 1941 con pinturas murales de Rafael Blas Rodríguez. Entre 1934 y 1935, esta capilla fue objeto de una significativa remodelación dirigida por el arquitecto Manuel Gómez, en la que se incorporaron las yeserías y el techo abovedado con casetones que hoy conserva. El recinto alberga el Sagrario del Santísimo Sacramento y constituye el principal espacio de culto de la corporación del Domingo de Ramos.
En su retablo presiden San Joaquín y Santa Ana, imágenes fechadas a finales del siglo XVIII. También destaca una imagen de la Inmaculada Concepción, que en origen perteneció al retablo mayor y fue adaptada como bulto redondo por Francisco Buiza en 1960, con motivo de la adecuación del presbiterio al nuevo culto de la Virgen. La capilla atesora también una valiosa colección pictórica, entre la que sobresale La caída del maná, obra atribuida a Lucas Valdés en torno a 1700, junto a copias de La apoteosis de la Eucaristía de Herrera el Mozo y de La Última Cena de Murillo.
El templo y su evolución arquitectónica
La parroquia de San Juan Bautista, conocida popularmente como San Juan de la Palma, se asienta sobre los restos de una construcción almohade del siglo XII, posiblemente auxiliar de un complejo mayor situado en la actual plaza de la Encarnación. Tras la conquista de Sevilla por Fernando III, el templo fue consagrado como parroquia cristiana, probablemente mediante una nueva edificación. A finales del siglo XIV o principios del XV se erigió un templo de estilo mudéjar, del que aún se conservan vestigios como el arranque de la torre y la capilla de los Esquivel. La portada, realizada entre 1420 y 1421, fue obra de los canteros Juan Rodríguez de Lebrija y Martín Martínez, inspirada en la de la iglesia de San Esteban.
A comienzos del siglo XVIII se acometió una profunda transformación del edificio, que culminaría en 1789 con la construcción de la actual doble espadaña, otorgándole la fisonomía barroca que hoy presenta. El templo, de planta basilical, consta de tres naves con capillas laterales, entre las que destacan las dedicadas al Santísimo Sacramento y a diversas advocaciones marianas.
Otras capillas de interés
La Capilla de los Esquivel, situada junto a la torre, fue adquirida como panteón familiar en 1511. Desde 1724 albergó a la Hermandad del Silencio, que se estableció en San Juan de la Palma ese año, permaneciendo allí hasta su fusión con la Hermandad Sacramental en 1904. Esta capilla conserva una pintura mural singular: Los desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría, de cronología bajomedieval, descubierta durante la restauración dirigida por Rocío Campos y María José Robina en 2002. Su estilo recuerda a otras obras sevillanas “italogóticas”, como la Virgen del Coral de San Ildefonso o la Virgen de Rocamador.
Por su parte, la Capilla del Bautismo, en la nave del Evangelio, conserva la custodia de asiento que en numerosas ocasiones se utilizó para procesionar al Santísimo Sacramento por las calles de la feligresía. Fue realizada entre 1947 y 1948 por el orfebre Francisco Ruiz Rodríguez.
En la nave de la Epístola se encuentran las capillas dedicadas a la Virgen de la Cabeza y a la Virgen de Montemayor, ambas de significativa devoción popular. El retablo mayor, obra rococó ejecutada hacia 1770 por Juan Cano, procede de la desaparecida iglesia de San Felipe de Carmona, y se completa con dos retablos dieciochescos en las naves laterales, dedicados a la Virgen de la Antigua y a Santa Ángela de la Cruz.
Un templo con nombre y leyenda
El nombre popular de San Juan de la Palma se remonta a una anécdota recogida por Ortiz de Zúñiga en el siglo XVII. Según relata, un predicador advirtió en su sermón sobre la gravedad de blasfemar, afirmando que hasta las piedras escuchaban tales ofensas. Un hereje, en un gesto provocador, proclamó junto a una de las palmeras de la plaza que la Virgen no había conservado su pureza tras el parto. Al día siguiente fue denunciado por un anciano que afirmaba haberle oído. Ante el tribunal, el acusado negó los hechos y pidió identificar al denunciante. Los vecinos, entonces, aseguraron que aquel viejo había muerto hacía años y estaba enterrado bajo las palmeras, lo que alimentó la leyenda que dio nombre al lugar.
Con esta singular historia y su rico legado patrimonial, el templo de San Juan de la Palma se convierte este agosto en testigo de la memoria devocional de una hermandad que vuelve por unas semanas al espacio que acogió a sus titulares durante más de medio siglo.





