En alguna ocasión precedente hemos asegurado, sin temor a equivocarnos, que María Santísima del Amor es una de las bellezas más singulares de cuentas conforman el rosario de dolorosas de la Córdoba Cofrade, la imagen mariana, cuya mirada destila una sensibilidad infinita, una pureza y una dulzura al alcance de muy pocas representaciones de la Madre de Dios. Una imagen «extremadamente delicada, una porcelana», tal y como la ha definido, con gran acierto, su vestidor Manuel Jiménez, un hombre capaz de extraer y potenciar la magia inagotable de esta talla, hasta hace poco una de las grandes desconocidas de las dolorosas cordobesas.
Con motivo de los cultos que la Hermandad de Pasión consagrado estos días en honor de la Madre del Nazareno de San Basilio, que tienen su punto álgido con el besamanos de este sábado, el artista cordobés ha concebido, como solamente él sabe hacer, un conjunto irrepetible con algunos elementos singulares que se compaginan con otros que son seña de identidad de la iconografía habitual asociada a la joya que el Alcázar Viejo atesora en sus entrañas. De este modo, la Virgen luce el antiguo manto rojo de salida amén del magnífico encaje de Bruselas, que forma parte de su ajuar y que enmarca su dulcísimo rostro.
Sobre sus sienes, la corona de Seco Velasco, en su mano un rosario y clavado en su pecho el puñal de Manuel Valera para construir un excepcional conjunto concebido por el vestidor cordobés con el objetivo de provocar una vez más un diálogo íntimo entre el devoto y la Madre de Dios y propiciar la oración. Todo ello complementado con la saya burdeos y la toca sobre manto, ambas piezas realizadas por Mercedes Castro, para concretar un excelente conjunto al alcance de los paladares más exigentes.





