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Miradas bajo el cubrerrostro, 💙 Opinión

La Casa de Hermandad

Llevo un rato en mi procesión, dentro de mis pensamientos, resguardado bajo mi cubrerrostro. Y me viene esta reflexión… ¿Hermanos o Cofrades?

¿Pero no es lo mismo? ¿Los cofrades no somos hermanos? ¿Y los hermanos no son cofrades?… Pues a veces no lo tengo tan claro.

Todos los miembros de una Hermandad, todos los Hermanos, tenemos una serie de factores, circunstancias, intereses, que nos unen. Tenemos una misma FE. Tenemos devoción a unos mismos TITULARES. Debemos desear lo mejor para la HERMANDAD, no sólo como entidad, sino como grupo católico que somos.

Y debe ser un pilar fundamental de la vida de toda hermandad el potenciar y buscar nuevos puntos en los que coincidir y hacernos mejorar. Nunca debemos buscar y dar importancia a esas cosas que nos desunen, a intereses personales y egoístas. Y convertirnos sólo en Cofrades.

Cuántas veces le habré dicho a mis hermanos la misma reflexión: si en vez de fijarnos en que a cada uno le gusta una manera de vestir a la Virgen, un tipo de flores o de música, cómo organizar cualquier evento, nos parásemos a pensar en que cada noche, cuando no quedamos solos en ese momento de intimidad antes de dormir, cuando elevamos nuestras plegarias al Cielo, todos los miembros de la Hermandad le ponemos la misma cara a Jesús y a su Madre; que todos cuando rezamos al Señor nos lo imaginamos con la cara de nuestro Titular, y que cuando le pedimos algo a Nuestra Madre, es la cara de nuestra Virgen la que se nos viene a la mente, entonces las cosas serían mucho más fácil de llevar en las hermandades.

Todos estamos en una Hermandad por un motivo: VIVIR NUESTRA FE EN GRUPO.

Aunque los caminos por los que cada cual ha llegado a su Hermandad puedan ser distintos (familia, amigos, devoción particular, etc.) la realidad es que hay algo que nos mantiene unidos y que hace llamarnos y sentirnos HERMANOS. Y ese algo es la devoción a nuestros Sagrados Titulares.

No hay hermanos de diferentes categorías, a pesar de que muchas veces caigamos en las distinciones y en sentirnos unos más que otros. Es el momento en el que volvemos a ser sólo Cofrades, ese momento en el que distinguimos a algunos frente a otros.

Valoramos la antigüedad, el origen de ese hermano, las horas que le dedica a la Hermandad, los donativos que hace… Todo ello es digno de agradecer y reconocer. Pero no podemos olvidar nunca que todo lo que hacemos por y para nuestra Hermandad es algo que hacemos de forma voluntaria; por ello no debemos esperar nada a cambio como contraprestación, reconocimiento o premio. Esto desvirtuaría y pervertiría el concepto de cofrade y de cristiano.

Lo único que nos debe identificar y definir a los Hermanos de cualquier Hermandad es la CALIDAD HUMANA Y CRISTIANA. Con los demás hermanos y con todo aquél que pueda necesitarnos.

Son muchas las circunstancias que nos pueden distraer y mantener ocupados en el devenir cotidiano de cada Hermandad. Y hacernos sentir más Cofrade que Hermano. Sin embargo, siempre debemos tener presente, por encima de prisas, calendarios, preparativos, etc., las necesidades de cualquier hermano que se acerque a la Casa de Hermandad. Y en especial, las necesidades humanas.

La Casa de Hermandad, como todos conocemos a ese lugar de reunión entre los hermanos, y no la Casa de los Cofrades (denominación con tintes más bien comerciales) debe ser un lugar de encuentro, un refugio en caso de necesidad, de soledad, de calor humano de un hermano.

Cualquier Hermano no debe acudir a la Casa de Hermandad y entenderla como la sede de la Cofradía.

Todo Hermano tiene que saber que viene a CASA. Al lugar donde sus hermanos le esperan y le acogen. Donde poder olvidar preocupaciones; donde encontrar otro hermano que escucha y ayuda. Seguro que hay quien se siente solo o desorientado. Y no sienten que tienen una CASA a la que acudir siempre que lo necesite. Una CASA abierta, viva, llena y plena que le espera. Donde no sentirse extraño. SU CASA.

Por ello, las Casas de Hermandad deben ser lugares abiertos, llenos de vida, donde poder desarrollar no sólo actividades propias de la Hermandad o la Cofradía. Vuelvo a tomar las palabras de mi amigo el P. J. Daniel Cuesta, en su extremadamente recomendable obra “La Procesión va por dentro”, cuando menciona el pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el que se dice que “compartían la comida con alegría y sencillez sincera”. Y continúa diciendo que en las Hermandades y Cofradías “somos expertos en pasar de la Misa a la mesa”, o más cofrade aún, “de la Misa a la barra del bar”. Muy pocos de los que nos movemos en estos ambientes, al finalizar un acto, una misa, un ensayo de costaleros, un montaje, o cualquier otra cosa que nos hace reunirnos, no terminamos compartiendo una conversación con una bebida o algo de comer, para hablar de lo divino y de lo humano y, de paso, arreglar las Cofradías (como si eso tuviese arreglo). Y es en esos momentos en los que volvemos a sentirnos Hermanos, en los momentos en los que compartimos charlas y vivencias “con alegría y sencillez sincera”. Pues a aquellos Apóstoles y primeros cristianos es a quienes debemos emular con nuestras vidas y nuestra forma de actuar.

Puede ser un camino largo y tortuoso el que hay que recorrer hasta llegar a esa meta, pero no por ello debemos dejarla de lado. La Iglesia y la Semana Santa necesita, quizás, de menos Cofrades y, sí, de más Hermanos. Porque no siempre una cosa lleva a la otra.

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