Bien sabes el año tan durito que me espera. Lo familiar, crecerá, si Dios quiere. El trabajo, regulín regulan, que Dios me lleve. Pero bueno, que nos quiten lo que vamos a empezar a bailar, a disfrutar, o ensayar desde esta o la siguiente, o la siguiente semana.
También sabes el esfuercito que se hace a veces, dejando tantas cosas, por embarcarte en más de una Hermandad, en más de una cuadrilla, los amigos son los amigos, y esta afición es tan bonita como que le viene grande al que critica que sea nuestra afición.
Es insano a veces el dolor de las despedidas, te deja marcado y triste, pero se recobra sabiendo que a veces, las despedidas no son más que un hasta luego, nunca un adiós, nunca se le dice ni a su Madre ni a Dios, Adiós.
Me esperan meses de recordar a tantos y tantos con los que he reído, he disfrutado, he sufrido y hemos aguantado, todo por el bien del grupo, por sustentar la tradición de años y años, como aquellos en que, y bien lo saben muchos, se sufría, pero las caras de al lado eran conocidas, como que eran las de siempre, los de siempre.
Echaré de menos tu petalá, echaré de menos tus marchas, tu trabajadera, tu frío en los ensayos, pero sobre todo tu calor en el día mágico del comienzo de todo.
Encima, me entero que ya no pasarás por aquel revienta cuádriceps que era el arco de San Francisco, que harás completa la subida hacia las ruinas de un templo, haciendo del azahar tu aroma, tiene narices la cosa.
Pero si algo echaré en falta, si algo me va a doler de verdad, será el regreso ya con la noche consolidada, Socorro, San Pedro, y Santa Gema, que casi es la madrina que nos manda volver otro año, y yo este voy a fallarle, pero que sepa que volver, volveré, siempre se vuelve al lugar donde se fue feliz, aunque Sabina no estuviera muy de acuerdo.
No sé qué mas decirte. La pena es mejor llevarla con una sonrisa, y la deuda queda pendiente y lacrada en mi corazón, pues sabes que, como en las cartas de amor siempre te rezo, siempre tuyo, Amada Concepción.





