Un hito en la religiosidad popular andaluza
El 8 de junio de 1919, la Virgen del Rocío, devoción sin parangón en el sur peninsular, fue solemnemente coronada en un acto que marcó un antes y un después en la historia de la religiosidad popular en Andalucía. La singularidad de este acontecimiento no radica únicamente en su dimensión ceremonial, sino en la abrumadora adhesión colectiva que lo precedió y sostuvo. El culto a la Santísima Virgen del Rocío, también conocida como la Blanca Paloma, ha trascendido generaciones, fronteras geográficas y estructuras eclesiales, como lo evidencian las multitudes que, año tras año, peregrinan a su ermita en la marisma almonteña, movidas por un fervor que no admite parangón.
El origen de una idea: Muñoz y Pabón y la proclama desde Sevilla
La semilla del proceso de coronación se plantó el 25 de mayo de 1918, cuando el canónigo Juan Francisco Muñoz y Pabón, natural de Hinojos y entonces vinculado a la Catedral de Sevilla, publicó en El Correo de Andalucía un artículo fundamental titulado La pelota está en el tejado. En sus líneas, lanzaba un llamamiento cargado de convicción y prudencia espiritual: «Apoyándome en el pensamiento del consejo de Gamaliel en el Sanedrín, en pro de la causa de los Apóstoles, me atrevo en estas líneas á lanzar una idea: seguro de que, si es de Dios y de su Santísima Madre, prevalecerá, y si es cosa mía, se desvanecerá ella sola como el humo». La propuesta, sencilla en su forma pero revolucionaria en su alcance, afirmaba con contundencia: «La imagen de Nuestra Señora del Rocío, Virgen la más Popular de toda esta Andalucía baja […] no está canónicamente coronada, y lo debiera estar».
Muñoz y Pabón desplegaba una argumentación comparativa al señalar que ya habían sido coronadas otras imágenes de fuerte raigambre devocional como la Virgen del Pilar en Zaragoza, los Reyes en Sevilla, las Angustias en Granada o la Cabeza en Andújar, para concluir que ninguna de ellas, salvo la del Pilar, podía igualarse al Rocío en cuanto a extensión y profundidad del fervor. El Rocío, proclamaba, debía ser considerado un «monumento nacional», no sólo por su ermita, sino por su naturaleza de institución, promesa, exvoto, romería, y «rosario y sermón que no se oye, porque los vivas son más elocuentes que los razonamientos».
«La pelota está en el tejado»: el artículo original de Muñoz y Pabón
Apoyándome en el pensamiento del consejo de Gamaliel en el Sanedrín, en pro de la causa de los Apóstoles, me atrevo en estas líneas á lanzar una idea: seguro de que, si es de Dios y de su Santísima Madre, prevalecerá, y si es cosa mía, se desvanecerá ella sola como el humo.
La idea es esta.
La imagen de Nuestra Señora del Rocío, Virgen la más Popular de toda esta Andalucía baja; con culto el más ferviente y la más acendrada devoción en las dos vastas provincias de Sevilla y Huelva, no está canónicamente coronada, y lo debiera estar.
¿No lo están la del Pilar, de Zaragoza; la de los Reyes, de Sevilla; la de las Angustias, de Granada; la de Begoña, allá por tierras vascongadas; la de los Milagros, del Puerto de Santa María; la de la Cabeza, de Andújar; la de los Remedios, de Fregenal de la Sierra…? Pues bien: aparte la del Pilar pues quien dice el Pilar dice toda España, ninguna de las anteriormente citadas, cuenta con una devoción más extendida. Ninguna tiene “una hermandad” en sinnúmero de pueblos de la región; ninguna encarna una fe más grande ni un amor más ardiente en partidos y partidos…
El Rocío, decía yo hace años en un artículo que corre por ahí, debiéra ser declarado “monumento nacional”. No aquella poética ermita de las marismas almonteñas, con ser, como lo es en efecto, el relicario de todos los amores del Condado y del Aljarafe… el lacrimatorio de las penas de aquel terruño, como propiciatorio que es de las grandes misericordias de la Reina y Madre de misericordia: sino el Rocío-costumbre; el Rocío-institución: el Rocío, carreta del sin-pecado… el Rocío, tamboril y dulzaina… el Rocío, promesa y el Rocío, exvoto … el Rocío, peregrinación á pie y el Rocío, penitencia… el Rocío, rosario y sermón que no se oye, porque los vivas son más elocuentes que los razonamientos… el Rocío, procesión, que há menester para desenvolverse, y aun así le viene estrecha, toda la inmensidad de la marisma… ¡Todo esto es lo que yo quisiera que se declarase monumento nacional! —esto es: intangible— para que los venideros lo heredasen, tal y como nosotros lo hemos recibido.
Un presagio literario: El «traje de luces» de Niebla Cristóbal
Ya en 1916, dos años antes de la publicación de Muñoz y Pabón, el presbítero Niebla Cristóbal Jurado Carrillo había anticipado la idea en un breve cuento publicado en Lérida, El traje de luces, donde un torero andaluz expresaba su anhelo por la coronación de la Virgen del Rocío, lo que evidencia que el proyecto, aunque cristalizado en Sevilla, estaba vivo en otros círculos.
La bula pontificia y el inicio de los preparativos
El 8 de septiembre de 1918, la Santa Sede expidió la bula que autorizaba formalmente la Coronación Canónica de la Virgen. La noticia fue acogida con honda emoción por el pueblo rociero, que desde hacía décadas reclamaba ese gesto de reconocimiento litúrgico. La fecha culminante fue fijada para el 8 de junio de 1919, y la ceremonia se desarrollaría en la aldea del Rocío bajo la presidencia del cardenal Enrique Almaraz y Santos, arzobispo de Sevilla.
Para lograrlo, la archidiócesis organizó una vasta red de colaboración. De común acuerdo con el Muy Ilustre Sr. Lectoral, el prelado hispalense dispuso la constitución de dos juntas, una femenina y otra masculina, encargadas de recaudar limosnas y coordinar los preparativos materiales y espirituales de la coronación. Al mismo tiempo, se cursaron Preces de ritual a Roma y se difundió una circular por los pueblos devotos, además de aprovechar el diario El Correo de Andalucía como órgano de comunicación oficial del proceso.
Una corona para la Reina: artesanía y simbolismo
El mayor empeño se centró en la confección de la corona de oro, para lo cual se recabaron donativos sin distinción de cuantía, y todos los nombres de los benefactores, grandes o pequeños, serían inscritos en un corazón-solitario que la Virgen luciría en el pecho. La corona fue confiada al orfebre Ricardo Espinosa de los Monteros, quien empleó más de dos kilos y medio de oro. La primera propuesta de diseño, presentada por María Almaraz y Santos, fue rechazada por Muñoz y Pabón, quien abogó por una réplica de la corona de la Inmaculada de Arfe, conservada en la Catedral de Sevilla. Tras una segunda reunión celebrada en diciembre de 1918, se alcanzó un acuerdo definitivo, introduciendo doce estrellas, imperiales y una cruz rediseñada.
La pieza final, de oro macizo y engastada con piedras preciosas, fue expuesta al público en el escaparate de la Casa Izquierdo, en la calle Francos de Sevilla, durante los últimos días de mayo de 1919. Con las joyas restantes se elaboró un rostrillo de gran belleza, mientras las antiguas ráfagas y la media luna – donadas por Tello de Eslava en el siglo XVIII – fueron restauradas. La corona del Niño Jesús fue una obra del diseñador José de los Reyes Cantueso, donada por Ignacio Cepeda, vizconde de La Palma, y ejecutada en la joyería Sobrinos de Reyes. Estaba compuesta por 35 perlas grandes, 11 brillantes, 4 amatistas y numerosos brillantes pequeños, valorándose en 15.000 pesetas.
La jornada culminante: la Coronación Canónica del 8 de junio de 1919
El 6 de junio, el cardenal Almaraz arribó a Almonte y, tres horas más tarde, fue recibido en la aldea del Rocío por una multitud exultante. El día siguiente, sábado 7 de junio, se celebró una Misa solemne en el altar de la Virgen y comenzaron a llegar las hermandades, que eran acogidas a partir de las seis de la tarde por la Hermandad Matriz.
En la madrugada del domingo 8 de junio, en torno a las cinco, la Virgen fue trasladada al estrado dispuesto en el Real. A las diez de la mañana, dio inicio la ceremonia, comenzando con la lectura de la bula pontificia, la bendición de las coronas y el juramento de fidelidad de los señores que custodiarían las insignias. La Eucaristía fue celebrada por Miguel Castillo Rosales, auxiliado por Rafael Carnevali y Juan Pablo Osorno como diácono y subdiácono. Coronado primero el Niño, fue entonces cuando Muñoz y Pabón ofreció la corona de la Virgen al cardenal, quien procedió a imponerla sobre las sienes de la Blanca Paloma a las once y cuarto de la mañana, pronunciando solemnemente:
«Así como te coronamos en la tierra, merezcamos, por tu intercesión, ser coronados en el Cielo».
Epílogo de un acto trascendental
Concluida la ceremonia, el fervor no decreció. Antes bien, la devoción rociera adquirió un nuevo estatuto canónico y emocional. Aquella jornada del 8 de junio de 1919, vivida por 25.000 personas, supuso no sólo el cumplimiento de un anhelo secular, sino también la consagración definitiva de una devoción que, en palabras de Muñoz y Pabón, ya era “el relicario de todos los amores del Condado y del Aljarafe”. A 106 años de aquella memorable coronación, la Virgen del Rocío sigue siendo el eje de una espiritualidad que, lejos de menguar, se proyecta con fuerza inusitada hacia el porvenir.





