La crónica | Antonio Alcántara proclama la Semana Santa de Santa Cruz con un pregón de hondura lírica, memoria compartida y verdad cofrade

Una palabra encendida que trasciende el atril y se hace pueblo

La proclamación de la Semana Santa de Santa Cruz ha hallado en la voz de Antonio Alcántara una expresión de singular intensidad literaria y emocional, capaz de trascender los límites del discurso para convertirse en latido colectivo de una comunidad entera. Cofrade de acreditada trayectoria, forjado en el mundo del costal y reconocido por su magisterio semanal en ese “pequeño rincón de libertad que llamamos Gente de Paz”, el pregonero, que ha sido presentado por Jesús Oller -que ha leído la emotiva introducción redactada por Juan Berrocal, ausente por una convalecencia-, ofreció una intervención que conjugó experiencia vital, teología popular y una profunda conciencia de pertenencia.

Desde su arranque, el pregón se configuró como una meditación sobre el significado mismo de Santa Cruz, articulada en torno a una evocación que, por su densidad simbólica, marcó el pulso de toda la pieza: “Santa Cruz… qué palabra tan pequeña para tanto cielo”. A partir de esa afirmación inicial, Alcántara desplegó una poética de lo esencial, donde cada término se carga de resonancias espirituales y humanas.

La semántica de lo sagrado: entre la santidad y el sacrificio

El pregonero descompuso el nombre de Santa Cruz para reconstruirlo como categoría existencial, deteniéndose en la potencia de cada una de sus partes. “Santa, como si al nombrarla se santiguara el aire… como la oración que no se dice con la boca sino con los pasos”, proclamó, en una formulación que eleva lo cotidiano a dimensión trascendente.

En paralelo, la Cruz fue presentada no como objeto, sino como experiencia vital totalizante: “Cruz es camino, es escuela, es abrazo y es herida… la que hace caer, pero también levantar”. La reiteración anafórica y el ritmo cadencioso dotaron a este pasaje de una fuerza casi litúrgica, en la que se sintetiza la paradoja del dolor redentor.

Santa Cruz como identidad: un pueblo que se reconoce en la fe

Más allá de su dimensión religiosa, el pregón definió Santa Cruz como una forma de ser y de estar en el mundo, despojándola de cualquier reduccionismo geográfico: “Santa Cruz no es un punto en el mapa… es un latido que se hereda”. En este sentido, el discurso adquirió una clara dimensión antropológica, al presentar la fe como herencia emocional transmitida de generación en generación.

Las imágenes evocadas por Alcántara construyen un imaginario profundamente reconocible, donde lo doméstico se convierte en símbolo: “Es el olor a madera vieja en la casa de hermandad… es el costal doblado sobre la silla, esperando la noche”. Cada elemento citado remite a una memoria compartida que trasciende lo individual.

El pregón como confesión: la voz que nace del costal

Uno de los ejes más poderosos de la intervención fue su carácter confesional. Lejos de adoptar una posición distante, el pregonero se situó en el centro de la vivencia: “Yo no vengo a hablar de libros ni de títulos… vengo a hablar con mi voz ronca, rota”. Esta declaración marcó un giro hacia la autenticidad, donde la palabra se legitima desde la experiencia.

El costal emerge así como espacio iniciático y lugar de revelación, en el que la fe se experimenta en su forma más pura: “desde lo hondo del claustro del costal, donde el sudor se mezcla con la fe”. En este ámbito, el pregón deja de ser discurso para convertirse en testimonio.

El origen del sentimiento cofrade: infancia, memoria y descubrimiento

Alcántara dedicó un extenso pasaje a describir el nacimiento del sentimiento cofrade, situándolo en la infancia como momento fundacional: “Nace cuando un niño descubre… que una vela encendida tiene más verdad que mil libros”. La imagen, de gran potencia evocadora, subraya la primacía de la experiencia sobre el conocimiento racional.

El pregón se construye así como una arqueología de la emoción, en la que cada recuerdo —la cera en los dedos, la espera en una esquina, la voz de una abuela— se integra en una narrativa que pertenece ya no al individuo, sino al conjunto del pueblo: “cuando nace, ya no es del pregonero… es del pueblo entero”.

Los pilares invisibles: costaleros, mujeres y músicos

El reconocimiento a los protagonistas anónimos de la Semana Santa ocupó un lugar central en el discurso. Los costaleros y costaleras fueron exaltados como auténticos portadores del misterio, en una formulación que trasciende lo físico: “No se lleva un paso… se lleva una promesa, una catequesis”.

De especial profundidad resultó el homenaje a las mujeres, descritas como custodias silenciosas de la tradición: “Siempre hay una mujer detrás… una abuela que reza sin prisa porque sabe que Dios escucha mejor cuando se le habla despacio”. La enumeración de figuras —madres, esposas, hermanas— compone un retrato coral de la fe doméstica, aquella que se transmite sin estridencias.

Los músicos, por su parte, fueron elevados a la categoría de intérpretes de lo sagrado, capaces de transformar el espacio urbano en experiencia espiritual: “Cuando una corneta estalla, se rompe el silencio de Dios”. La música aparece así como lenguaje que trasciende la palabra, prolongando el pregón en el aire.

La ciudad como templo: calles, aromas y liturgia popular

El pregón desplegó una rica cartografía emocional de Santa Cruz, donde cada espacio adquiere valor simbólico. La Parroquia de la Encarnación fue definida como “lumbre que no se apaga… madre de todas las salidas”, mientras que el recorrido procesional se convierte en itinerario espiritual.

Las calles —Merina, Ancha— son descritas con una sensorialidad envolvente, en la que el azahar, la cera y la noche configuran una atmósfera única: “Nombre que suena a incienso y a campana rota… que huele a primavera, pero también a duelo”. Esta dualidad refuerza la idea de la Semana Santa como síntesis de vida y muerte, de celebración y memoria.

La dimensión escatológica: memoria de los ausentes y comunión de los vivos

Uno de los momentos más conmovedores del pregón fue la evocación de quienes ya no están. Alcántara construyó un discurso en el que la ausencia se convierte en presencia intangible pero real: “Ellos ya no están en la acera, pero están en cada oración que nace del pecho”.

La Semana Santa aparece así como espacio de reencuentro entre generaciones, donde el tiempo se diluye y la memoria se activa: “les decimos ‘míralo, ya está aquí’… les guardamos el sitio de siempre”. Este pasaje dota al pregón de una profundidad existencial que trasciende lo estrictamente religioso.

Cristología poética: la contemplación del misterio

En su tramo final, el pregón alcanzó una cota de elevada elaboración teológica, especialmente en la descripción del Cristo Amarrado a la Columna. “No hay protesta en tu dolor… solo hay fuerza callada”, proclamó, configurando una imagen de Cristo como paradigma de la entrega absoluta.

La noche de Nisán, presentada como marco simbólico, refuerza la dimensión universal del acontecimiento: “la luna… no ilumina: bendice”. En este contexto, las imágenes procesionales —la Borriquita, el Nazareno, la Virgen de los Dolores— se integran en una narrativa sagrada que trasciende el tiempo histórico.

Particular intensidad alcanzó la descripción del Nazareno: “Ahora viene Él… y Santa Cruz lo sabe”, en una secuencia de gran fuerza dramática donde el silencio se convierte en lenguaje elocuente. Su mirada, según el pregonero, “no se explica… se recibe”, condensando en esa afirmación la esencia de la experiencia devocional.

Un pregón que permanece: palabra, emoción y legado

La intervención de Antonio Alcántara se cerró como comenzó: desde la conciencia de estar pronunciando algo que pertenece al pueblo. “Que al decir Santa Cruz, lo digamos despacio… como se dicen las cosas que no se olvidan jamás”, expresó, dejando una impronta de serenidad y permanencia.

El pregón, en su conjunto, puede entenderse como una síntesis de tradición, memoria y vivencia personal, en la que la palabra no solo describe, sino que convoca, emociona y transforma. En definitiva, una proclamación que, más allá de anunciar la Semana Santa, ha logrado encarnarla en el corazón de quienes la escucharon, confirmando a Antonio Alcántara como voz autorizada de una fe que se vive, se siente y se transmite.