La crónica | Córdoba borda con su fe el sendero hacia la Virgen del Rocío

Cientos de cordobeses han acompañado esta tarde a la filial por las calles del casco histórico en su emocionante salida hacia la aldea almonteña.

Ha comenzado el camino. La ciudad ha entregado su corazón romero a la Virgen del Rocío en una jornada marcada por la emoción, la belleza y el fervor. La Misa de Romeros, celebrada a las 16:30 en la Real Iglesia de San Pablo, ha sido el pórtico solemne del anhelado peregrinar. A su término, el Simpecado blanco y oro ha sido entronizado en su carreta recién culminada, con el techo tallado por los Hermanos Fernández de Sevilla, dando inicio a un recorrido que ya late con promesas y plegarias.

La ciudad ha respondido con fe desbordada. Desde que la comitiva ha comenzado a recorrer las calles, mientras se multiplicaban los vivas a la Virgen del Rocío, a San Juan Pablo II y a la hermandad que abre los caminos hacia la aldea prometida, un río de personas ha acompañado al cortejo, llevando en el corazón las súplicas y promesas que desean hacer llegar hasta las plantas de la Blanca Paloma. Como un susurro colectivo, Córdoba ha depositado su esperanza en la carreta de plata, entregando a la Hermandad el encargo sagrado de presentarlas ante la Reina de las Marismas.

A las 19:00 horas, el cortejo ha alcanzado la Santa Iglesia Catedral, donde el obispo de Córdoba, Jesús Fernández, ha aguardado la llegada de los peregrinos. Con emoción contenida, ha bendecido el Simpecado en un gesto que ha calado profundamente entre los rocieros, marcando un histórico primer encuentro entre el nuevo pastor diocesano y la Hermandad cordobesa.

En el emotivo acto, Monseñor Jesús Fernández González ofreció una profunda reflexión espiritual en torno al sentido de la peregrinación, hilvanando una serie de consideraciones cargadas de simbolismo y esperanza, en las que no faltaron las referencias al magisterio del Papa Francisco.

El Obispo abrió su intervención con una meditación sobre el significado de caminar hacia el Santuario almonteño, definiendo este viaje como una imagen de la existencia humana: “una parábola de la vida, una experiencia de fe”, expresó. Lejos de entender la peregrinación como un mero desplazamiento físico, el prelado la describió como una oportunidad para el crecimiento interior, un proceso de transformación en el que el alma se desprende de lo superfluo para abrirse a lo esencial: “un cambio de vida, una oportunidad para mejorarla e ir dejando atrás cosas que no nos gustan”. A continuación, animó a los presentes a aprovechar estos días de camino como un espacio privilegiado para el encuentro, tanto con Dios como con los demás peregrinos.

Monseñor Fernández citó las palabras del Papa Francisco para ahondar en esta dimensión espiritual, recordando que el Pontífice ha definido la peregrinación como “una verdadera profesión de fe”, subrayando así su carácter testimonial y eclesial.

En un tono íntimo y pastoral, el Obispo insistió en que el camino hacia El Rocío no está exento de sacrificios, y que precisamente en esas pruebas se esconde el valor penitencial del peregrinar: “es una penitencia, en la que habrá dificultades y esos sufrimientos hay que regalárselos a María como madre nuestra, que nos quiere y nos cura con amor de madre”, declaró con emoción. En este sentido, recordó que la peregrinación no es una experiencia individualista, sino una vivencia profundamente comunitaria: “es un acto de Iglesia y toda la Diócesis peregrina con vosotros”, apuntó, animando a los hermanos a llevar en sus corazones las intenciones de toda la comunidad diocesana.

A título personal, Monseñor Fernández solicitó oraciones por su ministerio episcopal, recién iniciado en Córdoba, y lo hizo desde la humildad del que se sabe servidor del Evangelio: “quiero servir y traer lo único que tengo, mi fe en Jesucristo”, confesó. Asimismo, pidió a los rocieros que encomienden a la Virgen las necesidades de toda la diócesis: sacerdotes, religiosos, cofradías, laicos comprometidos, y muy especialmente, “las necesidades de la gente que vive en pobreza y exclusión para que el Señor les ayude y nosotros no les dejemos en el camino”.

La alocución concluyó con un sincero agradecimiento a los peregrinos por su testimonio, sus ganas de mejora espiritual y su firme compromiso cristiano: “gracias por esa profesión de fe, por el deseo de conversión para ser cada vez mejores ante Dios y los hermanos, por su coraje y valentía”, proclamó el Obispo conmovido.

Con estas palabras, el pastor diocesano alentó a los rocieros cordobeses a vivir su peregrinación no como una rutina, sino como una llamada a la autenticidad evangélica y a la entrega generosa, bajo la maternal protección de la Blanca Paloma.

Al retomar la marcha, en la calle Cardenal González, una emotiva petalada ha caído como una lluvia de promesas sobre la carreta del Simpecado. Ha sido un instante de pura emoción, en el que los sentimientos se han entremezclado como en un retablo vivo: la ilusión de quienes portaban por vez primera la medalla de la hermandad, el nervioso entusiasmo de los más pequeños que correteaban alrededor de sus padres, la ternura serena de los abuelos que caminaban de la mano de sus nietos, y el recuerdo emocionado de los que ya no están, cuyas promesas siguen vivas en el eco de las sevillanas y en el brillo de las miradas.

Así ha sido la petalada al Simpecado de la Hermandad del Rocío de Córdoba en Cardenal González 2025

En este momento de gracia, la ciudad se ha hecho oración colectiva. No han hecho falta palabras para comprender que el Rocío no solo se camina: se lleva en el alma, en la sangre y en la memoria.

A las 21:00 horas, en los Jardines Virgen del Rocío, la jornada ha vivido unos de sus hitos culminantes con el Canto de la Salve, entonado con emoción por cientos de gargantas al caer la tarde. La escena, bajo la luz dorada del anochecer, ha sido uno de esos instantes que quedan grabados para siempre en la historia íntima de una hermandad y su pueblo, como ocurre casa año con la despedida a las puertas de San José y Espíritu Santo, en el corazón del Campo de la Verdad.

Los nuevos faldones y tapones de los bujes, regalo del Grupo Joven, así como la nueva vara de promesas fruto del compromiso de los peregrinos, han despertado el interés de muchos en esta salida, en la que tradición y renovación han caminado de la mano.

Con la emoción aún prendida en el aire, la Hermandad de Córdoba continua ahora su andadura por los caminos del sur, rumbo a la Finca del Cañuelo, donde esta noche descansará tras un día cargado de alegría, belleza y emoción.

Luego llegará el polvo del camino, la hondura de la campiña y la belleza austera de los senderos que conducen al alma del Rocío. Llegarán las mañanas frescas de campamento, los cantos improvisados al alba, las miradas al horizonte, el crujir de las maderas, el susurro de los rezos y el paso lento pero firme de quienes avanzan, día tras día, hacia la Blanca Paloma.

Un recorrido extenso y exigente

En el segundo día de camino, la hermandad cubrirá 35,9 kilómetros hasta alcanzar el Cortijo Bahillo, en el Garabato, abriendo así el cuerpo a la fatiga y el corazón a la esperanza. La siguiente jornada será aún más intensa, con más de 35 kilómetros hasta La Luisiana, tras cruzar la siempre evocadora Écija. El domingo, el sendero ofrecerá algo de tregua, con unos 30 kilómetros hasta la Finca Fuente del Moro, entre Marchena y Carmona, dejando huella en Fuentes de Andalucía, donde tantos peregrinos entonan con fuerza sus plegarias.

El lunes, la marcha se hará más ligera, con 25 kilómetros hasta el Cortijo de Neblines, donde la convivencia entre carretas forja amistades que perduran. El martes, Córdoba seguirá avanzando por tierras sevillanas, hasta llegar al Cortijo de Bujadillos, en Utrera, tras haber recorrido 28 kilómetros repletos de vivencias, cantos y promesas.

Los días más intensos antes de la llegada

El miércoles, la jornada se tornará desafiante, pues la hermandad llegará a Coria del Río, donde la barcaza los llevará a cruzar el Guadalquivir, tras más de 28 kilómetros de esfuerzo. El jueves, uno de los días más simbólicos, les conducirá desde Coria hasta Villamanrique, dejando atrás el Vado del Quema, donde el agua se convierte en lágrima de emoción y en sacramento del camino.

El viernes, por fin, se vivirá la jornada más anhelada. Desde Villamanrique, la hermandad hará una parada en el Palacio de la Raya Real y, tras pisar la legendaria Raya, alcanzará el lugar que llena de sentido cada paso: la aldea de El Rocío. Allí, entre olés, lágrimas y vivas, Córdoba se rendirá, como cada año, a los pies de la Virgen.

Momentos vibrantes

Pero el camino no es solo físico: es alma y corazón. Cada jornada, a las 12:00 horas, los romeros detendrán el paso para elevar al cielo el Ángelus, esa oración que une generaciones y pueblos bajo el mismo amor. Al anochecer, en el silencio del campo, se celebrará la Santa Misa, que alimenta la fe y renueva las fuerzas.

El sábado 7 de junio se vivirá uno de los momentos más intensos: la presentación de la hermandad cordobesa ante la Virgen del Rocío, cuando el Simpecado blanco y oro se incline con solemnidad ante la Reina de las Marismas. Y el lunes, al despuntar el día, será Ella la que salga a su encuentro en la procesión más esperada del año, donde el corazón de Córdoba volverá a latir a los pies de la Blanca Paloma, en el instante más sagrado de toda la romería.

El Rocío ya ha comenzado para Córdoba, y con él, una nueva oportunidad de volver a encontrarse con la Madre de Dios en el paraíso blanco de las arenas. Porque como esta tarde ha demostrado, Córdoba sigue sabiendo caminar con el alma encendida hacia la Virgen del Rocío.