Las inclemencias meteorológicas han impedido que la ciudad de Córdoba haya conmemorado como merecía el 600 aniversario de la instauración del primer Vía Crucis de Occidente, cuya celebración en el interior de las naves catedralicias estaba previsto que estuviese prologado por una auténtica procesión extraordinaria por las calles de Córdoba, presidida por el Cristo de San Álvaro que, a los sones de la Banda de cornetas y tambores de la Salud, debía haber recorrido la distancia que separa la iglesia de San Andrés y la Santa Iglesia Catedral, tras haber protagonizado otro traslado desde San Agustín hasta San Andrés esta misma mañana.
Todo ello se ha ido al traste por culpa de la lluvia y, en su lugar, las cofradías cordobesas han rezado el Vía Crucis de manera íntima y sin público, toda vez que el Cabildo Catedral no ha permitido el acceso a nadie que no formase parte del cortejo, salvo caminando tras el crucificado pero no pudiendo presenciar el discurrir del acto, como en cualquier Vía Crucis de tantos que recorren, continuamente, los puntos cardinales de la geografía cofrade. Una decisión, en mi opinión, incomprensible e irracional que debe ser subrayada pese a reproducirse cada año. Si el Vía Crucis no puede ser compartido por el pueblo de Córdoba porque hay quien piensa que la Catedral es una especie de coto privado de utilización exclusiva para algunos, ¿qué sentido tiene? Y compartirlo es presenciarlo, acompañando con el rezo. Dificilmente se puede esperar que los cristianos defendamos la titularidad de la Catedral si no nos dejan sentirla como la casa de todos. Lo cierto y verdad es que la vigilancia privada solo permitía el acceso al interior de la Catedral a quienes formaban parte de las representaciones de las Hermandades, a los fieles que solo han podido situarse tras el cristo y a quienes gozan de la dádiva omnipotente de la acreditación «digital», repartida entre amigos y correligenarios.
Así, de manera íntima y exclusiva, se han rezado las ocho estaciones del Vía Crucis instaurado por el beato Álvaro de Córdoba hace nada menos que seis siglos, con un nutrido cortejo de cofrades que han recorrido el perímetro interior de las naves catedralicias culminando el culto en el altar mayor con unas sentidas palabras del Obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, presente en su último Vía Crucis como prelado, flanqueado por el Delegado diocesano de Hermandades, Pedro Soldado, que ha mostrado, con los cofrades que se han dado cita en el templo Mayor de la diócesis, su habitual cercanía.
Entronizado en la parihuela de la Hermandad de La Piedad de Palmeras, que lucía un hermosísimo exorno floral y contaba con la iluminación de los candelabros de la Hermandad del Tránsito, y a hombros de una cuadrilla mandada por David Pulido, el singular crucificado ha recorrido el interior de la catedral entre un sepulcral silencio, únicamente tamizado por los sones de la Capilla Musical Ad Finem Tecum y el rezo de las estaciones. Con la oración pronunciada por el obispo ha concluido el acto de culto y los cofrades han ido abandonando el templo ante la insistencia y absurda reiteración perpetrada por parte de la seguridad privada del Cabildo para que los miembros del cortejo se marchasen, incapaz de entender que nadie tenía intención alguna de pasar la noche en el interior de la Catedral.
De este modo, truncado por la lluvia inoportuna e inmisericorde, la ciudad de Córdoba ha celebrado de manera íntima los 600 años de la instauración del primer Vía Crucis de Occidente. Una conmemoración que si más de uno supiera cómo se gestó entraría en ebullición, que tendrá su segundo capítulo el próximo mes de octubre con la celebración del Vía Crucis Magno que acogerá la ciudad de San Rafael, cuya composición continua desgranándose paulatinamente, mientras las miradas de toda la geografía cofrade intentan dilucidar cómo será esta nueva cita para la historia, que se producirá en unos meses si el tiempo no lo impide.





























































































