La Crónica | Córdoba vive un Jueves Santo de nostalgias y vanidades

El Jueves Santo en Córdoba es un día de horfandades, que viaajan con el pensamiento, o materialmente, hacia otras latitudes, donde no hay que lamentarse de que, llegada la Madrugada del Viernes, haya  que ver a una cofradía sola (en determinadas partes, literal) por las calles de la ciudad.

Es una nostalgia honda, no tiene nada de poética, pues las procesiones empiezan pronto para que no se les haga muy tarde la recogida y, un año más, siga habiendo debates estériles sobre los horarios de la hostelería y demás condicionantes para que pueda haber noche de Jesús.

Con esos pensamientos se llega a la capilla del antiguo hospital de Jesús Nazareno, donde bien temprano comienza el Jueves Santo. Y lo hace con dos de las mejores tallas que conserva la ciudad. Nazareno y Nazarena atraviesan la piel de Córdoba con un silencio hiriente, que solo rasga la voz de su capataz, Francisco Luis Castaño, Sony, que manda con precisión quirúrgica ambos pasos, en una lección constante de crecimiento y experiencia. Y, al alejarse la Nazarena, el palio construye un adiós, siempre prematuro, que este año deja el guiño de los nuevos faroles de cola.

De ese silencio sobrecogedor se pasa al espectáculo militar de La Legión. El vestigio del pasado glorioso de los tercios se refleja en el del Gran Capitán, que acompaña al Señor de la Caridad. Una imagen portentosa, que en unas horas volverá a las calles de Córdoba, para presidir el vía crucis que la llevará a la Catedral, pero que antes va guiada con la maestría de uno de los grandes del martillo, Ángel Carrero, que muestra su dimensión como capataz anulando un ‘novio de la muerte’, que sería imposible de acompasar para casi cualquier cuadrilla.

Y el tiempo sí que pasa por Jesús Caído, en concreto por el palio de la titular mariana de la cofradía de San Cayetano, la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad. El Jueves Santo de 2025 ha sido el que ha visto en las calles de la ciudad la reforma integral del palio, que con el trabajo de Rafael de Rueda, Álvaro Doctor y Fernando Morillo, luce espectacular, cómo debe ser. Por su parte, Manolo Orozo y Rafa Giraldo son los mayores exponentes del crecimiento sustancial de las cuadrillas de la cofradía.

Desde Poniente a la Catedral y de la Catedral a Poniente, todos reconocen que la Hermandad de la Cena llegó para quedarse, crecer e ir camino de ser una referencia. Así lo demuestra el capataz del misterio, Carlos Lara, con una maestría y un momento de plenitud solo al alcance de los elegidos. Y lo expone, a su vez, el elegante palio de la Esperanza del Valle y el gusto con el que se desenvuelve la cofradía del Beato Álvaro por cada tramo de su recorrido.

Va languideciendo el Jueves Santo y Juan de Mesa asalta a la urbe que lo vio nacer. Su legado es inmortal, infinito. El profeta cordobés, el hombre que hizo de la imaginería un arte mayor y regaló devociones eternas y conversiones inimaginables. Antes del Gran Poder en Sevilla, el grupo escultórico de Las Angustias impacta al espectador, al turista que contará lo que vio (además de rellenar un porcentaje de las reservas hoteleras), a quien empieza a despedirse de la semana santa con una Piedad que arrebata el alma.

El Esparraguero, que ahora llaman Cristo de Gracia, se adentra en la madrugada del Viernes Santo entre saetas, cuando está regresando a casa. Su peculiar silueta dibuja centurias de devoción, de rogativas, del alma de una ciudad que va diciendo a adiós a su semana mayor con imágenes singulares como la de crucificado de los Trinitarios.

Ya queda menos. La orfandad comienza a dejarse notar, pero aun quedan la pequeña madrugada y el Viernes Santo, la nostalgia de lo que pudo ser, la vanidad de creer que se puede cambiar.