Se pone de manifiesto la acertada decisión de que la cofradía acudiera a la catedral por la mañana
Hay quien pudiera pensar que el público está cansado de toda una semana que ha sido espléndida. Pero Sevilla siempre puede más. A las ocho y media de la mañana las puertas de Santa Marina se abrían de par en par. Ya había amanecido. Se adivinaba un día de altas temperaturas. A medida que los nazarenos se acercaban al centro ascendía el mercurio de los termómetros.
Entre los estrenos de la cofradía, las potencias. Han sido labradas sobre plata de ley chapadas en oro realizadas por el taller de José Manuel Bernet, regalo de un grupo de hermanos por el cincuentenario de la hechura del Señor. Nuevos eran los paños de las bocinas, bordados en oro y sedas sobre terciopelo rojo por el taller de José Ramón Paleteiro. Pero también el itinerario. A la ida recuperó el paso por la Alameda y Trajano, abandonando así su tránsito por Amor de Dios y Delgado. Y a la ida tomó Doña María Coronel y Bustos Tavera, no pasando por Santa Ángela.
Abría el cortejo la sección musical de los Gitanos y tras el primero de los pasos, Virgen de los Reyes, porque en Sevilla el Señor subió a los cielos a sones de una agrupación musical que cada Domingo de Resurrección brilla por los cuatro puntos cardinales de la ciudad.
La banda de las Cigarreras fue tras el palio. En la Cuesta del Rosario volvió a desabrocharse el cielo y cayeron un sinfín de pétalos sobre un palio que se mueve como pocos. Las bambalinas son aire fresco en medio de una moda que no termina de entenderse, aquella que potencia que las caídas del techo de palio no se muevan. Es Domingo de Resurrección en Sevilla y la Madre de la Aurora es la causa de la alegría que cierra la Semana Santa.
A su regreso, los titulares saludaron al colegio de la Salle, donde se fundó la hermandad. Poco quedaba ya para decir adiós a la Semana Santa. Entre las últimas marchas interpretadas al Señor, que entró en Santa Marina pasadas las cuatro menos cuarto, se escucharon «Al Cristo de los Faroles», «Al Rey de los Reyes» y «Vida». Quedaba la Virgen de la Aurora, que consoló al público que soportó las altas temperaturas solo por verla. En un suspiro se marchaba la Semana Santa. Sonaba «Amarguras».














