El Rocío volvió a convertirse en el Cielo

Amaneció muy temprano la mañana de Pentecostés en la Tierra Prometida, difuminándose el alba con la madrugada que se resistía a abandonar las casas de hermandad. Los primeros rayos de sol desperezaron los presentimientos que afloran los días importantes convirtiendo en azul infinito la bóveda celeste que cubre con su manto de luminosidad la orilla de la marisma. Los cohetes comenzaron a anunciar con su eco la venida del Espíritu Santo y empezaron a entremezclarse lentamente con ese sonido ancestral de flauta y tamboril que encabezaban los 119 cortejos que tenían el Real del Rocío como meta ineludible de una impecable mañana de junio en brazos de la Madre de Dios.

Convertido en efímera Catedral de Arena, el Real fue preñándose de rocieros para que la Misa de Pontifical, brillantemente presidida por el obispo de Huelva José Vilaplana, que volvió a dar una lección magistral de cómo es perfectamente factible fundir en una misma manifestación la profunda religiosidad popular, el dogma y la liturgia, la iglesia de los doctores y las verdades del pueblo, que aprendan algunos, fuese un hervidero de devoción mariana en torno a la cual el rociero se acerca a Dios. Monseñor José Vilaplana tras dar la bienvenida a todos aquellos que han llegado después de “ese largo camino tras el que nos unimos como una gran familia junto a Nuestra Madre, la Virgen del Rocío”, hizo un llamamiento a los rocieros más jóvenes a que consiguieran adaptar «el lenguaje de nuestra fe a la realidad de las nuevas formas de comunicación y a sus nuevos lenguajes convirtiéndose de este modo en mensajeros y apóstoles entre el resto de la juventud que configuran la sociedad actual». Al término de la celebración litúrgica y tras la obligada visita a la Reina de la Marismas, comenzó ese paréntesis de ansiedad y calma fingida en el que parece que no pasan las horas y al mismo tiempo se descuentan los segundos de manera inevitable hasta alcanzar la medianoche.

La cercanía del Lunes de Pentecostés volvió a reproducir el movimiento de cortejos caminando por los cuatro puntos cardinales de la “única Aldea del mundo que se escribe con mayúscula, y no requiere de apellido para ser perfectamente identificada” para celebrar el Rosario amenizado este año por el Coro de la Hermandad del Rocío de la Puebla del Río que rindió con cada canto un sentido homenaje a los cinco Romeros inmortales que con su música emocionaron a generaciones enteras. A las doce, desde la Plaza de Doñana, entre la devoción y la emoción contenida por lo que está a punto de acontecer, comenzaron a desgranarse las cuentas del rosario en que cada año se convierten las hermandades que parten desde este punto neurálgico dirigiéndose hacia un Santuario en el que comienza a hacerse imposible contener la inevitable marea. Lentamente, por riguroso orden inverso de antigüedad, los cortejos de cada una de las hermandades, encabezados por sus Gloriosos Simpecados, fueron aproximándose hasta las mismas puertas del Cielo mientras en el interior del hogar de la Blanca Paloma se ultimaban los detalles y se amarraban las ansias.

Cuando el Simpecado de la Hermandad Matriz divisó el presbiterio, se convirtió en una entelequia pretender que el oleaje no se convirtiese en maravillosa tempestad imposible de dominar. Y entonces ocurrió, como ocurre cada año de manera única, diferente e insustituible. Las puertas de la reja se abrieron de par en par a las 3:29, para que los almonteños fuesen a por Ella, porque Ella así lo había decidido. El momento había llegado y la tensión se convirtió en explosión, la explosión en júbilo y el júbilo en fe y devoción verdaderas, imposibles de explicar e imposibles de no comprender.

María Santísima del Rocío salió a la explanada de su antigua ermita a hombros de sus hijos, de los hombres de la Virgen, los que la saben llevar, aquellos de los que es Dueña y Señora, para rociar al universo entero con sus maravillas, para endulzar las carencias de este miserable mundo que por unas horas parece diferente porque la Madre de Dios baja del Cielo para acariciar el alma de quien busca su mirada.

A partir de ese momento, la Blanca Paloma, que lo es por lo que simboliza la fiesta litúrgica que da sentido a lo que somos, pregoneros perennes del mensaje del Divino Salvador, peregrinó por la Aldea para devolver la visita a las 119 hermandades que le rinden pleitesía, como una Madre que acude a casa de sus hijos para escuchar sus cosas y aliviar sus penas, y para ofrecer su maternal abrazo y convertirse en consuelo de este mundo que tanto la necesita.

Huévar, Villamanrique – aunque este año desde unos metros de distancia -, Pilas, Coria, La Puebla… la Virgen fue recorriendo “los rincones de los sueños” de miles de rocieros a medida que avanzaba la madrugada hasta llegar a las puertas de la casa de Umbrete donde tuvo lugar un instante especialmente emotivo, cuando una hermosa petalada cayó sobre la Señora, ofrenda maravillosa para apaciguar la tensión que se materializaba en que el paso de la Virgen acariciase la arena con mayor frecuencia de la deseada. De cuando en cuando, la palabra de los almonteños más veteranos se hacía notar para que, a través de la experiencia emanada de sus palabras, se fuese reconduciendo la situación, haciendo buena la creencia generalmente aceptada por la gente de Almonte que implica que la palabra de los mayores se convierte en norma no escrita de obligado cumplimiento.

La Reina de las Marismas continuó su caminar en medio del desorden perfectamente organizado en que muta la Aldea cada Lunes de Pentecostés visitando Carrión y La Palma hasta llegar a Triana mientras el cielo habia clareado anunciando la llegada de un maravilloso día de primavera. La noche se fue difuminando con la “amanecía” mientras el mundo entero era rociado con el maná eterno de la Pastora almonteña.

Rondando las ocho y media de la mañana, tras visitar la casa de las camaristas, quiso la Virgen acercarse al Simpecado de la Hermandad de Córdoba para detener el tiempo por unos minutos tras una espera que se antojó eterna entre la ansiedad y el deseo de tenerla al alcance de la mano. Fue como un suspiro que duró lo que una Salve… la inmensidad más plena y de repente, la ausencia absoluta, la satisfacción de sentirse alimentados por el mayor de los dones del Cielo y al mismo tiempo la amargura de ser consciente de que Ella ya se había marchado buscando la casa de Huelva.

Luego la Blanca Paloma siguió su peregrinar por el resto de rincones de la Aldea convertida más que nunca en la Gloria misma, entre sevillanas, salves, palmas y vítores, recibiendo el cariño verdadero de sus hijos y derramando su Rocío por corazones y almas.

En unas pocas horas, “callada se irá quedando la Aldea y marcharán las carretas camino de la nostalgia”… todo habrá terminado y será el momento de cerrar los ojos para rememorar el rosario de recuerdos que quedarán atesorados para siempre y de echar una mirada furtiva al calendario para confirmar en qué fecha cae el próximo Rocío.