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La Crónica | Jueves Santo, día de sagrarios

El Jueves Santo es uno de esos días marcados en el calendario de una manera especial. Como decía la frase que escuchamos desde pequeños, es uno de los tres días del año que brillan más que el Sol. Y además, es el único que permanece inalterable en el calendario, una vez que hemos dado por perdidas las festividades de los otros dos días brillantes.

Día final del periodo cuaresmal e inicio del Triduo Pascual. Día del Amor Fraterno.

Día de visitar altares y sagrarios. Día de ver pasear a las mujeres vestidas de mantilla, del brazo de caballeros trajeados de oscuro, sin motivos coloridos ni alegres. No en vano, Jesús va a ser entregado a su Pasión.

Nuestro amigo de paseos cofrades por esta ciudad de Córdoba se ha levantado con el ánimo de Jueves Santo. Día de Fiesta mayor en la cristiandad y en el mundo cofrade.

Aunque lleva dos años sin poder descolgar la túnica de la percha del armario, hoy ha podido, al menos, sustituir el altar que conformaba cada año sobre su cama con su hábito nazareno y medalla con el rito de ver su traje gris oscuro dispuesto sobre el lecho que le recibe cada noche tras las largas caminatas que se está dando. Camisa blanca y corbata casi negra, con pequeños lunares blancos… y gemelos con la forma y colores de los nazarenos de su hermandad (en algún momento tenía que meter la pata).

Son las nueve de la mañana, y ya está preparado para enfundarse el traje de Emidio Tucci. Engominarse el pelo y perfumarse para oler más que un acólito turiferario al finalizar su procesión.

Hoy ha quedado en recoger en la puerta de su casa, como mandan los cánones, a su amiga Esperanza Ramos, joven cordobesa que vestirá por primera vez la mantilla de su madre, y a la que cederá brazo en el que apoyarse durante esta jornada en la que pretender pasearla… a la mantilla.

Compañeros de instituto, hicieron mejores migas cuando comenzaron a coincidir en algunos encuentros de Grupos Jóvenes de Hermandades. Y entre charla y charla, lata de cerveza y bocadillo de atún con tomate, alguna que otra disputa light por decidir qué opinión es la correcta en cuestiones de priostía, llegamos al día de hoy, cuando Esperanza estrena etapa de mujer de mantilla y también estrena brazo al que cogerse.

Hoy sí que puede reventar el botoncito de la chaqueta de nuestro protagonista.

Como ambos viven cerca el uno del otro, lo mejor es comenzar con la hermandad más cercana. Así vamos calentando pies en tacones, y sirve de prueba, por si se requiere regreso precipitado a la casilla de salida para cambio de zapatos.

La Parroquia del Beato Álvaro de Córdoba ya es un hervidero de gentes del barrio que quieren presenciar el montaje que la Hermandad Sacramental de la Sagrada Cena ha dispuesto. En la Capilla de la Hermandad recibe a todo el que llega María Santísima de la Esperanza del Valle, la Imagen que sigue esperando el momento de salir a la calle bajo palio un Jueves Santo.

Las distintas circunstancias que han impedido a la Titular de esta Hermandad poder acompañar a su Hijo, Jesús de la Fe, en la procesión a la Catedral no han mermado el ánimo de sus hermanos, que mantienen esa Fe y esa Esperanza en poder verla bajo el palio que la espera.

Detrás de la Virgen, los doce apóstoles se reúnen por última vez con Jesús. Apostados en distintas alturas, formando un conjunto vivo y con movimiento, en el que se parecen adivinar distintas conversaciones y reacciones de inquietud entre ellos al momento en que Jesús instaura la Eucaristía y anuncia lo que va a venir. Judas, en la esquina inferior del conjunto, se levanta en actitud de marcharse de la escena, nervioso.

Toda una catequesis y una representación de cómo fue la Primera Comunión para los cristianos.

Como parece que la prueba del tacón va siendo superada por Esperanza en esta primera ocasión, Rafalito y ella deciden encaminarse hacia el centro. Y de ahí irradiar los caminos hacia las iglesias que llevan tres años sin ver salir sus desfiles procesionales.

Ya en el centro, nuestro protagonista quiere mostrar sus conocimientos cofrades a su acompañante, que sabe más que él de muchos de estos temas. Y deciden ir primeramente a San Hipólito, y así dejar realizada la visita a la Hermandad de la Madrugada del Viernes Santo. El obligado retorno a casa a la hora fijada no va a permitir visitar este templo a la hora deseada. Pero sorpresa al encontrarse la puerta de la Colegiata cerrada. Cambio de planes impuesto.

De ahí a la Compañía, camino de San Francisco, donde espera el Señor de la Caridad, hay solo un paseo. Son las once de la mañana y el aire comienza a soplar con algo de brío, lo que empieza a añadir dificultad a mantener el tipo y la compostura de la teja de carey que la madre de Esperanza ha colocado a base de horquillas y ganchillos.

Algo debe pasar, pues la puerta de la Parroquia del Salvador permanece cerrada. Segunda decepción. Lo bien que quería quedar nuestro amigo con su acompañante empieza a frustrarse.

Pero San Francisco debe ser un acierto seguro. Y dirigen sus pasos despacio, recreándose en las calles estrechas camino de la Axerquía.

Sobre un calvario rojo, con una de las cartelas plateadas del paso del Señor, y con la leyenda “Charitas”, el Señor de la Caridad parece dormir para siempre en la Cruz mientras su Madre vela su sueño arrodillada a sus pies. En un precioso altar preparado para la veneración de verdad, la Hermandad ha preparado reclinatorios para que los fieles puedan arrodillarse ante el Señor y orar un momento. A un lado, un hábito nazareno de los que hoy debiera haber acompañado al Stabat Mater; el banderín del Tercio, una bocina con su paño, y un costal con el escudo de la Hermandad.

Ofrendas de Caridad y momento de oración. Y todo bajo un rojo dosel rematado con un precioso fleco de oro que representa la realeza de a quien está cubriendo.

La mañana va pasando; cada vez más fuerza en el aire que sopla al doblar las esquinas de las callejas, camino del Realejo. Nuestros paseantes cofrades, hoy son dos, quieren visitar antes de la parada del almuerzo la Hermandad del Alpargate y subir hacia San Agustín, con parada en el Hospital de Jesús Nazareno.

Al atravesar los jardines de Orive, Rafalito le tiene preparada una sorpresa a Esperanza. Y al salir por la puerta que da al Palacio de los Marqueses, giran hacia la izquierda, para visitar el Altar y el Sagrario que viera preparar hace unos días en el Convento de Santa Marta.

Al atravesar el patio del convento comienza a escucharse el canto de las hermanas jerónimas. La iglesia está vacía. Sobre una mesa baja, el pan y el vino, espigas de trigo y racimos de uvas. Y velas rojas que representan a los apóstoles en la mesa. Una de ellas, apagada y tumbada.

La fila de devotos que quieren rezar ante el Cristo de Gracia rodea hasta casi llegar al Colegio. En la puerta de acceso a la rampa se controla el aforo en la iglesia.

La Hermandad del Esparraguero ha preparado una composición escénica del Calvario en el que se muestra un risco lleno de vegetación y tulipas que salpican de luz el monte. La misma distribución que en el paso de procesión. El Cristo de Gracia es el centro y protagonista de la escena, con María Santísima de los Dolores y Misericordia, no ataviada con su saya y manto de procesión, a un lado; San Juan Evangelista al otro, y María Magdalena frente a Él.

Nuestros protagonistas encuentran los espárragos que dan el nombre al Crucificado que vino de América a sus pies.

Todos miran al Señor. Dolor, súplica, incomprensión… y Él deja caer su larga melena descansando ya de tanto suplicio recibido.

El busto del Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina vigila el acceso a la Capilla del Hospital de Jesús Nazareno. En su interior… silencio, oración callada.

María Santísima Nazarena espera en su peana, escoltada por cuatro grandes candeleros y sobre un centro de flor morada. Nada más necesita la Virgen de tez de marfil y mirada elevada. En su rostro, dolor. En su expresión, la búsqueda de una razón a todo esto.

En su camarín, Jesús Nazareno, el que soporta el peso de la Cruz erguido, sobre su hermosa peana, y con dos jarras de flor morada con forma cónica. Cera de tiniebla.

A sus pies el Sagrario donde está Dios siempre.

El tamaño de la Capilla es el exacto y justo para crear un ambiente de oración y de veneración que las religiosas, que cuidan y miman con tanta dedicación y esmero a los mayores, mantienen a diario.

La luz del mediodía golpea los ojos de los paseantes al salir nuevamente a la plaza. De ahí a San Agustín no hay nada. Y visitar la iglesia de los dominicos redescubierta para Córdoba después de tantos años de cierre, siempre es una ocasión que hay que aprovechar.

El Compás está lleno de sonido. Niños que juegan, familias degustando el aperitivo. Un grupo de jóvenes de mantilla ríen junto a la estatua del compositor Ramón Medina. Junto a ellas, jóvenes trajeados que sentencian ex catedra (el cofrade no habla de otra manera que no sea ésta) sobre lo ocurrido la noche anterior en la Plaza de Capuchinos. Todo es vida en este Jueves Santo bajo la espadaña del convento dominico.

Tras la moderna puerta de acceso se abre la explosión para los sentidos que es la Real Iglesia Conventual. Poco queda del estilo de la época fernandina en la que se construyó. Ahora todo es barroco. Y la principal pieza de ese barroco, la que luce sobre todas las demás en la Iglesia, está esperando a sus hijos en el crucero ante el Altar Mayor: Ntra. Señora de las Angustias Coronada, la obra póstuma del imaginero del barrio de San Pedro.

El manto morado y oro cubre y soporta a la Virgen arrodillada para acunar al Hijo ya muerto. Cuatro faroles acordonan la imagen. La flor morada y roja no logra atenuar el momento de dolor y desamparo que Juan de Mesa representó.

La Virgen de las Angustias y el Señor en su regazo llenan toda la Iglesia de San Agustín; mientras, el paso procesional, adornado con flor morada, montado a falta de los Titulares, espera en una nave lateral el momento de volver a convertirse en trono dorado que los lleve hasta la Catedral.

Ya que están en la plaza, y dado que hoy hay que lucirse, que para eso es Jueves Santo, Rafalito se ha venido arriba y decide que dónde mejor que hacer una pará que en la Taberna que asoma su puerta a la Plaza que le da nombre. Allí, en una mesa de mármol blanco y bajo fotografías y cuadros con temas y motivos taurinos. No en vano van a dedicar la tarde a la hermandad de los toreros. Así vamos haciendo ambiente.

Al igual que un nazareno cansado comete el error fatal de doblar su cintura para calmar el dolor (una vez rota la verticalidad no hay quien recupere la rigidez anterior), Esperanza cae en el grave fallo de principiante de descalzarse los tacones, para así expandir un poco la dimensión de sus pies. Éstos ya no están como al principio, pero… a ver cómo los metemos de nuevo en los zapatos de salón que estrena hoy.

Efectivamente, varias raciones después, el camino hasta San Cayetano es más lento y con una cadencia más penitente que el llevado hasta ahora. La Reja de Don Gome sirve de apoyo auxiliar al brazo de nuestro costalero, y al pasar ante Manolete… Esperanza le suplica la estocada final ante la visión de la Cuesta del Colodro y la cola que imagina en la Cuesta de San Cayetano.

Pero llegar a los pies de Jesús Caído y colocarte ante su mirada bien merece todo sufrimiento. “¿Quién soy yo para quejarme viendo a Jesús, apoyado en la piedra y Caído bajo el peso de la Cruz que lleva por todos nosotros?”, piensa nuestra amiga.

Los Titulares de la Pontificia, Real y Carmelitana Hermandad llevan varios días en sus pasos de procesión. Tal y como ocurriera ayer, la veneración no se desarrolla en el interior del templo de los Carmelitas, sino en la nave que sirve de resguardo de los pasos para la salida procesional. Esto resta algo de recogimiento al momento de culto, aunque ofrece la posibilidad de contemplar a los Titulares en sus pasos.

Flor roja para Ntro. Padre Jesús Caído, y flor blanca para Ntra. Señora del Mayor Dolor en su Soledad.

La composición de cualquier Jueves Santo. Nuestros protagonistas imaginan que las condiciones del templo no permiten otro montaje para la veneración. Ver los pasos montados en la nave traen a la memoria Jueves Santos de lluvia en los que fueron otros los motivos que impidieron la Estación de Penitencia.

La visita a San Cayetano ha sido corta, dado el rápido tránsito de los fieles ante los portones de la nave. Esperanza no sabe cómo agradecer que haya sido así, mientras escucha distraída los comentarios críticos de Rafalito que, imitando a quienes dejó en San Agustín, sentencia sobre lo que acaban de presenciar.

Los bancos de los Jardines de Colón se muestran como las puertas del Paraíso para Esperanza, quien no espera llegar ni al segundo de la fila. Desde que pasaron bajo la Torre de la Malmuerta estaba soñando con sentarse un momento a la sombra de un árbol. Al fin y al cabo es temprano. Y sólo queda volver a probar suerte en la Real Colegiata.

La larga fila de personas que hay en la puerta de San Hipólito indica que las puertas ya están abiertas.

Y al entrar en el templo espera, ante el retablo de la capilla del Cristo de la Buena Muerte, Ntra. Señora Reina de los Mártires sobre su peana, ataviada con su manto rojo de salida.

A sus pies una réplica de la urna que contiene los restos de los Santos Mártires de la ciudad, y que se encuentra en la Basílica de San Pedro.

Sin embargo, el Santísimo Cristo de la Buena Muerte se encuentra en el lugar que ocupa a diario, no habiéndose preparado ningún altar especial con motivo de esta Semana Santa.

La noche cae sobre Córdoba. Hoy ha sido Jueves Santo, y la Madrugá está por llegar. La madrugada más larga y dolorosa. Nuestra pareja enfila la calle Concepción camino de casa, tras un día de altares y monumentos, de suplicio de tacones y mantilla al viento, y de brazo vencido por el apoyo ofrecido; pero con un plan claro para esta noche… La Madrugá la repiten en la tele.

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