Volvió a ocurrir. Las estadísticas de los últimos Miércoles Santos -sin contar los años de la pandemia- son demoledoras. Una jornada que sufre año sí y año también -al igual que ha pasado con el Jueves y el Viernes Santo- el látigo desgarrador de la meteorología.
La Hermandad de los Estudiantes y el Vía Crucis de la Juventud han sido las protagonistas de una jornada que se ha vuelto a repetir tras los fatídicos años de 2024 y 2022 que tiraron por tierra el tan excelso trabajo de dos grandes corporaciones.
A las 19:30h se abrían las puertas de la trasera de San José para que saliera el cortejo estudiantil en lo que parecía una tarde apacible desde la calma tensa a la que ya nos estamos acostumbrando en los últimos años por el líquido elemento. Con un ligero recorte de itinerario al final del recorrido, la cruz de guía se ponía en la calle precediendo a la Banda de Cabecera Salesiana de esta Cofradía. El portentoso paso del Santísimo Cristo de la Buena Muerte se asomaba al dintel de la puerta bajo la atenta mirada de cientos de linarense que agradecían los rayos de sol que no presagiaban el calvario que viviría la Cofradía horas después. La Banda de los Dolores del Rosario de Baeza luciendo sus mejores galas para el retorno del Señor a la calle que, a su vez, avanzaba con decisión tras la realización del acto estudiantil de la mano de la Escuela Politécnica Superior de Linares.
Nuestra Señora de la Consolación hacía lo propio con algo de retraso, a lomos de sus costaleras y al son de una inquebrantable Asociación Maestro Alfredo Martos, que está demostrando los galones que posee, realizaba la primera revirá que la llevaría a la calle Aurea Galindo.
La noche se torció con un primer aviso en calle Canalejas, donde el chispeo se convirtió en un intermitente augurio de lo que estaría por venir. Como aquel fatídico año de 2007, la Hermandad de los Estudiantes volvió a afrontar el pavor de la copiosa lluvia mientras transcurría por Carrera Oficial y de los últimos coletazos del frente que lleva azotando la ciudad desde el pasado Viernes de Dolores. Un chaparrón que provocó la histeria colectiva en el paso del Señor con el intento fallido de colocarle los plásticos.
A paso largo, el paso de Cristo accedió a la carpa de protección de la Plaza del Ayuntamiento bajo la ligera llovizna, precediendo al paso de palio que llegaba por el Pasaje del Comercio. Con la disolución del cortejo se daba por finalizada la estación de penitencia. Y la idea de regresar a la Iglesia de San José con paso decidido se hizo factible minutos después con la amenaza de lluvia sobre los talones.
El Señor regresaba a su Parroquia cuatro horas después con una innecesaria chicotá en el último intento por recrearse en una noche en la que la inestabilidad reinante había sido la tónica general. Tras la marcha, el silencio sepulcral de la última revirá del Señor fue lo más conmovedor de una desangelada y gélida noche más propia del invierno que de un mes de abril.
El paso de palio arribaba a su Parroquia, de nuevo, con un ligero chispeo que se tornó en inquietante tras el chaparrón de Carrera Oficial, y así se hizo notar en la última chicotá que cerraba un Miércoles Santo destruido por la lluvia.
Así pues, la otra corporación de fieles que cada Miércoles Santo rinde culto al Señor de las Misericordias en el tradicional Vía Crucis de la Juventud suspendía su salida para rezar las catorce estaciones en el interior del templo de San Agustín como así lo hiciera el pasado año.





