La llama de la Pasión comenzó a extinguirse paulatinamente el Viernes Santo, como hace más de dos mil años lo hizo la vida del Divino Salvador. Un Viernes Santo que en la ciudad de Córdoba comienza temprano, bajo el cálido sol de la primavera, cuando el Señor de la Caridad protagoniza el tradicional Vía Crucis que le lleva cada año a la Santa Iglesia Catedral a hombros de sus legionarios y envuelto en una marea de fieles que siempre le acompaña para alimentarse de la Caridad infinita de quien da la vida por salvar a la humanidad.
Las horas fueron transcurriendo hasta convertir la mañana en tarde. Una tarde que abrimos con el Cristo de la Clemencia en Cardenal Toledo: Jesús ha muerto, ha sufrido el cruel tormento que avanzaron los profetas, pero aún así su bello rostro aparece sereno clavado en el madero, como queriendo perdonar al espectador que lo contempla. Desgarrada expresión de Dolores tras el paso de Cristo. La Señora de Córdoba avanza bellísima tras el Crucificado. Los que la esperan a su paso tratan de consolar su pena pensando que en pocos días la Dolorosa de la ciudad por excelencia estará de nuevo en sus calles para una celebración jubilosa.
El Señor es descendido de la cruz y nos tiende su mano desde el otro lado del río. Nunca le abandona su Madre, Refugio de tantas penas. Preciosa la Virgen de Miguel Ángel González Jurado, excepcionalmente vestida en este Viernes Santo. La salida del palio del Buen Fin recuerda a los congregados en San José y Espíritu Santo que estamos ante una Hermandad de barrio, que hace gala de una alegría contenida y que goza de un gran saber estar.
En el centro de la ciudad se hace el silencio. El inconfundible paso de Nuestro Señor Jesucristo del Santo Sepulcro aparece en la calle San Fernando caminando con la elegancia que le caracteriza. El palio que cobija la sacra conversación con sus clásicas piñas cónicas avanza hacia la Santa Iglesia Catedral con paso firme y decidido.
Al barrio de Santiago llega el cortejo nazareno de hábitos franciscanos avisa la llegada de la Soledad. Preciosa calle, joya de Hermandad. La Virgen que en su día venciera hasta al mismísimo fuego, la Soledad, lucía resplandeciente con su finísima saya nueva bordada en oro. Camino rápido el paso, como en esta Cofradía es habitual. Igual de rápido que ha sido el paso de los días de Pasión.
La cruz de guía de la Expiración llega a Capitulares. Cristo eleva su cabeza al cielo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró. A los pies de Cristo María guarda Silencio, mientras gira su cabeza hacia el público tratando de buscar consuelo al drama del Calvario. Después llego Nuestra Señora del Rosario Coronada y, al atravesar la reja del compás de San Pablo, todos los congregados constataron que no pudo haber un mejor final para la Semana Santa. Todo estaba cumplido.





