La crónica | Viernes Santo, la consagración de la memoria

Las siete hermandades realizaron su estación de penitencia sin grandes inconvenientes

El reloj quedó parado en las costuras del tiempo. Todo indica que fue en San Isidoro, cuando el Señor cayó dando con su rodilla en los viejos adoquines que recubren la ciudad. La sangre derramada es hoy río de caramelo que los monaguillos te dan cuando extienden su mano inocente, como la del Cirineo que se dispone a ayudar a Jesús sin saber de su grandeza. Ellos no te juzgarán, no tendrán la mente cuarteada por el tiempo, sus manecillas apenas tendrán los meses anidados en los pliegues de la carne. A Jesús se le resquebrajó cuando en Triana expiró ante un cielo cubierto de nubes grises que hoy, más de dos mil años después coronaba el sol en medio de un azul impoluto.

Día de gremios, de citarse con la historia. El tacto de hoy tiene las arrugas de los papeles viejos, que son lo opuesto a la aterciopelada túnica de la Carretería. La de los toneleros puso su portentoso paso de misterio en la calle horas después de que las Esperanzas entraran en sus templos. Anidaban los sueños cuando comenzaba a latir el corazón del Barroco, que es el Viernes Santo. Lección de sevillanía desde el Arenal con un completo misterio que solo pide escaleras, sábanas y sepulcro. La Virgen del Mayor en su Soledad es el clasicismo ansiado.

Para los hermanos de San Buenaventura la salvación se consigue por la intercesión de la Virgen de la Soledad. Rindieron culto a los difuntos en sus orígenes, aquellos que solo regresarán el último de los días. Y cada Viernes Santo recorren la ciudad con su cruz desnuda, rememorando la muerte del redentor. Si en la Carretería están a punto de descender a Cristo, aquí ya el santo madero es un símbolo en sí mismo. La cofradía y Grande de León son un binomio indivisible. La dolorosa, sobre un monte de rosas en tonos pastel, posaba las manos sobre su pecho, ante un llanto inconsolable que el vestidor sabe potenciar ataviándola sin estridencias. El manto ejecutado por el vestidor volvió a unir a los cofrades, una pieza estrenada el año pasado.

El Cachorro expira en Triana. El crucificado en sí es el Barroco en estado puro. Lección de anatomía ante todo el mundo. Hasta en tres ocasiones saldrá este año. Lo hizo la pasada Cuaresma en el viacrucis con motivo del cincuenta aniversario del incendio de la capilla, este Viernes Santo y en el Santo Entierro Grande, donde pasará este Sábado Santo por el puente que lleva su nombre. La Señorita de Triana se paseó por Sevilla bajo su aristocrático palio en un caminar que acabó a las tres menos veinte de la Madrugada. Brillaron como nunca los respiraderos, recientemente restaurados.

Cuando el Cachorro pasa por la calle Castilla, sale la cruz de guía de la O. Es un ritual que se pierde en el tiempo, señal inequívoca de que es Viernes Santo. Está escrito en el decálogo del trianero, quien también sabe que todos los crepúsculos mueren en el talón del Nazareno que puede pasar el puente con una pesada cruz de carey y plata, emblema de la cofradía y de todo un barrio. La Virgen de la O, que no portó la presea de su coronación, es por derecho propio una de las dolorosas que más elogios recibe cada Semana Santa. Francisco Javier Camacho, su vestidor, nos regaló estampas de la morena de la calle Castilla de regusto clásico. Un acierto más de la jornada.

La noche se derramó sobre la ciudad sin previo aviso. Llegaba San Isidoro. Jesús caía por tercera vez y un hombre llegado del campo le ayuda a levantar la cruz. Mortales somos que venimos a este mundo a servir a los demás. Cirineos en nuestro discurrir por la tierra, como aquel que se atrevió a cargar con la pesada cruz sobre la que descansan todos los pecados del mundo. Hasta encontró trabajo adivinar la luna en una noche despejada cuando San Isidoro se acercaba a la catedral. Detrás, un barco de luz que surca los cielos de la memoria. La Virgen de Loreto, delicada flor de la Costanilla, cerraba el cortejo.

Las Tres Caídas tras el Cristo de la Conversión del Buen Ladrón llevó los aires de Triana al centro de la ciudad tras el Cachorro y la O. Jesús en la cruz se afanaba en responder a Dimas antes de expirar cuando llegara al viejo arrabal. Y en medio la Magdalena. Ella es una muchacha joven que nació en la Magdalena y que cada Viernes Santo recoge la sangre del Señor para que no se pierda ni una gota del rey de reyes. La Virgen de Montserrat llegó a los palcos de la plaza de San Francisco con un repertorio clásico que recupera la mejor banda sonora de tras un palio. Bajaban las temperaturas y el ciudadano echaba mano del abrigo. Apenas había estrellas oteando desde las alturas. Todas habían quedado dispersas sobre la crestería del palio, conformando una vía láctea que es la mejor corona para Montserrat, que volvió a casa resumiéndonos la Semana Santa con Margot.

El entierro de Cristo tiene como telón de fondo las paredes encaladas del antiguo exconvento de la Paz. Y como testigo a toda la ciudad. Lo anuncia la escolanía de María Auxiliadora, aunque antes ya los sueños se habían roto cuando el sonido de la campana del muñidor nos habla de la muerte. En la carrera oficial se vio más público que en años anteriores, contribuyendo a que la Sagrada Mortaja se viera más arropada que en otras ocasiones. Se intuía su llegada al fondo en lontananza, con el sudario blanco ondeando desde hace siglos, cuando era la Piedad de Santa Marina. El cuerpo de Cristo en el regazo de la madre. Todo se había consumado.