Su nombre es Francisco Javier Torres Gómez y, en sus redes sociales, ha querido lanzar una carta abierta abierta, dando cuenta de su sentir tras las polémicas que azotan a la Hermandad de los Panaderos durante los últimos tiempos (dimisión del hermano mayor incluida), con la anuencia de Palacio.
En su misiva, Torres comienza señalando que es “un hermano anónimo en cuanto a situación, puesto en las filas, creencias, peso de su devoción hacia sus titulares, etc., aunque será capaz, cómo no, de firmar el presente escrito; faltaría más”.
Ello para denunciar que “el anonimato se ha hecho más popular que nunca a la hora de expresar opiniones en un país en el que este acto es un derecho. No obstante, no existe marco normativo, normas de civismo, y respeto aparte, que regule la repercusión que la manifestación del pensamiento, crítico a ser posible, tenga sobre quienes posean otros criterios con los que dirigir o vehicular una rutina. Y este tema tan en boga, el de hablar de la hermandad de Los Panaderos, es un ejemplo manifiesto de lo anteriormente expuesto”.
Asimismo, este hermano de Los Panaderos se lamenta de que “todos los días surge un o unos (entiéndase el uso del lenguaje no inclusivo) ‘popes’ quienes, haciendo uso de su entendimiento, deciden hablar de los problemas internos de la hermandad de la calle Orfila. Claro está que los continuos comunicados con los que la segunda se vehicula son carnaza sobre la que se postula la llamada de las hienas mediáticas, que no dejan carne sobre hueso tras haber probado el primer bocado de tan excelso género. Nada que alegar, señoría, si no fuera porque todos los manifiestos tienden a generalizar y ese es un ejercicio no exento de riesgos, pues bien es sabido que la excepción disturba a la regla y, en este caso concreto, son muchos los hermanos que sufren por este ejercicio. Soy uno de muchos, y deseo que se escuche la voz de mayoría, aunque esta permanezca callada.
Unas elecciones, dos juntas en disputa, un odio interpretado como ley y un vacío de liderazgo indiscutibles suscitan la polémica, sí, pero no deben invitar al escarnio en cuanto son, somos muchos los que nos vemos afligidos por esta situación, desagradable, aunque no imposible de reconducir. Nada tiene cabida en la palabra Hermandad salvo la concordia y, en caso de perderse esta, hay que despertar y avivar la llama con los rescoldos que puedan quedar, la vida, la sangre de una corporación que posee el más rico tesoro, que no es otro que el de la juventud”.
Además, Torres asegura que “la juventud está llamada empoderarse, aun cuando sea sumamente complejo superar el escollo que las circunstancias les han impuesto. Sabemos que la mayor parte de las corporaciones que hoy en día constituyen la nómina de hermandades de penitencia nacieron de la ilusión de jóvenes, aquí está la clave, que se reunieron en pro de una fe, de una devoción común. Cuánto más fácil es poseer esa devoción consolidada y dar el paso hacia adelante. No es precisamente Palacio el inconveniente, sino el miedo al fracaso, alimentado por las noticias que los medios no se cansan de repetir. Por favor, paren ya de hacer daño, que todos somos conscientes de que las cosas se han hecho malo , al menos, no han resultado bien: caen una y otra vez en la obviedad, pero no aportan ánimos para quienes quieren recuperar la senda, para quienes sienten que deben dar un paso hacia adelante, quienes tiene claro cómo ha de procederse, y aun en la duda, sufren porque aquello por lo que luchan, aquello en lo que creen, se reduce drásticamente a una pregunta, la misma, la de siempre, la que les es formulada con tan solo saber que lucen con orgullo su hermandad de ‘Panadero’”.
Finalmente pide que “hagamos examen de conciencia y respetemos a quienes queremos construir. Si cada ladrillo que posamos sobre el anterior se cae, es muy difícil reconstruir la casa que nos cobija a todos, incluso a los que no constan en nómina y se acercan con palabras de aliento para regalar fuerzas para continuar la inacabada labor de volver a la normalidad. Hay excepciones. No tenemos flores y la hermandad de Santa Lucía nos las ha regalado. Nuestros jóvenes han hecho lo mismo, con sus ahorros. No sabemos que ocurrirá en el futuro más inmediato, pero para que ocurra algo bueno es imprescindible levantar la presión sobre el pie acusador de quien tan fácil lo ve todo desde la barrera, un acto cobarde o, al menos, no meritorio, que debiera ser recusado. Con la venia popular, solicito la retirada de esa inquina, que de ella ya estamos saciados y quedan todos invitados a dar la mano, el apoyo, del que carecemos y solo así podremos llamarnos hermanos, entre nosotros, claro está, y con todos los que, sin pertenecer a nuestra corporación, nos demuestran que el trabajo conjunto y al cariño son las mejores herramientas de un futuro mejor. De corazón pido, ruego, que todos apoyemos a un hermano panadero para que no tenga que avergonzarse de la pregunta manida de turno y, en cambio, pueda responder siempre como quiere hacerlo: “soy de Los panaderos y estamos muy agradecidos por la ayuda y el respeto que nos han dedicado”.





