Quizás se convierta en uno de mis artículos más personales y, por ello, seré criticado en lo personal, no como un mero opinador de la vida.
Ayer vi un vídeo de París, en el transcurso de una manifestación para reclamar la democracia en Argelia, una joven transexual llamada Julia, a su salida del metro de la capital francesa, fue golpeada por un grupo de «amables» y «demócratas» argelinos simple y llanamente por ser transexual. Quise indagar sobre el tema, encontrando muestras de repulsa desde la mayoría de estamentos públicos franceses, alguno español, pero nadie habla de la procedencia salvo los que son considerados extremistas de derechas, sectores «peligrosos» que no aceptan la «diversidad cultural». De hecho, vi más críticas por parte del colectivo LGTBI a esos extremistas, que a los que atacaron a la joven transexual.
La doble moral no es sólo cuestión de este país, el buenismo ha convertido en objeto a atacar a la Iglesia Católica ante ciertos aspectos inmovilistas, en los que puedo estar en ciertos detalles de acuerdo, pero no en sus formas. La pregunta que hago es la siguiente: ¿por qué no se hace una crítica al fondo cultural? ¿Tienen miedo de ser tildados de xenófobos o racistas?
Como católico y miembro del colectivo LGTBI, siento cierta pena cuando es mi fe la que es siempre atacada en todo, absolutamente todo, lo que hace. Sé que mi Iglesia no es perfecta, ni pretendo que lo sea, pues la Iglesia es llevada por hombres y no por Dios mismo. Soy el primero en criticar actitudes de otros siglos, como lo acontecido en Alcalá de Henares de ser cierto, aunque no veo bien al extremo al que han llegado algunos oportunistas.
Echo de menos a todo mi colectivo protestar enérgicamente por un ataque homófobo de base cultural como el de París, cometido por musulmanes, igual que protestan contra mi fe por no apoyar al cien por cien ciertas medidas que van contra un Dogma establecido – pero que ojalá cambie algún día -.
Con este artículo no quiero generalizar, ya que no todos los musulmanes son homófobos, al igual que considero que no todos los curas son pederastas o violadores, a diferencia de ciertos miembros de mi colectivo, que considera a la Iglesia el mismo diablo, cuando, por experiencia propia, la orientación sexual ya no es un tema tabú dentro de una feligresía, o una Hermandad, o una asociación de fieles, como lo era hace unos años.
Ojalá se rompa algún día esa doble vara de medir.
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