El Rincón de la Memoria, Pentagrama, Sevilla

La Esperanza de Triana, la marcha y la cárcel

Corría el año 1837 cuando en el sevillanísimo barrio del Arenal abría sus puertas el presidio del Pópulo, donde se alojó el medio millar de presos que se encontraban en la Cárcel Real de Sevilla, situada en la actual calle Sierpes. El lugar pertenecía a los monjes Agustinos hasta la desamortización que se produjo ese mismo año. Con respecto al mundo de las Cofradías, destacaba el discurrir de los dos pasos de la Hermandad de la Esperanza de Triana por delante de los presos, quienes le cantaban saetas a las veneradas imágenes.

Según cuenta la leyenda, situada temporalmente poco antes de la década de los años veinte, el célebre compositor Manuel Font de Anta se inspiró en esa escena que anteriormente mencionábamos y que, a continuación, bocetamos con pinceladas más precisas. Madrugá del Viernes Santo, el Santísimo Cristo de las Tres Caídas y la Esperanza de Triana recorren los últimos metros antes de llegar al puente de Triana para volver a su barrio de forma triunfal. Poco antes de ello, los presos del Pópulo se agolpan en las ventanas abarrotadas de la cárcel para contemplar al Señor y su bendita Madre. Los dos pasos se vuelven hacia estas ventanas y se crea una atmósfera de fervor. Entre los reclusos suena una saeta desde el corazón de aquellos que buscan la redención, cuya letra decía así:

«Soleá dame la mano, por las rejas de la carse, que tengo muchos hermanos, huérfanos de padre y madre»

Tanto impactó la escena al compositor, que la dedicatoria de la marcha «Soleá dame la Mano», una de las dos obras cumbre de Font de Anta, junto a «Amarguras», reza así en una partitura para piano: «A los desgraciados presos de la cárcel de Sevilla, que al cantarle saetas a la Santísima Virgen, me hicieron concebir esta obra». Por lo tanto, la dedicatoria de «Soleá dame la Mano», no es para la Esperanza de Triana, tal y como se le atribuye habitualmente, sino a esos presos que se agolpaban en las ventanas para ver pasar a la Virgen delante de ellos. No cabe duda de que Manuel Font de Anta es uno de los grandes compositores del siglo pasado, ya que estas dos obras mencionadas son de las que durante más años han sonado, y continúan sonando -aunque no tanto como deberían, si me permiten el apunte personal- tras muchos palios tanto de Sevilla como de fuera de ella.

A pesar de ser una composición que se relaciona inmediatamente con los palios de corte más sobrio, el desarrollo de la marcha posee cierta fragancia alegre y populosa, evocando aquella escena que inspiró a Font de Anta para su composición. Una marcha procesional adelantada a su tiempo y que, como característica, es una de las primeras en incluir los sones característicos de la Marcha Real en la parte introductoria de la composición, así como en el remate de la misma en una explosión de júbilo que supone la guinda de la marcha. «Soleá, dame la Mano», ha sido, es y será, una de esas marchas que esbozarán chicotás de ensueño tras cualquier paso de palio de nuestra geografía.

Indiscutiblemente, posee una de las características que mejor puede hablar de una obra musical. Ya lo dijo el gran músico Stravinsky cuando visitó Sevilla en Semana Santa en la década de los años veinte y escuchó la marcha de Font de Anta: «estoy escuchando lo que veo, y estoy viendo lo que escucho».