La Esperanza estará en la Magna de Córdoba

La Hermandad de San Andrés confirma la participación de su dolorosa en el Vía Crucis Magno del 11 de octubre

La Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza ha ratificado en cabildo extraordinario celebrado este sábado su participación en el Vía Crucis Magno que tendrá lugar en Córdoba el próximo 11 de octubre. La corporación de San Andrés formará parte activa de esta histórica jornada, en la que se conmemorará el VI centenario de la instauración del VI del primer vía crucis de Occidente, promovido por el beato Álvaro de Córdoba.

La decisión, adoptada por mayoría por los hermanos reunidos en asamblea, implica que será la Virgen de la Esperanza la que represente a la hermandad en esta cita de hondo calado espiritual. En concreto se han registrado 50 votos, de los cuales 46 han sido a favor, 3 en contra y 1 abstención. La votación ha sido a mano alzada. La dolorosa del Domingo de Ramos se integrará en el tercer bloque del itinerario, dedicado a la figura de la Virgen María bajo el lema “Peregrinos de esperanza”, compartiendo protagonismo con otras advocaciones marianas de honda devoción en la ciudad.

Un recorrido de fe desde Scala Coeli

El Vía Crucis Magno se concibe como una celebración coral en la que convergerán historia, espiritualidad y devoción popular. Estructurado en cuatro grandes bloques, el acto combinará estaciones del ejercicio clásico con las meditaciones del beato Álvaro de Córdoba y el modelo bíblico propuesto por San Juan Pablo II, permitiendo una contemplación profunda de la Pasión de Cristo desde diferentes perspectivas teológicas y artísticas.

El primer bloque estará dedicado a hermandades directamente relacionadas con la figura del beato y con la tradición del Vía Crucis en Córdoba, incluyendo a corporaciones como el Cristo de las Aguas de Palma del Río, el Cristo de la Caridad de Pozoblanco, Jesús del Calvario, la Sagrada Cena y la Hermandad de las Angustias.

El segundo bloque seguirá el itinerario propuesto por el beato Álvaro, incluyendo escenas esenciales de la Pasión, desde la oración en el Huerto hasta el descendimiento, representadas por imágenes procedentes de Cabra, Priego, Puente Genil, Montilla, Montoro y Córdoba capital.

El rostro materno de la Esperanza

En el corazón del tercer bloque, centrado en la Virgen María como símbolo de consuelo, fe activa y horizonte pascual, se situará la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza. Junto a ella estarán también María Santísima de la O, la Esperanza del Valle y la dolorosa de la Paz y Esperanza. Este conjunto de imágenes marianas evidenciará el protagonismo de la Madre en el drama redentor y en la vida espiritual del pueblo fiel.

El papel de la Esperanza en este contexto cobra una dimensión especialmente significativa, al ser presentada como luz entre las sombras del dolor, como presencia firme en medio del sufrimiento, en consonancia con el mensaje central del Jubileo 2025.

Una Pasión narrada desde la Palabra

El cuarto y último bloque estará inspirado en el Vía Crucis bíblico de San Juan Pablo II, integrando estaciones no incluidas en el esquema tradicional, pero profundamente enraizadas en el relato evangélico. Entre ellas se representarán episodios como la traición de Judas, el juicio ante el Sanedrín, la condena de Pilato, la flagelación, la presencia de María al pie de la Cruz, la sepultura y la gloriosa Resurrección, última estación de este recorrido.

Córdoba, templo al aire libre

La capital cordobesa será así escenario de una manifestación sin precedentes de religiosidad popular, con la participación de corporaciones de toda la provincia, entre ellas las provenientes de Palma del Río, Pozoblanco, Priego de Córdoba, Puente Genil, Montilla, El Carpio, Aguilar de la Frontera, Montoro, Lucena, Fernán Núñez o La Rambla.

La presencia confirmada de la Virgen de la Esperanza en este Vía Crucis Magno enriquece un discurso iconográfico y devocional que convertirá el centro histórico de Córdoba en un auténtico templo al aire libre. Una jornada que quedará grabada en la memoria colectiva como un testimonio vivo de fe compartida, en la que la dolorosa de San Andrés caminará entre cirios y plegarias, como embajadora de consuelo y promesa cierta de redención.

Una Virgen nacida del arte y del alma: la Esperanza de Martínez Cerrillo

En el corazón del Domingo de Ramos cordobés late una de las obras más celebradas del imaginero Juan Martínez Cerrillo: María Santísima de la Esperanza, una dolorosa que conjuga gracia juvenil, delicadeza serena y una devoción profundamente arraigada en la ciudad. La talla fue concebida en 1946 y bendecida el 16 de febrero del año siguiente, marcando así el inicio de una fecunda relación entre el artista y la Hermandad de San Andrés, que terminaría extendiéndose a su titular cristífero y a otros elementos patrimoniales de la cofradía.

La imagen, de tamaño ligeramente inferior al natural y ejecutada para sustituir a una anterior de menor porte y autor desconocido, fue encargada con la intención de consolidar el culto mariano en el seno de la corporación. Desde su llegada, la Virgen de la Esperanza se alzó como emblema espiritual y estético, ganándose el cariño popular y convirtiéndose en una referencia ineludible del arte sacro local.

El propio Martínez Cerrillo reconoció en ella una de sus creaciones más personales. Inspirado en un ideal de belleza sincera y cercana, dotó a esta Virgen de un semblante juvenil, rostro redondeado, ojos verdosos entreabiertos y labios carnosos, coronados por una ceja bien definida y una barbilla con hoyuelo. A esa estructura formal añadió un tratamiento expresivo en el que el dolor no se impone, sino que se insinúa con exquisita contención, conformando un rostro que emociona por su humanidad tanto como por su perfección artística.

A diferencia de otras dolorosas del escultor, marcadas por un misticismo más sombrío, la Virgen de la Esperanza irradia una ternura luminosa, con una carga emocional que no renuncia a la belleza. Cerrillo la definía como portadora de una “unción de dolor sereno y finura”, y en ella halló el equilibrio perfecto entre la devoción tradicional y una estética renovada que apelaba directamente al pueblo.

Décadas más tarde, en 2011, el también cordobés Antonio Bernal Redondo acometió una delicada restauración que no solo respetó el alma de la talla, sino que supo realzar sus cualidades originales. Con mano experta, Bernal depuró sus facciones, limpió su policromía y devolvió al rostro de la Virgen ese fulgor primigenio que el tiempo había atenuado. El resultado fue una imagen rejuvenecida, no en su aspecto, sino en su capacidad de conmover, reafirmando su estatus como una de las dolorosas más queridas y admiradas de la Semana Santa cordobesa.

Hoy, cuando se contempla a la Esperanza sobre su paso, entre cirios y azahares, se percibe no solo la maestría de quien la talló, sino también el alma de un pueblo que ha hecho de su mirada un refugio y de su nombre una promesa.