Admítelo. No puedes remediar en esta semana llena de farolillos y sevillanas acordarte de la Semana Santa. Está tan cercana, tan reciente que es casi palpable. En tu casa, mientras te duchas para bajar al Real no pones a los Romeros de la Puebla, sino a Tejera. Eres tan jartible que mientras te ajustas la corbata tarareas aquella marcha que escuchaste en la revirá de Chapineros con el palio del Dulce Nombre.
En el pasillo, mientras tu mujer se termina de poner una flor en el pelo, tú, como un loco das un izquierdo como si estuvieras en la chicotá más emocionante de tu estación de penitencia. Es cuando tu mujer te mira raro y dice: ¿Estás bien? Tú, como queriendo quitar importancia al asunto dices “sí”, pero sabes que algo te va comiendo por dentro.
De camino a la caseta no echas cuenta a la portada que se divisa desde Plaza de Cuba, sino a los restos de cera que aún quedan de los nazarenos de la cofradía de las cigarreras. Miras la portada, tan alta, tan enorme, y la achicas con la mirada, queriendo envolverte en el recuerdo de la salida de tu Crucificado cuando roza con el dintel.
Admítelo. Insisto. Dime que cuando pisas el albero te acuerdas del barrio de San Bernardo con su Cristo de los Toreros. Y la primera caseta a la que te diriges es la de tu hermandad o aquella en la que sabes que se reúnen muchos cofrades como tú. Porque tú, jartible terminal, no estás solo, son muchos los que esconden ese castigo de acordarse de María en todas sus advocaciones durante todo el año.
La feria fue creada para hablar de cofradías. Hay tanto que analizar después de aquellos maravillosos siete días que se necesita otra semana para comentar lo vivido. La feria es el invento perfecto. Toda la ciudad se reúne en el mismo sitio, las horas no se cuentan sino se viven, la bebida se desborda y no falta nada de comer. Tu caseta para estar con los tuyos. Un día quedas con los de tu hermandad, otro con tus costaleros y pasado con tus amigos de otras hermandades.
Entre copa y copa pasan las horas. Te acuerdas de la chicotá enorme del palio tal en Campana, uno comenta el encontronazo de dos nazarenos en aquel sitio y otro te arregla la madrugá en diez minutos. La Semana Santa se creó para hablar de cofradías. Admítelo. Tú que llegas al Real para buscar a los de siempre, aquellos jartibles como tú que en esta semana te acompañan y hacen más liviana la despedida o la espera de unos días que como la semana de la feria enamoran.
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