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Córdoba, El Cirineo, Opinión

La globalización es esto

Imagine una soleada mañana del Puente de la Inmaculada paseando por la orilla de la playa. Una idílica mañana casi primaveral, pese a lo que se empeña en asegurar el caprichoso calendario. Suponga que decide desayunar, café y tostada, sentado frente al mar, alimentándose de la brisa y del impecable sol que reina poderoso en el azul impoluto del cielo de Huelva. Sus pensamientos sobrevuelan difuminados por la relajación del instante mientras se niega a concienciarse de que en apenas unas horas regresará a la rutina de la que ha huido para permanecer un poco más precipitándose en un intenso oasis de magia y paz.

Entonces, buscando al camarero, accede al chiringuito playero y de repente la sorpresa más inesperada le invade y le devuelve a la cotidianidad en la que se desenvuelve cada día. Una cotidianidad que huele a cera e incienso y late al compás de marchas procesionales por obra y gracia de una locura sin final, y en ocasiones sin sentido, en la que un día decidió sumergirse. Envuelto en la más absoluta incredulidad, su mirada se detiene a observar las paredes del local, convertidas en un espectacular altar en el que se multiplican las fotografías de imágenes devocionales, esencialmente de Huelva y Sevilla – se encuentra usted en Isla Cristina –. De repente, al reparar en el detalle, descubre, incrustada entre instantáneas de la Soledad de San Lorenzo, el Señor de la Cena o las Penas de Triana, una imagen que le resulta mucho más familiar si cabe, una fotografía de Jesús Caído, potenciando su asombro prácticamente hasta el infinito.

Si ya resultaba sorprendente constatar que un chiringuito de playa, que huele a aroma de bajamar y reminiscencias de salitre y pinar, se ha convertido repentinamente en taberna cofrade, el hecho de encontrar en su pared una fotografía del Rey de San Cayetano hace que su asombro alcance límites insospechados. Asombro que fluye, entre sentimientos de chauvinista orgullo contenido y una sonrisilla nerviosa, y se eleva geométricamente al girar su mirada y descubrir que en la pared de la derecha se encuentra el paso del Sepulcro, el Esparraguero, la Paz y Esperanza, la Virgen de las Angustias, Ánimas, el Rescatado, el misterio del Cister y la Virgen de los Dolores, ocupando un lugar de privilegio en la capilla de recuerdos que Casa Pepín alberga en sus entrañas. Una capilla exclusivamente concebida para aquellos que se adentran en su interior, oculta de las miradas de los turistas habituales, de sombrilla y nevera, que suelen limitar su presencia en el concurrido local a la terraza situada en primera línea de playa, desde la que no se imagina el tesoro que se esconde en su interior, un altar con un inequívoco sabor cofrade y universal, con un rincón reservado para la Semana Santa de Córdoba, para sorpresa de quien les escribe.

Después de unas cuantas fotos, regresé a la orilla del Atlántico y mis pensamientos comenzaron a recordar lo vivido apenas unos instantes atrás. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que la globalización es esto, la posibilidad de encontrar un pedacito de tu universo más cercano en cualquier rincón y en cualquier momento. Una globalización que no ha precisado de redes sociales ni videos de you tube, porque, perdonen mi osadía, pero los habitantes de aquella capilla a orillas del mar de Andalucía no me parecían versados internautas, sino amantes de las cofradías, que conocían por su nombre a los protagonistas de aquellas fotografías que inundaban sus paredes y que allí estaban «porque un amigo se las ha ido trayendo a lo largo de los años».

La globalización es esto, no la absurda estandarización a la que pretenden abocarnos aquellos que solamente comprenden la realidad cofrade a base de izquierdazos trianeros, la mimetización ridícula y la copia por la copia. La globalización que a muchos de verdad nos interesa es la que pone al alcance de cualquiera y en el lugar más insospechado aquellas joyas imperecederas que se esconden en el joyero irrepetible, personal e intransferible de cada ciudad, cada pueblo o cada barrio, las que uno aprendió a querer, proteger y cuidar por obra y gracia de sus devociones heredadas y permanecen inalterables ante la imposición de las modas y la dictadura de la homogeneización.

Poner la Semana Santa al alcance del mundo entero, con la diversidad que la enriquece, con la idiosincrasia de cada uno de los puntos cardinales que conforman el universo cofrade, heterogéneo y maravilloso. Algo que si se puede hacer en Casa Pepín, en la Playa Central de Isla Cristina, puede hacerse a través del inmenso poder que los medios tecnológicos posibilitan en este universo cofrade contemporáneo, cada vez más pequeño aunque en ocasiones de la sensación contraria, y al mismo tiempo, tan incomprensiblemente provinciano; capaz de poner al alcance de la mano, a golpe de click, lo que sucede en cualquier rinconcito de nuestra realidad y de desdeñar la riqueza que se halla íntimamente relacionada con la diversidad, condenada al ostracismo por la ignorancia de quienes se pasan la vida intentando que su hermandad llegue a ser algún día «la Macarena de donde sea».

Ante mis ojos, aquel pequeño y maravilloso rincón impregnado de un evidente regusto cofrade mutó en un inmenso e instantáneo oasis de fantasía en medio del erial en el que hemos convertido nuestro universo, en el que se eleva a la categoría de noticia una igualá cualquiera de una cuadrilla cualquiera dirigida por un capataz cualquiera, endiosando hasta el hartazgo decenas de anécdotas que jamás debieron dejar de ser eso, anécdotas, mientras se menosprecian detalles trascendentales, hermosos y esenciales, porque no venden, como el sentimiento a flor de piel que se experimenta cuando se refleja en la mirada la presencia de quienes ocupan un lugar de privilegio en nuestro altar de cabecera a cientos de kilómetros del hogar, convirtiendo un minúsculo pedazo de existencia en un templo dotado de la eternidad precisa para alimentar el recuerdo y la devoción, sin necesidad de que de fondo suenen marchas procesionales, haya quien queme incienso ni se pregunte con curiosidad insana cuántos costaleros ha logrado congregar el nuevo en su primera igualá.

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