El Rincón de la Memoria, Galerias, Sevilla

La historia detrás de un manto

La exposición “El manto de la Virgen de las Lágrimas: un siglo de oro” se centra en una de las grandes piezas del bordado del siglo XX.

El pasado 7 de noviembre quedaba inaugurada la muestra donde puede apreciarse el manto de la Virgen de las Lágrimas que se bordara en el taller de Olmo además de otras piezas que forman parte de esta exposición. La Hermandad Sacramental de la Exaltación, que se encuentra celebrando el centenario de una de las piezas más destacadas de su patrimonio ha querido mostrar el manto de la dolorosa en el Círculo Mercantil.

 Para conocer el origen de esta pieza hay que viajar hasta el primer tercio del siglo XX donde la Semana Santa de la ciudad experimenta una importante transformación en su vertiente estética donde sobresale la figura de Juan Manuel Rodríguez Ojeda. Por su parte, el taller de Olmo se erige como uno de los grandes referentes del bordado gracias a la originalidad de unos diseños que hoy todavía siguen sorprendiendo a quienes contemplan piezas salidas del citado taller. “Hijos de Miguel del Olmo” funcionaba en la práctica capitaneado por José del Olmo Hurtado. Este confió los diseños a Herminia Álvarez Udell y la dirección de la confección a Concepción Fernández del Toro.

La Virgen de las Lágrimas a mediados del siglo XX

En 1916 se estrena el manto de la Virgen de la Concepción, en una época donde el taller estaba en todo su apogeo. Debido al impacto que causa no son pocas las corporaciones que deciden confiar sus futuras creaciones al obrador, que se mantuvo en pie hasta los inicios de la guerra civil. Las juntas de gobierno de distintas corporaciones que abordaban la renovación textil de parte de su patrimonio vieron entonces en “Hijos de Miguel del Olmo” el taller idóneo donde depositar nuevas ideas. 1918 fue testigo de cómo se realizó el palio de la Esperanza de Triana y el binomio 1923-24 acogió con asombro el palio y manto de la Virgen del Patrocinio. Antes, en 1919, la Exaltación centraba las miradas por el estreno de una pieza de la que se cumple un siglo.

Pero, como decimos, hay que viajar hasta 1916 para conocer el origen de este gran referente del bordado. Es precisamente en el citado año cuando la Hermandad Sacramental de la Exaltación decide sustituir el manto decimonónico de la Virgen de las Lágrimas por otro. Las miradas se pusieron sobre Juan Manuel Rodríguez Ojeda, autor del palio, pero circunstancias que hoy siguen siendo una incógnita, provocan que a mediados de 1917 se opte por “Casa de hijos de Miguel del Olmo” cuyo diseño fue aprobado “naturalmente y por unanimidad”. El contrato recoge que además del manto, con una cuantía de 17.000 pesetas, se realizaría una saya por valor de 400 pts. y los respiraderos de maya por 2.000 pts.

Pero la ejecución del manto pronto se convertiría en un problema. Olmo comunicaría a la corporación su “equivocación en cuanto al tiempo en la construcción del manto” lo que provocó malestar entre los hermanos. Para poder remediar este contratiempo, el propio taller se comprometió a finalizarlo en 1919 y a regalar una saya bordada en oro fino. La cuestión no quedó ahí, pues llegó a ser tal el disgusto para la junta de gobierno que llegó a plantearse la suspensión de la estación de penitencia a la Catedral.

Nuestra Señora de las Lágrimas en la primera mitad del siglo XX

Finalmente, el Jueves Santo de 1919 la Virgen de las Lágrimas estrena la nueva prenda. Bajo diseño de Herminia Álvarez Udell, la pieza continúa la misma línea iniciada en el manto de la Virgen de la Concepción, de la Hermandad del Silencio, con un esquema compositivo dominado por la simetría y que se articula a base de la yuxtaposición de patrones geométricos ordenados en franjas en torno a un campo central, organizados sobre un mismo eje, teniendo en cuenta la caída de la tela según la disposición de esta en el paso. En el aspecto técnico, el manto de la Virgen de las Lágrimas es un alarde de perfección en su amplia variedad de puntadas. De gran dificultad, están ejecutadas con una precisión prodigiosa, algo que puede observarse en las flores realizadas en setillo, sobre el que se disponen hilos de canutillo rematados en lentejuelas plazas con inserciones de hojilla o cartulina según la tipología.

Aunque las similitudes con el manto de la Virgen de la Concepción son más que evidentes, también encontramos diferencia entre ambas joyas. Por ejemplo, la de la dolorosa de la Exaltación destaca por una impronta renacentista patente en el canon, que modera la estilización de la decoración vegetal y del entrelazo de los galones que modulan la banda perimetral. Importante es también la presencia de las flores que adornan el manto y que responden a una iconografía que profundiza en el papel que desarrolla la Virgen en la Pasión y Muerte del Redentor. Es el caso de los cardos, símbolo del padecimiento, de los iris, que suele identificarse con el dolor, o el lirio florecido, relacionado con la pureza. Pero si hay una flor que sobresale por encima de todas es, sin duda, el clavel. Y es que, según una leyenda medieval, este surgió de las lágrimas que brotaron de los ojos de María cuando estaba en el Gólgota. Y aquí es donde el clavel cobra primacía por encima de las demás flores si recordamos la advocación de la dolorosa.

A lo largo de este siglo el manto ha sido objeto de dos importantes restauraciones. En 1966 las monjas del Convento de Santa Isabel realizaron una intervención que consistió en sustituir el soporte de terciopelo azul pavo por uno de tisú grisaceo, provocando la alteración del diseño que ideara Herminia Álvarez Udell. En 2010 el taller de Jesús Rosado recupera el diseño original tras una larga restauración donde se  le devolvió su primitivo aspecto.