Una fecha fija
En un encuentro con periodistas, Ramón Darío Valdivia, obispo auxiliar de Sevilla, ha manifestado la disposición de la Iglesia católica a revisar el calendario de la Semana Santa y a asumir la fecha que propongan las comunidades ortodoxas. El prelado ha explicado que la diferencia entre ambas tradiciones ha residido en los sistemas de cómputo: mientras las Iglesias orientales han mantenido el calendario juliano, la Iglesia católica ha seguido el gregoriano.
Valdivia ha subrayado que un eventual cambio no supone un obstáculo insalvable para la Iglesia, aunque ha reconocido que su aplicación ha generado desafíos prácticos. A pesar de ello, ha insistido en que no existe rechazo a un acuerdo común.
El cálculo astronómico y sus efectos
El esquema actual, basado en la primera luna llena de la primavera, ha provocado variaciones anuales entre las fechas católicas y ortodoxas. En este contexto, Rafael Vázquez, responsable del Secretariado, ha confirmado que permanecen abiertos a estudiar una propuesta concreta y ha defendido que el carácter móvil de la Pascua ha conservado su profundidad simbólica frente a la opción de una fecha fija.
Ambos representantes han coincidido en que la ausencia de una celebración unificada ha debilitado la credibilidad pública del mensaje cristiano en entornos cada vez más secularizados. La ruptura del calendario litúrgico, han subrayado, ha constituido una anomalía que conviene resolver.
El antecedente: la iniciativa del Papa Francisco
En abril de 2024, distintas publicaciones recordaron que el fallecido Papa Francisco había reiterado su propósito de establecer una fecha fija para la Semana Santa, con la segunda semana de abril como escenario probable. Esta posición seguía la línea que ya había expuesto en 2015, cuando indicó que la Iglesia católica estaba dispuesta a hacer coincidir la Pascua con el segundo domingo de abril.
Durante el II Retiro de Sacerdotes en la Basílica de San Juan de Letrán, Francisco señaló que, desde el pontificado del beato Pablo VI, la Iglesia había buscado sin éxito una fórmula que unificara la fecha pascual. En su diálogo con los presbíteros, aseguró que la institución llevaba décadas intentando superar divisiones de calendario para reforzar la comunión entre Iglesias.
Riesgos del sistema tradicional según el Pontífice
El Papa precisó entonces que, si se mantenía el método clásico de los monasterios ortodoxos más conservadores —el domingo posterior a la primera luna llena tras el equinoccio—, la progresión astronómica podía empujar gradualmente la Pascua hacia fechas cada vez más tardías. En tono crítico, advirtió que ese modelo corría el riesgo de situar la celebración en pleno mes de agosto en unas décadas.
Por ello, insistió en la necesidad de un acuerdo global. Mostró además la disposición de la Iglesia católica a renunciar al criterio del primer solsticio tras la luna llena de marzo, una propuesta que provocó el aplauso de sacerdotes, obispos y cardenales presentes.
Una «oportunidad perdida» en 2025
El Pontífice recordó también que el patriarca Bartolomé había permitido que la minoría ortodoxa en Finlandia celebrase la Pascua en la misma fecha que los luteranos, evitando así lo que consideró un escándalo ritual. Su ya célebre frase —«Mi Cristo hoy, el tuyo la semana que viene»— resumía la gravedad pastoral de la disparidad.
En noviembre de 2022, Francisco reiteró la plena disponibilidad de la Iglesia católica para aceptar cualquier propuesta común, siempre que todas las Iglesias avanzaran juntas. Destacó entonces el valor simbólico de 2025, año en que coincidía la celebración de la Pascua entre confesiones y en el que se conmemoraba el primer Concilio. Sin embargo, aquella sincronía que habría podido servir de hito histórico se ha convertido en una «oportunidad perdida«, incapaz de cristalizar en un acuerdo definitivo.
En su intervención final, el Papa instó a las Iglesias a asumir la valentía necesaria para cerrar una fractura que ya dura siglos. Afirmó que la Iglesia católica estaba preparada para seguir el consenso que las demás Iglesias establecieran, manteniéndose fiel al espíritu de apertura que Pablo VI había impulsado.





