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Córdoba

La iglesia que resurgió de sus cenizas y el Cristo «de los tres milagros»

Se cumplen cuatro décadas de este terrible suceso.

Ocurrió en la madrugada del 29 de enero de 1978. Aquella fría noche, la venganza de un individuo miserable, causada por no haber obtenido una plaza de cuidador en un centro educativo de la Diputación de Córdoba, derivó en un fuego intencionado que devastó la iglesia de La Merced, una de las joyas arquitectónicas del barroco andaluz. El fuego afectó al templo, levantado en el siglo XVI, que fue pasto de las llamas, entre la desolación de Córdoba entera, y que devoró el valioso retablo barroco hasta dejarlo reducido a cenizas, así como gran parte de sus tesoros patrimoniales. Una fechoría que quedó demostrada por la autoridad competente, si bien fueron muchas las voces que, en aquella época post-franquista, llegaron a especular que el incendio recordaba demasiado a los que destruyeron miles de obras de arte por toda la geografía española durante la II República y la Guerra Civil.

Lo único que se salvó milagrosamente de aquel catastrófico incendio fue el Santísimo Cristo de la Merced un maravilloso crucificado del siglo XIV de autor desconocido, de estilo gótico, que pasa por ser el crucificado más antiguo que existe en Córdoba. Una obra catalogada como monumento histórico-artístico que ha sobrevivido a tres incendios, el último el mencionado de la propia Iglesia de la Merced de 1978. Una Imagen devocional que hoy casi cuatro décadas después es titular de la pro-hermandad de la Quinta Angustia, pese a que su propiedad pertenece a la Excelentísima Diputación de Córdoba. El terrible suceso, destruyó la iglesia que durante unos años fuera el templo desde el cual la hermandad de la Paz y Esperanza se ponía en la calle cada Miércoles Santo, dejándola reducida a una bóveda negra, como afirmaría quien fuese presidenta de la Diputación, María Luisa Ceballos, cuando treinta y seis años después, fue recuperada para Córdoba. Cuando el templo quedó reducido a cenizas, la Diputación de Córdoba planteó una lenta pero constante estrategia de recuperación, en la que el protagonismo lo tendrían la artesanía tradicional y las escuelas talleres.

Foto Valerio Merino

El templo fue restaurado en siete fases trabajando en su desarrollo más de un centenar de alumnos desde 1988 bajo la supervisión del asesor artístico de la Diputación, Francisco Mellado quien, en el momento de la reapertura especificaba que “la pieza más llamativa, el retablo, había sido reinterpretado, y en él se había utilizado madera de pino de Flandes y oro de 23 quilates, todo con técnicas artesanales, como dorado al agua, yesería y pintura ornamental, propias del siglo XVIII”. El resultado, hoy en día puede ser admirado por Córdoba entera, una iglesia remozada, en la que lucen tallas policromadas, cuadros, imágenes, un espectacular coro en altura y todo el patrimonio que, durante décadas ha estado repartido por el Palacio, además del altar de la Merced, que ha recuperado su monumentalidad.

Foto Quinta Angustia

El culto fue recuperado en el templo poco tiempo después y a raíz de aquello, en su seno comenzó a forjarse una corporación penitencial, la Quinta Angustia, que desde el primer momento y en base a una dirección perfectamente definida ha ido cuajando un ilusionante sendero que deberá culminar en un futuro con su presencia en las calles cordobesas, camino de la Santa Iglesia Catedral. Una corporación que rinde culto al antiquísimo crucificado y a la bellísima dolorosa que, bajo la advocación de María Santísima de la Quinta Angustia, tallasen el tándem de imagineros cordobeses Pablo Porras y Juan Jiménez, que igualmente están ultimando al Nazareno que ocupará en un futuro el primero de los pasos procesionales de la futura cofradía. Sin embargo, resulta de todo punto innegable, la evidente fascinación que despierta el Cristo de la Merced o “de las Mercedes”, que se halla dispuesto a la derecha del retablo del altar mayor, una pieza que fue reconstruida a partir de un diseño a escala real realizado por Eduardo Coronas, que trabajó en su recuperación con el desaparecido arquitecto Rafael de la Hoz, reducido por muchos en los últimos tiempos a una prescindibles celosías existentes en la Mezquita-Catedral, pero sin el cual no se entiende la actual fisionomía del Palacio de La Merced.

Un crucificado cuya última restauración concluyó en marzo de 2003 por Claudio Carbonell Soriano, encargado por aquél entonces del área de Patrimonio de la Diputación. El estado que presentaba la escultura a raíz del fuego de 1978 era el de una talla ennegrecida por el humo, con múltiples ampollas en su policromía, con grietas, perdidos los ensamblajes y abiertas las juntas, sin olvidar más de una grieta y la falta de algún que otro dedo. Lo primero que hizo Carbonell fue realizar un estudio para determinar la autenticidad de la escultura de madera y conocer qué partes de la misma pertenecían al siglo XIV y cuáles eran fruto de posteriores rehabilitaciones.

Foto Quinta Angustia

Las conclusiones resultaron evidentes: De la talla original sólo se conservaba el volumen de la escultura, es decir, el tronco y la cabeza. Una conclusión a la que se llegó tras realizar diversas radiografías de la pieza y un estudio minucioso para conocer qué había de original en la figura, quedando demostrado que de rodilla para abajo, así como los brazos eran consecuencia de una actuación anterior de Miguel del Moral y que las policromías tampoco eran originales. El restaurador basó su trabajo en la conservación del volumen original y en respetar las formas. Y es que antes de los años 40, la imagen se encontraba en un estado muy deteriorado siendo imprescindible su restauración, que implicó la realización de los brazos y de las piernas. En aquella restauración realizada por Carbonell, se procedió a la eliminación de patinas y de policromías, cuyo fin era envejecer innecesariamente el aspecto de la escultura. Una contradicción, en opinión del restaurador, ya que está perfectamente documentado que es del siglo XIV.

Hoy, a punto de cumplirse cuarenta años de aquél incendio terrible, la Iglesia de la Merced vuelve a ser la joya barroca que siempre fue uno de los edificios más emblemáticos de una ciudad, cuyo patrimonio arquitectónico a veces parece quedar reducido a su etapa musulmana y las iglesias fernandinas. Una joya que atesora en su interior a otra joya de la imaginería, tal vez poco conocida para el gran público, que además de ser el crucificado más antiguo de Córdoba, podría ser considerado el Cristo de los Milagros, ya que pocas imágenes han podido salvarse milagrosamente de, nada menos que tres incendios, “y vivir para contarlo”. Tres milagros, permítanme la licencia, que permite que sigamos pudiendo quedar fascinados ante su presencia.

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