La lluvia irrumpe en Roma y desluce el epílogo de una procesión histórica

El cielo romano, que hasta entonces había acompañado con clemencia la emotiva jornada jubilar de las cofradías, rompió inesperadamente su estabilidad, toda vez que más allá de un leve chispeo el sol había ganado la batalla durante toda la tarde. En el recorrido de regreso desde el palco de autoridades de la Gran Procesión del Año Santo, un fuerte chaparrón sorprendió a los cortejos en plena vía pública, obligando a acelerar el regreso a la carpa desde la que han realizado su salida.

Las precipitaciones, intensas y repentinas, alcanzaron a las imágenes. El Santísimo Cristo de la Expiración, popularmente conocido como El Cachorro, y María Santísima de la Esperanza, llegada desde Málaga, vieron alterado el ritmo de su desfile, obligándose a adoptar un paso más rápido, en aras de proteger las tallas y el patrimonio procesional.

La banda que acompaña al Cristo sevillano, confirmada por músicos de la Banda de la Puebla y la Oliva de Salteras, en un gesto de sobriedad, cesó la interpretación de marchas y continuó a tambor, entre el estrépito del aguacero y el murmullo de un público que, desprovisto de resguardo, ha seguido acompañando impertérrito al crucificado.

Particularmente llamativa fue la imagen de la Esperanza malagueña, cuyo manto fue cubierto apresuradamente por miembros del cortejo con plásticos protectores, en una medida de urgencia que evidenció la fragilidad de las condiciones y la improvisación obligada por la falta de infraestructura inmediata en las proximidades.

En un gesto de admirable responsabilidad y agilidad organizativa, el cortejo que acompañaba al Santísimo Cristo de la Expiración optó por retirarse discretamente, dejando avanzar en solitario al Crucificado de Triana. De este modo, se facilitó que la venerada talla pudiera acelerar el paso entre los aplausos conmovidos del público, que reconocía tanto la solemnidad del momento como la necesidad de preservar la imagen ante la intensa lluvia que comenzaba a arreciar sobre la Ciudad Eterna.

No existía posibilidad de refugio para los cortejos, lo que obligó a los organizadores a replegar las imágenes a las carpas habilitadas para su resguardo tras el desfile, en medio de un regreso apresurado aunque disciplinado, como corresponde, pero visiblemente afectada por las inclemencias.

El discurrir de una jornada que hasta entonces había transcurrido entre la emoción y el recogimiento se vio así truncado por la adversidad meteorológica, dejando una estampa alterada por la precipitación literal y simbólica. Lo que había sido una procesión para la historia se tornó, paradójicamente, entre aguas que parecían querer borrar sus huellas, pero que, sin embargo, no empañan el testimonio de fe y entrega que Roma ha presenciado.

Afortunadamente, la lluvia concedió una tregua que devolvió la calma, aunque ya con el miedo en el cuerpo y con todo el mundo mirando al cielo por si la lluvia regresaba. A pesar de de todo, ambas imágenes, El Cachorro y la Esperanza, retomaron su cadencia habitual que había quedado momentáneamente alterada por la inclemencia del tiempo. Recuperado el pulso emocional, los pasos avanzaron con dignidad hacia la culminación de una jornada ya inscrita en la historia de la religiosidad popular andaluza.