Ella, siempre Ella, la Madre de Dios que ofrece su amparo incalculable y propicia el cauce divino para que el cristiano alcance el paraíso prometido, la luz imperecedera que es faro en las tinieblas de la procelosa tempestad en la que tantas veces nos hallamos, el asidero al que el naufrago se aferra en sus momentos de duda y zozobra.
Es la Virgen, el ancla de amor y ternura que permite protegerse del oleaje de las miserias cotidianas y el maná del Cielo que nutre las almas de quienes acuden a reflejarse en sus pupilas. Así ha ocurrido durante toda la jornada a orillas del Alpargate, donde la Virgen que sana la Amargura del universo, ha extendido su mano para a ella puedan agarrarse quienes la buscan y siempre la encuentran. Como nuestro compañero Antonio Poyato, que ha registrado esta jornada única, bajo la particular visión de su personal mirada.
















