El cierre del monasterio de Santa Marta, decidido por la Orden de San Jerónimo tras el fallecimiento, el pasado 15 de junio, de sor Fátima, última superiora de la comunidad, ha abierto una etapa de incertidumbre para uno de los enclaves espirituales más emblemáticos de Córdoba. Desde el pasado 20 de junio, el convento femenino más antiguo de la ciudad ha cesado su actividad conventual, poniendo fin, al menos por el momento, a más de cinco siglos y medio de presencia jerónima en la capital.
En este contexto, la Hermandad de la Misericordia, estrechamente ligada a Santa Marta desde hace más de cuatro décadas, ha iniciado conversaciones con la Orden Jerónima con el objetivo de procurar la continuidad del culto en la iglesia conventual, donde cada domingo, a las 13:00 horas, se celebra la Eucaristía. La intención es evitar que desaparezca lo que muchos consideran un auténtico oasis de espiritualidad en pleno centro histórico de Córdoba.
Más de cuarenta años de vinculación entre la Misericordia y Santa Marta
La relación entre la corporación del Miércoles Santo y el monasterio se remonta a los años comprendidos entre 1985 y 1998, periodo en el que los titulares de la Hermandad de la Misericordia recibieron culto en Santa Marta debido al cierre de la parroquia de San Pedro. Aquella circunstancia propició una estrecha unión con la comunidad jerónima, una vinculación que se ha mantenido viva hasta nuestros días.
Precisamente por ese vínculo histórico, la cofradía se encuentra actualmente implicada en las conversaciones encaminadas a garantizar la permanencia de la vida litúrgica en el templo. La comunidad de fieles que cada semana participa en la misa dominical mantiene la esperanza de que la iglesia pueda seguir abierta, mientras desde distintos ámbitos se insiste en la importancia de preservar este espacio de recogimiento y oración. Dios siempre tiene la última palabra en la Historia, señalan quienes contemplan con esperanza el futuro de Santa Marta.
El luto de la Virgen de las Lágrimas por sor Fátima
Como muestra del profundo afecto que une a la corporación con las religiosas jerónimas, Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo ha sido vestida de luto tras la muerte de sor Fátima, fallecida a los 99 años y última religiosa perteneciente al monasterio cordobés.
En los últimos tiempos, la superiora había sido atendida por sor María de Gracia, religiosa procedente del convento jerónimo de Constantina, en Sevilla, que permanecía en Córdoba exclusivamente para cuidar de ella. Con su fallecimiento y el regreso de la monja a su comunidad de origen, concluye una presencia continuada iniciada en la década de 1460.
La posibilidad de una reapertura no está descartada
Aunque el convento permanece actualmente cerrado, la Orden Jerónima contempla la posibilidad de reabrirlo a medio plazo mediante el envío de nuevas religiosas de la propia congregación. Tampoco se descarta que otra comunidad religiosa pueda establecerse en el histórico cenobio, lo que permitiría recuperar la vida monástica entre sus muros.
Mientras tanto, todas las miradas se centran en la conservación del culto en la iglesia conventual, cuya continuidad depende del resultado de las conversaciones actualmente abiertas.
El cierre de Santa Marta abre incógnitas para la Hermandad del Rocío de Córdoba
La desaparición de la comunidad jerónima también deja abierta la incógnita sobre las consecuencias que esta situación pueda tener para la Hermandad del Rocío de Córdoba, cuya historia está estrechamente ligada al monasterio de Santa Marta y a sus religiosas.
Las monjas jerónimas custodiaron y protegieron el antiguo Simpecado de la corporación rociera durante cerca de cuarenta años, desde la Guerra Civil hasta la refundación de la hermandad en 1978. Gracias a aquella custodia silenciosa y perseverante, la insignia pudo conservarse y ser recuperada por la corporación una vez restablecida su vida institucional.
En reconocimiento a esa vinculación histórica, la Hermandad del Rocío de Córdoba ha mantenido desde entonces una estrecha relación con las religiosas de Santa Marta. De hecho, tras cada romería a la aldea almonteña, el Simpecado era trasladado al convento para permanecer junto a las monjas, en un gesto cargado de gratitud hacia quienes velaron por él durante décadas en tiempos especialmente difíciles.
La ausencia de esta comunidad religiosa en Santa Marta plantea ahora interrogantes sobre el futuro de esta tradición y sobre el modo en que podrá seguir manteniéndose un vínculo que forma parte de la memoria sentimental e histórica de la corporación rociera cordobesa.
Con el cierre de Santa Marta se apaga, al menos temporalmente, una presencia religiosa de más de quinientos cincuenta años en Córdoba. Sin embargo, entre quienes frecuentan este enclave histórico prevalece la esperanza de que el silencio de la despedida no sea definitivo y de que las puertas de este histórico monasterio puedan volver a abrirse algún día a una nueva comunidad religiosa.





