El 18 de julio de 1936, varias iglesias se convertían en dianas del odio. Los asaltantes habían visto en ellas el lugar perfecto donde asestar profundas heridas a la religión. Con la pérdida de las imágenes se daba también un tajo al centro devocional de la feligresía. Una de ellas fue San Bernardo, un barrio situado en el extrarradio que sufrió en sus carnes la sinrazón de la guerra.
Se había celebrado la festividad de la Virgen del Carmen. Era mediados de julio y el calor azotaba los campos. Y también la ciudad. Sin embargo, el día 18 el bochorno sería provocado por el hombre. Por un puñado de hombres que abrirían las venas de la vieja Híspalis. San Bernardo era un barrio donde la necesidad se hacía presente. Consumía las paredes de aquellas familias numerosas que vivían hacinadas entre mendrugos de pan y chinches en colchones improvisados. La Fábrica de Artillería concentraba un buen número de trabajadores. La parroquia de San Bernardo cobijaba las penurias de madres y esposas.
Lejos de allí, en Plaza Nueva, se alzaban las voces. Nicolás Salas expone que “para la Internacional Comunista, la Iglesia católica era el primer adversario a batir parar liberar a la clase obrera del opio del pueblo”. El objetivo estaba claro. Comenzaban a organizarse y a dividirse para que todo saliera como ellos habían planeado. Desde barrios lejanos comenzaban a llegar asaltantes que se dirigían al centro. Pasaron por San Bernardo. Eran alrededor de las diez de la noche y, a lo lejos, se anunciaban columnas de humo. Varios templos estaban siendo pasto de las llamas. Aquellos atacantes, además, encontraron ayuda. Eran vecinos del propio barrio. Conocían el templo como si fuera su casa. Porque, de alguna u otra manera, ellos habían formado parte de ella. Sin negarlo siquiera tres veces, acabaron uniéndose. Rocían con gasolina la puerta y el fuego comienza a devorar lo que encuentra a su paso. El párroco intenta sofocar las llamas con cubos de agua pero el desastre es imparable. Toda ayuda es poca.
Los vecinos, alarmados, avisan a los bomberos del centro más cercano. Las llamas son sofocadas, pero la puerta, carbonizada, es un escollo más que salvable para los bárbaros. Acceden al interior y sacan las imágenes sagradas que se custodian, entre las que se encuentran San Juan, la Magdalena que iba a los pies del Cristo y la Virgen del Refugio, atribuida al círculo de Roldán. Una pira improvisada conformada por ellas provoca una hoguera irreconciliable. Tras intentar arrancar al Cristo de la cruz y, viendo que era prácticamente imposible, comienzan a desmembrarlo y prosiguen su hazaña con un hacha. Es arrojado al fuego, como también hacen con túnicas o enseres pertenecientes a la cofradía. A la mañana siguiente la hoguera agoniza y solo quedan algunas partes del Cristo. Sin embargo, el día 19 vuelven a usar aquellos vestigios para levantar otra lumbre. El palio de la dolorosa quedó muy dañado, mientras que el de Cristo se conservó en buen estado al encontrarse en un almacén ajeno a la parroquia. En la sala de juntas de la hermandad se encuentran pequeños fragmentos del Cristo, testigos de aquel episodio.
La hermandad no permite que se consulten los hechos de aquella barbarie. Sigue el modus operandi de tantas otras corporaciones e instituciones. Allí constan los nombres de quienes protagonizaron el capítulo más oscuro de San Bernardo. Permanecerá cerrado porque hacerlo público supondría volver a abrir heridas que, a pesar de estar cicatrizadas, guardan las señales del horror. Como las fotografías de personas torturadas o los archivos que se desclasifican pasadas las centurias, y que tienen tantas cosas que decir que, de conocerlas, desatarían otra contienda. Habrá que dejar que el tiempo nuble la memoria de un angustioso capítulo.





