Si tuvieramos que decir que día del año se parece más al Domingo de Ramos nos refeririamos al Jueves de Corpus. El calor, el rito de padres e hijos y abuelos y nietos, y la mañana en la que la Sevilla más católica no solo se engalana por fuera. Es un día para alegría. Los más madrugadores se encontraron con el Señor de la Sagrada Cena por el centro. Delante del paso acompañaba la Escolanía de María Auxiliadora y esas primeras horas anunciaban las temperaturas que iban a caracterizar la jornada.
La procesión del Corpus comenzó a las ocho y cuarto con los carráncanos. Todavía había sillas vacias por la Avenida, las cuales no se llegaron a llenar en la mañana. El público era variado: abuelos con sus nietos, amigos conversando y leyendo el periódico cumpliendo con la tradición de cada mañana de Corpus y grupos de jóvenes que aguantaban de pie.
La gente se arremolinaba lógicamente en las calles con sombra como Cerrajería, Cuna o Francos. Mientras el tramo de Avenida-Plaza de San Francisco quedaba absolutamente desierto. Más allá del calor el protagonista de la mañana fue el cortejo. Sobre cuatro mil personas participaron con sus respectivas hermandades y nueve pasos en un cortejo que dura dos horas y media, y que se hace soportable con los magníficos pasos que procesionan.
Sin duda lo mejor del Jueves de Corpus es la devoción al Santísimo que aún se conserva. Mujeres mayores rezando al paso de la custodia de Arfe y nietos aprendiendo la devoción más antigua de la mano de sus abuelos. Y la recuperación de algunos elementos que algunos pensaban perdidos para siempre como los gallardates de terciopelo rojo que adornaron la avenida de la Constitución que reaparecieron dos décadas después.
Polémicas aparte y sempiternas discusiones acerca de como ha de ser el mejor modo de evitar el hastío y en ocasiones el aburrimiento que la larguísima procesión genera en buena parte de su desarrollo, lo importante, lo realmente importante es que Sevilla volvió a demostrar que la esencia de sus cosas y sus tradiciones permanece inalterable pese a las modificaciones que el tiempo de manera inevitable introduce en lo accesorio. Hoy, una vez más, la esencia de Sevilla se encontró cara a cara con su Divina Majestad, en cada rincón, en cada calle en cada plaza… en cada corazón de cada sevillano que se echó a las calles para reencontrarse con su historia y con el mismísimo Dios Vivo.

















