La Quinta Angustia, la Diputación y la Iglesia de la Merced: una compleja historia de cohabitación por culpa de la titularidad pública del templo

La historia de las hermandades está cuajada de múltiples ejemplos de cohabitación con organismos laicos, entidades que nada tienen que ver con la Iglesia católica con la que, en apariencia, todo debería ser más sencillo. En Sevilla, existen actualmente algunos ejemplos de esta existencia en vecindad. La Hermandad de los Estudiantes en la universidad de Sevilla, la Hermandad de Las Cigarreras en la antigua fábrica de tabacos y la Hermandad del Valle también en sede universitaria son buenos ejemplos de hermandades que viven en sedes cuya titularidad tiene carácter público. Una coexistencia que no siempre ha sido sencilla a lo largo del tiempo, al contraponerse intereses de muy distinta naturaleza que en ocasiones han podido generar cierto grado de conflicto.

Uno de estos ejemplos se vive también en la ciudad de Córdoba desde hace unos años, en concreto en el palacio de la Merced sede institucional de la Diputación de Córdoba, que alberga en sus entrañas la magnífica iglesia homónima coma lugar de culto y simultáneamente sede canónica de la Hermandad de la Quinta Angustia. Hace tan solo unas horas la joven corporación de vísperas anunciaba mediante un escueto comunicado difundido a través de sus medios oficiales de información que se veía obligada a modificar las fechas en que se celebran sus tradicionales cultos, obligadas por unas circunstancias sobrevenidas, fruto de la singular situación en la que el culto católico se desarrolla en el edificio.

Como es sobradamente conocido la iglesia sufrió un voraz incendio en el año 1978 y fue objeto de una costosa y minuciosa restauración que culminó más de tres décadas después con su reapertura al culto católico que siempre tuvo. Conviene recordar que el actual Palacio de la Merced fue un antiguo convento, por lo que la esencia católica del inmueble no solo de la Iglesia está fuera de toda duda con independencia del uso actual del edificio.

La extraña situación de cohabitación de la que hablamos estuvo a punto de ser abordada hace unos años coincidiendo con la presidencia del Partido Popular en el organismo provincial. El ente público ofreció en 2014, inmediatamente después de culminar su restauración, a la diócesis de Córdoba un acuerdo de cesión que permitiera poner negro sobre blanco la utilización religiosa del templo. Al parecer desde Palacio se marcó distancia con la posibilidad de materializar este acuerdo toda vez que su firma hubiese implicado aceptar de manera tacita la titularidad del templo por parte del organismo provincial, por lo que se optó por la vía del decreto para materializar el culto. Solventadas las dudas de la curia, previa consulta vaticana, se intentó retomar el asunto de la cesión con poco éxito a consecuencia del cambio en la presidencia de la Diputación que pasó a manos socialistas. Como suele ser habitual, cuando la izquierda y la Iglesia coinciden en una encrucijada, el Partido Socialista no mostró el mismo interés que el Partido Popular en materializar con una cesión la utilización religiosa del templo optando por la firma de un convenio (suscrito en 2020) con unas condiciones impuestas por el ente público mucho menos ventajosas que las que podrían haberse desprendido de la opción original, que prevé y regula el uso de la Iglesia y establece horarios y el sometimiento del culto a las necesidades de la diputación. Una opción que con el paso de los años se ha visto perfectamente imperfecta y que ha provocado múltiples situaciones como las que ahora sufre la Hermandad de la Quinta Angustia, obligada a suspender o posponer sus cultos porque a alguien se le ha ocurrido organizar unas jornadas sobre el Barroco de la Diputación de Córdoba y cerrar la iglesia para celebrar parte de los eventos previstos. El obispado recibió un escrito de diputación, firmado el 22 de octubre ordenando el cierre de la iglesia por la celebración de estas jornadas barrocas. De ahí que la hermandad se haya visto obligada a trasladar el Triduo en honor de María Santísima de la Quinta Angustia, que se celebra desde hace una década la última semana de noviembre -difícilmente alguien podrá alegar que no lo sabía- a la semana del 6 de diciembre a la semana del 6 de diciembre.

A lo largo de estos años, feligreses, sacerdotes y hermanos de la hermandad han visto cerrar la Iglesia para la celebración de las más variopintas actividades, provocando situaciones chocantes como la utilización de la sacristía cómo vestuario de los actores, la rigidez a la hora de poder usar determinadas áreas del templo o incluso la movilización de partes muebles destinados a uso religioso sin previo aviso, provocando situaciones tan chocantes como que un sacerdote deba confesar a una persona mayor de 80 años sentados en dos sillas porque alguien ha decidido que el concesionario molestaba para celebrar determinada actividad.

Porque más allá de la legitimidad de los actos programados por la Diputación, nadie pone en duda la titularidad pública del edificio, lo que sí entra en cuestión es la nula sensibilidad evidenciada por parte del organismo provincial, tanto a la hora de fijar sus eventos, -la sesión teatral podría haberse fijado en cualquier otra semana del año y no hacerla coincidir con unos cultos que todos los años se celebran en la misma fecha-, o en desenvolverse por un enclave que, moleste a quien moleste, o disguste a quien disguste, es una iglesia católica. Solo hay que observar minuciosamente para constatarlo las imágenes que encabezan este artículo que muestran a una de las actrices convocadas para el evento sentada ante el sagrario en el sillón del sacerdote. Habrá quien diga que no son imágenes extraordinariamente censurables y que cosas más graves se han visto en los últimos años. Y es cierto. Pero volviendo la oración por pasiva, cabe preguntarse si no había cualquier otro lugar en tan vasto edificio para hacerse estas fotos publicitarias sin que nadie pueda sentirse molesto o herido.

Probablemente este tipo de situaciones controvertidas, episodios de este calado, que en última instancia no son más que la prueba fehaciente del nulo respeto perpetrado por parte del dueño a su inquilino, seguirán reiterándose en el tiempo entre la incomprensión de los muchos fieles que cada semana acuden a encontrarse con Dios en la iglesia de la Merced y ven cómo de cuando en cuando les niegan su encuentro por un concierto o una obra de teatro que podrían celebrarse en cualquier otro lugar. Una situación que solamente puede arreglarse mediante una cesión similar a la inicialmente planteada, que hace preguntarse a más de uno que si esto sucede en la iglesia de la Merced, qué podría suceder en la Mezquita Catedral si algún día cayese en manos de la no siempre respetuosa titularidad pública y a alguien se le ocurre organizar en mitad del templo cualquier sarao coincidiendo con la Semana Santa o la celebración del Corpus.