El Cirineo, 💙 Opinión

Una auténtica panda de gilipollas

Si usted, querido lector, pensaba que la condición de gilipollas se repartía en exclusiva entre los cofrades de su ciudad / pueblo / barrio / cofradía, los astros se han confabulado para volver a demostrar, de manera prácticamente científica, exactamente lo contrario. Se trata de un suceso generalizado… Casi paranormal por lo increíble que resulta que se repitan los porcentajes en distintas poblaciones que se utilicen para el estudio. Existe una más que llamativa multiplicidad de especímenes que pueden englobarse en esta categoría… Tenemos los gurús mediáticotuiteros -y quienes aspiran a serlo o se expresan como si lo fuesen, sin serlo-. Influencers frustrados que se dedican a pontificar día sí, día también, desde su atalaya de prepotencia y podredumbre a través de la red del pajarito. Son esos que le dicen a sus presuntos semejantes, a quienes en el fondo consideran inferiores, lo que pueden o no pensar, lo que pueden o no decir, y, por supuesto, lo que pueden o no hacer. De tal suerte, no se puede opinar sobre si una imagen debe llevar o no túnica bordada, si se puede o no acompañar con música su caminar por un enclave determinado, o si se le puede hacer una foto con el móvil porque a usted le sale de los cojones.

Perfectos imbéciles que menosprecian esas fotos que para usted son las más importantes precisamente porque las ha hecho usted y son exactamente esas las que quiera llevar en su móvil para siempre y no las de ciertos fotógrafos con complejo de artista que molestan mucho más que una mano alzada con un móvil, entorpeciendo no sólo la visión del devoto sino, en muchas ocasiones, hasta el caminar del cortejo, y siempre, siempre, incrustándose en el destrozando la escena. Adalides de la presunta verdad absoluta que, en realidad, no son más que proyectos de dictadores que pretenden imponer su opinión.

Son también esos que han sido ascendidos a community manager de bandas y cofradías y que reparten, con repugnante complacencia, «me gustas» negando retuits -o reservándolos para sus amigos más íntimos- porque tienen demasiada categoría para rebajarse a retuittear determinadas cosas. Gilipollas que se dedican a repartir mensajes absurdos -muchas veces ridículos y casi siempre sonrojantes- para que los miembros de su rebaño más cercano les inunden del incienso de sus edulcoradas y fanáticas respuestas, hasta que las arcadas del lector imparcial se acercan peligrosamente al vómito. O los que insultan a quienes, en el legítimo ejercicio de su libertad, expresan su amor a una imagen devocional como les da la real gana y no como impone el estrecho código de conducta políticamente correcto que ciertos personajillos pretenden imponer.

O quienes desde la cuenta oficial de un consejo -siempre con minúscula como diría mi admirado Julio Domínguez Arjona-, una banda o una hermandad magnifican de manera pueril un sucedido del que prácticamente nadie había tenido constancia previamente poniendo sobre él el foco y convirtiendo en noticia lo que había pasado absolutamente desapercibido, en un ejercicio de imbecilidad perfecta. O quienes cada año, con menos grado de acierto que la Aemet en Semana Santa, aventuran qué imagen será la elegida para el Vía Crucis de las Hermandades, demostrando con sus múltiples vaticinios que no tienen ni puta idea de lo que se cuece.

Y por supuesto, los genios que diseñan campañas electorales basadas en la descalificación, la insinuación, la acusación velada y, en definitiva, el reparto discrecional de mierda. Estos merecen el máximo galardón. Sobre todo por el éxito cosechado. Porque de nada han servido los intentos denodados por situar en el cadalso a quien no es presunto culpable de nada, hasta el punto de casi olvidar al auténtico presunto culpable, y amplificar de manera artificial un asunto que, de momento, solo compete al ámbito judicial, -y ahí deberá dilucidarse y no en unas urnas- demostrando una miopía y una catadura moral que algunos ya sospechábamos y que ahora ha quedado perfectamente demostrada.

Lo decía hace unas semanas. Al parecer, las hermandades tenemos al enemigo dentro, en forma de Caballo de Troya, entre los propios cofrades, aunque aquí también cabría la posibilidad de adjetivarlos como presuntos. Es cierto que también existen enemigos luciendo alzacuellos, aunque de este asunto hablaremos otro día, pero el porcentaje de cofrades que parece querer destruir a las propias cofradías es espectacularmente patético… y peligroso. Una piara de miserables que ojalá algún día desaparezca para siempre, metafóricamente hablando, que nadie se me altere, del seno de las cofradías. Una auténtica panda de gilipollas.

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup