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El Cirineo, Opinión

La rotundidad de la memoria

He preferido que transcurran los días antes de hablar de tu marcha, esperar a que se apacigüen los sentimientos, refugiado en esa distancia que permite atrincherarse entre los recuerdos, protegido de la vorágine de sensaciones devastadoras que nos han atormentado en las últimas semanas. Esos recuerdos que permanecen inexpugnables, protegidos en un lugar de privilegio en la memoria atesorada, la que se conserva para la eternidad. 

Tu zancada poderosa atravesando la Plaza de Capuchinos, tu fuerte carácter al que quienes tenían cosas que esconder tanto temían, las veces que corté tu padrenuestro con otro padrenuestro en la misa mientras me mirabas de reojo, mi infancia con tu presencia perenne repleta de miles de vivencias en las que, fueses o no protagonista, estabas ahí, tu “Felicidades María” en el altar del cincuentenario mucho antes de que unos miserables te expulsaran del que un día fue tu hogar, tus frases cargadas de vehemencia, como vehemente fue el mismísimo Salvador cuando expulsó a los mercaderes del Templo, tus homilías inolvidables, eternas en todos los sentidos, tu verdad irrenunciable, las misas de nazarenos en las que tu palabra se mezclaba con el sonido de las bandas que llegaban en pasacalles hasta la orilla del Cristo de los Faroles… tú, en definitiva tú… parte esencial de nuestras vidas, de nuestros recuerdos y de nuestra memoria. 

El cruel destino, imposible de comprender, nos ha robado tu cercanía para siempre. Ese destino mancillado por la sensación de injusticia que frecuentemente acompaña la persistencia de quienes han dedicado su vida a dañar al prójimo y el fallecimiento de los hombres buenos, los honestos, los que dicen lo que piensan aunque a algunos no les guste escuchar lo que tienen que decir, los que se visten por los pies y carecen de atajos de cara a la galería… así eras tú, Ricardo, un ser auténtico, que si tenía que corregir o reñir a alguien lo hacía a la cara sin dudarlo, como un padre hace con sus hijos o un amigo de verdad. 

Un ser irrepetible cuya personalidad arrolladora complementaba tu incalculable faceta artística, barroca, inabarcable y multidisciplinar. Recuerdo cuando fui a buscarte a Sevilla para que volvieses a casa para formar parte de uno de los días más importantes de mi vida. Y cuando deleitabas a todos con tus interminables anécdotas y comentarios con carga de profundidad. Pequeños ejemplos de los miles de recuerdos que se agolpan sin descanso en mi cabeza desde aquel maldito 4 de mayo. Una persona que no dejaba a nadie indiferente, qué duda cabe, que siempre tuvo claro quiénes eran sus amigos y a quiénes había que mantener a raya y a una distancia prudencial. 

Quienes de verdad te conocíamos, sabemos que si hubieses podido levantarte en las últimas semanas, hubieses preguntado a más de uno qué pintaba allí, sabiendo lo que sabemos… aunque probablemente, y tras el conato de incendio, inmediatamente después, hubieses querido convencerte de que ciertas presencias eran más objeto de un sincero arrepentimiento sobrevenido que de una actuación de cara a la galería, porque detrás de tu fuerte carácter, siempre terminaba aflorando tu alma franciscana. Lástima que quienes parecen arrepentidos hasta extremos que nos sonrojan a quienes nos es más difícil olvidar, lo hayan hecho tarde, y hayan perdido la oportunidad de pedirte perdón a la cara, por despreciar tu memoria, por insultar tu nombre, por humillar tu recuerdo y menospreciar tu legado a cambio de baratijas de saldo. Habrá quien diga que más vale tarde que nunca, y puede que tengan razón. Pero no puedo dejar de repetirme mentalmente que, con independencia de los que emanan del cariño sincero demostrado a lo largo de los años, los homenajes se hacen en vida. En vida. Y los remordimientos se sacan a pasear cuando la persona ofendida puede ser testigo directo de las disculpas y el lamento, aunque sea sincero. 

No niego que desandar el camino de la ignominia a posteriori puede tener cierto valor, pero la grandeza se mide mirando a los ojos mientras que se pide perdón, oportunidad que han perdido algunos de los que ahora se golpean el pecho teatralmente. Enfrente, ocultos en la lejanía de la discreción y el anonimato, lejos de los focos y los gestos estériles, excesivos e impostores, quienes jamás olvidamos tu nombre, quienes siempre te quisimos como eras, con tu genialidad y tu vehemencia; con tus virtudes y tus defectos. Los abrazos, los besos, las manos extendidas, los reconocimientos, los homenajes y el cariño, cuando pueden provocar una sonrisa en quien los recibe… el resto, los que vienen ahora, los que ofrecen quienes te desterraron amplificados artificialmente, bienvenidos sean si obedecen al arrepentimiento… los demás, los que se hagan para lavar conciencias y blanquear insultos pretéritos, sobran. 

Puede que hayas tenido que marcharte para que Córdoba te conceda lo que mereces. Por eso, más allá de lo que duele haberte perdido, me satisface que tu nombre quede, aunque sea tarde, inscrito para siempre con letras de oro en la historia de esta ciudad que tanto amabas y que los ladridos de quienes quisieron negar la evidencia queden ahogados por la rotundidad de tu memoria. Alguien tenía que decirlo.

En el arcón de mis promesas incumplidas quedará para siempre aquella charla profunda que tantas veces intentamos concretar desde que regresaste a Córdoba y que, unas veces por ti y otras por mí, jamás llegó a producirse. Gracias por todo lo que nos diste, Ricardo… y por haber sido como siempre fuiste.

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