La semilla de la herencia costalera

Hay imágenes que hablan de nosotros mismos, de nuestras más hondas tradiciones, de los sentimientos atesorados alrededor de miles de recuerdos, de promesas alcanzadas, vivencias materializadas y sueños cumplidos bajo una trabajadera, faja y costal ceñidos, para mayor gloria de Dios. Imágenes que revelan la ilusión despertada en aquellos jóvenes, niños buena parte de ellos, en cuyas almas ha germinado la semilla imperecedera de la herencia colectiva, transmitida de generación en generación, por obra y gracia de la raza costalera.

En apenas unas semanas las calles del barrio de Capuchinos volverán a oler a incienso y a inundarse del sonido inconfundible del rachear cadencioso que se conjuga al compás de una marcha procesional. Será con motivo de la procesión anual del Colegio Divina Pastora, en el corazón mismo de uno de los barrios más cofrades de Córdoba, cuando unos jóvenes ilusionados, de entre 13 y 18 años, dirigidos por la voz de Álvaro Criado, vuelvan a portar sobre sus hombros a la Madre de Dios.

Una cita que se ha convertido, con el discurrir de los años, en una auténtica escuela de sentimiento cofrade en la que estos jóvenes, costaleros del mañana, aprenden la verdad de las cofradías, la más pura e imborrable, la que no se encuentra tamizada por las luchas intestinas con las que los adultos manchamos este maravilloso oficio, la que ha de brotar en sus corazones y permanecer para siempre en lo más fondo de sus entrañas. En unos días, las marchas de la Agrupación Musical Sagrada Cena volverán a hacer palpitar nuestro pulso, y seremos muchos los que observaremos con distancia la mirada limpia e ilusionada de estos jóvenes costaleros aprendiendo a ser los pies de la Madre de Dios y al mismo tiempo, enseñando al universo cofrade cuál es la auténtica esencia y la verdad insobornable que late con fuerza bajo una trabajadera.