La vara del pertiguero, Opinión

La semilla del Reino

Como dice la canción, el trece de mayo la Virgen María bajó de los cielos a Cova da Iria. Fue una de las tantas milagrosas apariciones marianas que se han ido prodigando en el tiempo y que en la actualidad mueven los corazones de millones de personas. Ejemplo de ello lo encontramos hoy en Córdoba, concretamente en el barrio de Ciudad Jardín, donde la imagen de la Santísima Virgen está procesionando por las calles de aquel lugar con solemne devoción.

En efecto, Ciudad Jardín y su feligresía rezuman espiritualidad. Más aún, Ciudad Jardín necesita expresar su sentimiento religioso, y por eso se lanza a sus calles y las inunda de oraciones dirigidas a la Virgen. Parafraseando al insigne teólogo González-Carvajal, y adecuando su mensaje a estas circunstancias, la Iglesia desborda los límites físicos de sus edificios para convertir en templo sagrado todo rincón exterior. Sin duda, esto es algo maravilloso y muy necesario.

De este modo, las procesiones se perfilan como una opción utilísima que cumple una doble función: catequizar y rendir culto público a Dios. En otras palabras de cariz más pastoral, son instrumentos activos de la nueva evangelización, aquella que se proclamara tras el Concilio Vaticano II y que el papa Francisco, hace ya algunos años, reforzara invitando a todos los cristianos a que salieran al mundo y anunciaran a Cristo. Si dichas procesiones tienen además un significado y un sentido especial, como es el caso de Nuestra Señora de Fátima, la utilidad de dicho instrumento se acrecienta enormemente. Añadiendo más razones, si encima esa procesión se desarrolla dentro de un barrio que precisa expresar su devoción de forma pública, los frutos espirituales que producirá tal celebración serán inestimables.

Ciudad Jardín está mostrando signos de madurez espiritual que se encaminan hacia una vida religiosa activa y compleja, la cual tiene su fundamento en la comunidad parroquial y en un proceso de crecimiento colectivo. La semilla del Reino se extiende lentamente; y donde antes no se esperaban nuevos frutos, hoy se auspician esperanzas de futuro, de rehabilitación devocional y de renovación carismática. Y todo por la fe, que se extiende día a día ante la necesidad clamorosa del hombre pos-moderno de forma tácita, pero constante.

Primero, el Cristo de la Confianza; ahora, Nuestra Señora de Fátima. No es la primera vez que salen ni será la última. Es justo decir que la religiosidad cordobesa, tal vez como en otros lugares de nuestra geografía, está resurgiendo desde la periferia y tiene visos de convertirse en su fuerza motriz; es decir, un nuevo milagro de la providencia de Dios. En cualquier caso, solo queda disfrutar de estos momentos en que podemos decir a viva voz el nombre de María por calles inexpertas y desacostumbradas, que no es poco.