La túnica encerrada

¡No fueron confeccionadas para este doloroso encierro que ya dura dos Primaveras!

La túnica nazarena se siente encerrada y grita a su dueño desde la lígnea priostía de los armarios cofradieros en petición de clemencia, de volver a sentir el aliento del incienso, de sentir el calor de la cera penitente, de dejar sobre la piel la señal de la fe que nos enseñaron a confesar, protestar públicamente y defender con el modelo que urge nuestra existencia.

Y el cofrade, que comparte ese mismo quebranto de tan hirientes “buquelas” acude a ella, tanto para brindarle consuelo como para encontrarlo en el roce de su terciopelo y su seda.

La vida que Dios nos regale siempre será consagrada a su completo servicio. Y es por ello que si ahora nuestra penitencia no es sentir la vida latir en la yema de los dedos y ver como nuestros hijos crecen y aprenden de esta manera de sentir la fe, la vida y la pertenencia a esta tierra,… ¡pues que así sea!

La túnica encerrada es otra manera de recordamos que CRISTO, por amor al género humano, entregó su vida por redimirnos, y nos sentimos plenamente agradecidos por este regalo de una buena noticia, la del Evangelio, que nos impulsa a estar más cerca de los hermanos que más nos necesitan en este tiempo de pandemia y pesadilla.

La túnica que ahora nos viste es la de cristianos fieles al mensaje de JESÚS DE NAZARET, que caminamos, siguiendo el modelo de nuestra Madre del Cielo LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, cerca de quienes ahora más necesitan de nuestra atención y cuidados.