La vara del pertiguero, Opinión

La vara del pertiguero | Los roces del día a día

Salir de procesión no es un acto más para el cofrade —o al menos no debería serlo—, pues se yergue como uno de sus mayores manifiestos públicos de fe. Ya sea en Semana Santa haciendo estación de penitencia, o cualquier día del año, este grupo de cristianos abstraídos del vaivén laicista del mundo, a los cuales llamamos cofrades —y yo me incluyo—encuentran en las procesiones su arma de evangelización más poderosa.

Ahora bien, toda procesión se enfrenta a dos requisitos fundamentales: por un lado, la propia disposición del cofrade y de la cofradía para salir a la calle; por otro, la anuencia de los poderes públicos para que dicha salida pueda realizarse. En cuanto a la primera, entraríamos en terreno farragoso, ya que tales disposiciones son de carácter interno y afectan a cuestiones de fe, formación y pertinencia; es decir, si es oportuno y necesario salir o no. En cuanto a la segunda, nos topamos con la predisposición de los distintos consistorios para que las cofradías realicen su actividad cultual pública y externa de manera libre. Por tanto, este requisito en muchos casos se sustenta en una cuestión ideológica.

Córdoba y sus cofradías, en líneas generales, pueden sentirse muy orgullosas de que su actividad pública rara vez se haya visto ensombrecida en los últimos años. Es cierto que hay casos extraordinarios, motivados por causas de fuerza mayor, como lo acontecido recientemente en la hermandad del Resucitado. Pero por regla general la fe cristiana, enhebrada dentro de las cofradías y expuesta por estas en las calles suele respetarse y fomentarse.

Claro está que, cuando a una hermandad se le declina la posibilidad de procesionar —como en el caso que recientemente nos ocupa—, aunque se den buenas razones para ello —fundamentadas en la movilidad y seguridad pública— e incluso se le propongan otras alternativas, nosotros como cofrades sentimos un pequeño pellizco en nuestro corazón. No quiero ahondar en las causas y justificaciones que ambos bandos esgrimen, pues a mí no me compete juzgarlos ni quiero hacerlo. Solo diré que toda procesión posee en sí una gran dimensión emocional que aflora, se salga o no. Y, en este asunto, es evidente que la no salida del rosario de la aurora de la Virgen de la Alegría insufla en sus hermanos sentimientos de tristeza.

No obstante, el acto en sí no se agota ni se difumina. Esta es la magia de lo cofrade, capaz de regenerarse y buscar vías distintas de manifestación dentro de sus posibilidades y de sus obligaciones estatutarias. No podemos olvidar aquello de los requisitos concernientes a toda hermandad, es decir, su disposición interna. En esto, si somos rigurosos y honestos, hemos de comprender que las cofradías no salen cuando les apetece, sino cuando deben. En otras palabras, los días ordinarios y consuetudinarios de procesión están establecidos por unas reglas y se ajustan normalmente al año litúrgico, los cuales no son gratuitos.

En resumen, considero que estamos ante una cuestión de convivencia. Córdoba es una ciudad grande, la tercera de Andalucía, y cada vez acoge más actos públicos. Asimismo, cada vez será más difícil conciliar los numerosos actos que se den durante el año sin que haya roces y tensiones. No obstante, mientras haya buena voluntad entre todas las partes —como sin duda creo que la hay—, seguramente hallaremos soluciones para que, de cara al futuro, estos pequeños «incidentes» sean peccata minuta.