Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

La verdadera historia de la Virgen de la Concepción

Julio fue dibujando una y otra vez, con el lápiz sobre el barro, hasta que lograron dar con la expresión exacta, con la mirada soñada, con los ojos de la Concepción que son los ojos de Omayra.

La historia de las corporaciones que configuran el universo cofrade, se alimenta de una multiplicidad de factores que configuran su idiosincrasia y determinan, de manera ineludible, el patrimonio inmaterial que constituye su tesoro más preciado, la historia que se transmite de generación en generación. Una historia que forma parte esencial de la memoria colectiva de sus miembros, a veces olvidada por las circunstancias, o cuando menos atenuada su realidad por la versión oficial imperante. Una historia que a veces depara sorpresas y encierra secretos que rara vez terminan saliendo a la luz.

Algo así sucede con la historia de María Santísima de la Concepción, su verdadera historia. Esa cuyos recovecos solamente conocen aquellos que la protagonizaron en primera persona y que en multitud de ocasiones queda atesorada en su memoria, oculta al conocimiento del común de los mortales, hasta que alguien se atreve a dilucidar las verdades del barquero. Por eso, cuando sus principales actores se deciden a contar con todo lujo de detalle, los pormenores que determinaron la realidad, los hechos fidedignos, a los comunicadores, notarios de lo sucedido, solamente nos queda transcribir lo transmitido, para conocimiento de quienes se encuentran ávidos de conocer toda la verdad. Una verdad que Manuel Jiménez, protagonista indiscutible junto con Julio Ferreira, de que la Virgen de la Concepción, llegase a este mundo en 1985, ha querido compartir con este humilde comunicador, revelando por vez primera en más de tres décadas, una maravillosa secuencia de detalles inéditos que salen a la luz para que sean conocidos por todo el universo cofrade.

La verdadera historia de la Virgen de la Concepción tiene su germen unos años antes de que fuese concebida, una fría y terrible noche de diciembre de 1979, cuando el fuego devoró todo lo que encontró a su paso en la iglesia de Santiago. Por suerte, el párroco llegó a tiempo para cerrar la puerta del Sagrario y evitar la devastación absoluta. El templo ofrecía una imagen desoladora, donde solo se habían salvado el Cristo de las Penas y la Virgen de la Soledad, acaso algo ennegrecida, pero sin daños de importancia. La peor parte se la llevó Nuestra Señora y Madre de los Desamparados, quedando con el rostro cubierto de ampollas y afectada por el humo.

Por aquel entonces, Antonio Eslava, autor de la dolorosa, no ejercía ya como imaginero por lo que no pudo acudir al rescate de la bella imagen que naciera de su gubia. Tal vez a causa de la casualidad, un joven, salido del taller de Buiza, Juan Antonio González García, conocido para la posteridad como Juan Ventura, que había compartido oficio con Juan Manuel Miñarro López y Paco Berlanga, precisamente los tres últimos imagineros que estuvieron trabajando con Buiza, se convertiría en protagonista de un capítulo no del todo conocido de la Semana Santa cordobesa. Juan entró en Santiago mientras algunos hermanos desolados se hallaban evaluando los efectos del desastre y se ofreció a ser quien devolviese todo su esplendor a la dolorosa de Eslava, popularmente “Desamparados “ para los hermanos de las Penas y para todo el pueblo de Córdoba.

Aquel gesto fue el inicio de una hermosa amistad entre Manuel Jiménez y Juan Ventura, quien años después se convertiría en figura esencial de la historia de la corporación cordobesa. Por aquel entonces, Manuel y Julio residían en Sevilla, en la trianera calle Castilla, en virtud de un traslado por motivos laborales. En base a la creciente amistad que había surgido entre ambos, Manuel comenzó a ayudar en su tiempo libre a Ventura en su taller, lijando, modelando e incluso policromando. Corría el año 1982 y Manuel y Julio quisieron tener una dolorosa en casa, de tamaño académico, su primera dolorosa. Enamorados por la belleza de la Estrella de Triana, que habitaba tan cerquita de su hogar, pidieron a Ventura una imagen que, sin ser una copia, guardase cierta similitud con el prototipo de la dolorosa trianera, deseo que Ventura satisfizo. Aquella imagen de tamaño académico, la virgen de los Dolores que ocupa un lugar de privilegio en su hogar desde entonces, sirvió de modelo para la Estrella de Córdoba, “la Reina de la Hué”, porque un hermano fundador de la corporación la vio y obtuvo el permiso preceptivo para que Ventura se inspirase en Ella, modificando algunas facciones, para crear a la Madre de Jesús de la Redención.

Un día, a Juan Ventura le llegó un encargo muy especial a través de unos conocidos de Manuel y en virtud de este origen, Ventura pidió opinión a Jiménez y Ferreira, que han formado tandem desde siempre y volvieron a formarlo para esta ocasión tan sumamente extraordinaria, para determinar la hechura de la dolorosa. Jiménez y Ferreira comenzaron a modelar una dolorosa bajo su personalísimo concepto, en virtud de su devoción y atracción por tres imágenes devocionales de la Semana Santa hispalense: la virgen de las Aguas del Museo, la Concepción del Silencio y la Esperanza Macarena. Un modelado que fueron poco a poco conformando en base a una maravillosa fusión de rasgos de diferente procedencia, creando el concepto que luego Juan Ventura plasmaría con su gubia. Siempre con el objetivo de concebir una talla clásica pero siempre bajo un prisma sumamente devocional, hasta el punto de que cuando Manuel y Julio empezaron a determinar los volúmenes, ya empezaron a llamarla Concepción.

Todos los rasgos fueron surgiendo natural y paulatinamente, salvo la mirada, que por momentos pareció convertirse en un obstáculo imposible de solventar. Una mirada que comenzó a quitar el sueño a quienes estaban modelando a la Madre de Dios como si de un sueño, por momentos irrealizable, se tratase. En pleno bloqueo de la concreción de la expresión de la que había que dotar a la mirada de la Concepción, un drama fortuito, un acontecimiento terrible, como siglos atrás ocurriese con la Expiración que tallase Ruiz Gijón para concebir al Cachorro de Triana, acertó a arrojar luz a los ojos de la dolorosa. En noviembre de 1985, el volcán Nevado del Ruiz entró en erupción arrasando con el pueblo de Armero, Colombia, dejando para el recuerdo imágenes terribles. Sin embargo si quienes recuerdan aquella tragedia la asocian con una mirada, es con la de la niña de 13 años Omayra Sánchez Garzón, quien falleció tras permanecer tres días atrapada en el lodo y restos de su propia casa, sin que nadie pudiera hacer nada por sacarla, mientras cámaras de televisión transmitían sus últimas horas de vida. Omayra fue un ejemplo para todos. En plena agonía fue capaz de transmitir una impresionante serenidad convirtiéndose de manera inaudita en consuelo para familiares, periodistas y socorristas, que nada pudieron hacer para salvar su vida. Aquella mirada, precisamente aquella, inspiró a Jiménez y Ferreira para culminar el rasgo que faltaba. Julio fue dibujando una y otra vez, con el lápiz sobre el barro, hasta que lograron dar con la expresión exacta, con la mirada soñada, con los ojos de la Concepción que son los ojos de Omayra.

Cuando la virgen se hallaba en pleno tránsito del sueño a la realidad gubiada, Manuel y Julio comenzaron a plantearse que aquella imagen tan suya, que había sido concebida en el fondo de sus almas, debería estar en con ellos para siempre, por lo que plantearon a Ventura la posibilidad de hacer otra con rasgos similares para atender el contrato suscrito a cambio de la misma cuantía comprometida en su hechura, a lo que Ventura accedió, probablemente consciente de que aquella dolorosa era parte de las entrañas de Jiménez y Ferreira. El precio quedó fijado en 250.000 pesetas, que fue siendo satisfecha en plazos de 50.000, que en ocasiones fueron 25 y otras cantidades superiores, hasta que el coste fue sufragado íntegramente, momento en el cual, Ventura entregó los originales a Jiménez y Ferreira de tal modo que la virgen de la Concepción fuese única e irrepetible.

Concluida la Concepción, el conocido fotógrafo Antonio Fernández, el mítico Fernand, que fotografiaba las vírgenes de Juan Ventura, Álvarez Duarte o Dubé de Luque, se quedó prendado al contemplarla y fotografiarla. Fernand descubrió en la joven Concepción, aquellas reminiscencia de la dolorosa del Silencio, de la Esperanza Macarena y el misticismo de las Aguas, que Jiménez y Ferreira imprimieron a su dolorosa y que luego Ventura fue capaz de plasmar por obra y gracia de su gubia. Fernand fue el autor de las primeras instantáneas de la imagen, ataviada con la saya de la Virgen de los Desamparados, además de la toca y la corona. Unas fotografías que pertenecen al archivo privado de Manuel Jiménez y que han sido cedidas para ilustrar este hermosísimo e inédito relato.

Unas imágenes que evidencian la emoción de cada rasgo y el latido de cada uno de los sentimientos depositados en su concepción. Y es que “en Ella está Omayra, pero también está mi madre”, asegura emocionado Manuel Jiménez, “y la virgen a la que hemos rezado de chicos, la devoción ancestral de Julio, su Piedad de Iznájar… en definitiva, esa unción que es esencia del Concilio de Trento y que es la auténtica razón por la que las imágenes devocionales están concebidas, para llegar a los corazones y hacer que recen los demás. Esta virgen nos enloqueció por completo porque estábamos viendo ahí todo eso”.

Luego llegaron las incesantes visitas a casa de Jiménez y Ferreira, en el corazón de Triana, para bañarse en las pupilas de la Concepción. Y aquellas primeras gestiones para que no se quedara enclaustrada en un hogar “sin ser compartida con los demás”, y todas las vicisitudes para que terminase convirtiéndose en titular de la hermandad de las Penas de Santiago… y su bendición el 22 de febrero de 1987, y su primera salida procesional aquel 12 de abril, y la imposición de su primera corona en el mes de diciembre… y muchas más vivencias con Ella como eje existencial… pero son otras historias que iremos desgranando poco a poco para continuar desvelando, hoja a hoja, la verdadera historia de la Virgen de la Concepción.

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