Despuntaba la mañana de palmas con el desazón de las promesas rotas, y la tristeza infinita de quien es plenamente consciente de que la suerte estaba echada. Probablemente por eso, San Lorenzo no se convirtió en el habitual hervidero en que habitualmente se convierte cada Domingo de Ramos.
La cadencia rítmica de las lágrimas infantiles derramadas que se entremezclaban con el líquido elemento, que las nubes repartían por cada rincón de la ciudad, convirtieron en certeza lo que muchos consideraban un hecho antes de que la posibilidad de un milagro fuese arrancada de las almas de los cofrades de manera inmisericorde.
De repente las puertas de San Lorenzo se abrieron de par en par, pero no hacia afuera, como el mundo deseaba, para que un oleaje de niños hebreos inundase con su inocencia cada rincón de la ciudad que añoraba la primavera, sino hacia adentro, para que miles de cordobeses enjugasen el lamento de la cofradía de las Palmas, la que siempre nos regala el estreno de una sonrisa, y que por una vez, buscó desesperadamente el pañuelo de Córdoba, para secar su llanto entro los abrazos de quienes acudieron a consolarla.





