Las cabañuelas con vistas a Semana Santa se contradicen a sí mismas

Que las cabañuelas son un cachondeo es la única evidencia que rodea a esta presunta ciencia que año tras año demuestra ser profundamente inservible. Sin embargo, gracias a que el periodo estival es una época que habitualmente adolece de noticias realmente trascendentales en el universo cofrade, se convierte en propicio para que se reproduzcan sin solución de continuidad. Todo ello a pesar de que el “estudio de las cabañuelas”, es una pseudociencia perfectamente imperfecta que, por propia definición suele fallar todos los años. Basta con recordar que el año pasado por estas mismas fechas, las cabañuelas preveían lluvias moderadas y generalizadas para la Semana Santa de 2017 y ya saben cómo fue la cosa.

Sin embargo, los cabañuelistas no cejan en su empeño y año tras año vuelven a realizar sus pronósticos que sirven de entretenimiento en la quietud del verano al tiempo, que provocan el cabreo generalizado entre aquellos que se las creen cuando no son favorables. Dando una vuelta de tuerca al absurdo, hace tan sólo veinte días salieron a la palestra los primeros «indicios» con vistas a 2018 que apuntaban a que la primavera será lluviosa, pasada por agua. Por aquél entonces ya advertíamos que «no descartasen que mañana otro cabañuelista dijese exactamente lo contrario, así de exacta es la cosa». Pues bien, así ha sido. Veinte días después hay cabañuelistas que garantizan que la próxima Semana Santa será seca. Aunque también hay quien afirma que será de poca lluvia, lo que en román paladino significa un desastre; ya saben lo que ocurre los años «en los que llueve poco en Semana Santa», cofradías que se arriesgan y «se ponen pipando» y otras que se quedan en casa con un sol de justicia por el «¿y si sí?», que diría José Mota.

Recuerden que, rizando el rizo del adivinar por adivinar, el vaticinio de principios de mes no se basaba ni tan siquiera en la suposición del tiempo que hará el próximo año en función de lo que nos depare el clima en agosto sino que, llevando el ridículo al extremo, utilizaban los pronósticos para el mes que acababa de comenzar para deducir qué tiempo hará en 2018. No pierdan de vista que las cabañuelas se basan en el Calendario Zaragozano, en un trabajo constante de mirar al cielo que asigna cada día de inicio de agosto a un mes del año siguiente, de modo que el 1 es enero, el 2 es febrero y así sucesivamente, para luego empezar una cuenta a la inversa: el 13 de agosto es diciembre y el 14 es noviembre, de modo que el 24 corresponde de nuevo al mes de enero. Los expertos en este método eligen agosto porque es el mes de verano por excelencia, en el que los cielos tienen que estar completamente despejados, en algún momento aparecen nubarrones, no dejan ninguna actividad meteorológica, y en función de esos nubarrones podemos predecir lo que va a ocurrir en ese periodo de tiempo. Toda una prueba de fe.

Teniendo en cuenta que la primavera es una estación en la que la inestabilidad suele ser la tónica habitual, lo que implica que los pronósticos con más de unos días de antelación se antojen una auténtica quimera, y aventurarse a un horizonte más amplio de un par de semanas suele ser garantía de error, imaginen lo que significa pronosticar con más de medio año de antelación basándose además en un método cuando menos discutible. No obstante, insistimos, como divertimento estival, ya saben: Según las cabañuelas, la próxima Semana Santa será pasada por agua… o exactamente lo contrario; alguna vez tienen que acertar. Esperemos que en esta ocasión tampoco. No se las crean.